A mi hermana

Por ahora, eres mi persona favorita en el mundo. Creo que nunca encontraré a nadie con quien me entienda tan rápido, con una palabra, una mirada, un gesto, un gif, un dueto de Frozen por FaceTime. Y la verdad, tampoco quiero. Es algo nuestro, algo tan fraternal como intransferible. Nadie podrá nunca ponerse al mismo nivel. Y eso que consigues sacar lo peor de mi.

Te escribo para darte las gracias por haber venido a la otra punta del mundo a verme, aunque eso signifique estés un país más cerca de mi en la lista de países visitados. La verdad es que te echaba mucho de menos, más de lo que creía y menos de lo que admitiría públicamente. Pero te necesitaba aquí a mi lado, aunque fueran un par de semanas; ahora otro (medio) año sin vernos.

Pasé 18 de mis primeros 22 años a tu lado, cuidándote, pegándote, curándote, riéndome de ti y haciéndote reír para que dejaras de llorar y no le dijeras a mamá lo que acababa de pasar. Pero ahora ya eres mayor, little bird. Ya no puedo amenazar a tus compañeros de clase, malditos fascistas. Ahora tienes que volar sola, en la universidad, en el continente y en la vida. Y aún a 8000 quilómetros, te ayudaré en todo lo que pueda desde la distancia.

Puedo empezar mi nueva vida lejos de mi familia, pero tú formas parte de mi vida, lo quiera o no. Desde que tengo consciencia [hace un par de años…] has formado parte, y no quiero que cambie. Por eso, sea en Canadá, Colombia, España o Arendelle (ojalá sea en Arendelle), siempre tendrás la puerta abierta, la nevera medio llena y el sofá-cama listo. Mi casa es tu casa. Mi comida, es tu comida. Mi coche es tu coche. Pero si lo revientas, me lo pagas.

Nos vemos pronto, cara cacas.