No fueron días fáciles. No fueron de esos días que despertas con una sonrisa y sentís liviano el cuerpo.

El cuerpo me pesaba, al igual que mi alma. Sentía — y de a ratos siento — una carga enorme, una angustia inimaginable y muy pocas ganas de seguir. La falta de oxígeno había dejado de ser algo terrible para mí y pasó a ser un alivio.

Pero algo cambió — algo que todavía no consigo entender del todo — : en el medio de tanta oscuridad apareció una pequeña luz. Y es que sólo al principio fue pequeña, diminuta, casi que no se distinguía; pero con el paso del tiempo consiguió iluminar cada rincón de mi ser.

Tengo miedo, tengo inseguridades. Pero hoy es diferente. Mi rutina diaria cambio en estos dos días. Mi corazón cambió en una noche.

Y es que en sus brazos podía encontrar paz. Envuelta en su amor me sentía segura. Su presencia me llenaba el alma. Él supo cómo curarme. Supo cómo quererme.

Ni siquiera eran necesarias las palabras: los besos que le daba a sus manos se transformaban en un te quiero, los abrazos que me envolvían se convertían en un te voy a cuidar y las caricias mutuas significaban un ¿te puedo sanar?.

Todo cambió en una noche. Yo cambié en una noche.

Y como si fuese magia o algún tipo de milagro, me sentí completa. Como nunca antes.


Jamás voy a dejar de decir que sos un ángel, no encuentro otra palabra que se asemeje más a vos. Me dejé conocer, te mostré cada parte de mi y — aún así — me quisiste. Y aunque seamos polos opuestos, agua y aceite, ángel y diablo; estoy feliz de que me elijas y espero estés feliz de que yo te elija también a vos.

Mutuo y siendo un ida y vuelta todo es más lindo. Con vos es más lindo. Y quizás (sólo quizás) el amor a partir de ahora lleve tu nombre.
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