Alternativa

Foto: The best offer

Estás sentada en la barra. Frente a nosotros un espejo, te veo primero a través de ese cristal y me percato de que tu mirada me encuentra en el reflejo. Y nuestros ojos se encuentran indirectamente y antes de que hagas el movimiento para voltear a verme, pienso que lo mejor es que te quedes mirando al espejo, a ese otro yo que ahí te mira y que miras, directamente.

Y tenemos ese primer segundo encuentro, pero mientras te saludo y abrazo tímidamente con esa familiaridad que nos aterroriza y me siento a tu lado a esperar mi bebida, me quedo viendo a nosotros, los que coexisten en el espejo en ese momento. Y aunque estamos separados, el reflejo nos superpone, nos confronta y nos mira, directamente.

Pienso en el desprendimiento de cuerpos, en mundos paralelos y en los espejos como portales. Y esos extraños que miramos no somos nosotros y esos dos que nos miran, somos nosotros. Los que se ven a los ojos de manera indirecta, los que hablan y callan y ríen y beben. Los extraños que juegan a verse, los extraños que se miran y a veces nos miran.

Los extraños que en alguna otra línea espacio tiempo se reconocen tiernamente en una escena romántica en un viejo café. Y no los que se ríen discretamente y esconden la ternura en su mirada, viendo hacia el suelo.

Los que calculan las palabras que van a usar y tiemblan cuando los extraños se burlan y beben y ríen y se besan.

El espejo que nos mira y nosotros que nos vemos a través de él.

Sólo a ti te puedo querer.