La magia de producir un sinfín de emociones en mi cuerpo con el simple hecho de mirarme. Sus manos sabían exactamente qué movimiento hacer. Él sabía hacerme feliz. Sabía que decir y cómo decirlo. Es único. Es mío.
Sus caricias en todo mi cuerpo me estremecían — y me estremezco ahora mismo de sólo pensarlo. Sus labios encajaban perfectamente con los míos. Sabía dar los besos más lindos. Besos que te revuelven el estómago. Besos que no deberían tener final. Besos. Sus besos.
Su cuerpo me enloquece. Ese momento dónde nos fundimos para volvernos uno. Su calor, su piel, su pasión. Sus ganas de hacerme bien y de hacerlo bien. Y él sí que lo hacía bien. Todo lo hace bien.
Me desarma para volverme a armar. Me desestabiliza para volverme a estabilizar. Me esquiva para hacerme desear. Juega conmigo. Juegos que comienzan siendo inocentes y terminan con la ropa tendida en el piso.
Es amor. Es su amor. Me mira, me toca, me llena de besos. Y así me llena de un cariño puro y sincero. Me hace sentir una nena de día y una diosa de noche. Me enloquece. Me alivia. Me sana.
