Laberinto.

Intento escribir algo desde hace varios días. Fui y volví de unas montañas que me llamaron insistentemente durante largo tiempo pero que ahora, como me pasa con más frecuencia de lo que me gustaría, la sensación es otra. Creo que se me fue mi tiempo ahí y ni cerca estuve de vivirle como me pedía, como yo misma le pedí.

Mérida es una casa que resulta ser itinerante, con ruedas. Llena de quien no tiene raíces y que de tanto en tanto vuelve al útero materno; o bien de quien después de tanto rodar, llega a ella como lugar de consuelo y reposo. Bálsamo de verdes jamás contemplados por los hijos de la urbanidad, un cantar que asemeja a un río friíto abriéndose paso desde lo profundo de una memoria ignorada.

Mérida es una dama creída y chismosa aunque insistan en mentarla macho.

Una que se pone las mejores pintas para arrastrarse por las calles y mercados, que se llena los cabellos raidos de flores y lleva en su cintura una campana de bronce calado para anunciar el silencio. Es un pueblo que se cree metrópolis y se vanagloria de una urbanidad inexistente, una élite extraída de la ranciedad absoluta y lanzada a ese valle de neblinas corpóreas y abismos mentales.

Paso de una fe ciega que me habita a una ansiedad palpitante, que retumba en mis sienes, que se revuelve en mi vientre. Canto para no perderme; se que debo bailar pero no encuentro el tiempo, el espacio. A veces quisiera la soledad absoluta, un silencio de locura en el que solo exista la idea de mi misma. Como aquella casa, la última del camino asfaltado, donde la ruidosa calma se sentaba conmigo cada tarde a tomar el mate y contarme la historia destejida del dolor compartido.

Deseo dormir. Volverme dentro, capullo, invernar. Necesito silencio, ir bajando el tono hasta solo ser susurro, flotar.

Bordar cada cicatriz abierta para que ya no duela, no molesten ni en recuerdo. Bordar cada milímetro de este cuerpo mío para hacerle fuerte las junturas a punta de flores y nudos franceses. Una piel que se parezca a mis adentros, florido y florecido, desbordante, sagrado.

Una organza con jazmines cubre mi cabeza para recordarme que no nací de un hombre, pero que puedo emprender batalla cuando sea.

Mis manos tejen mi porvenir.

Ciega como ando, con temor a paralizarme de miedo al ver mi reflejo observarme desde el otro lado, llevo arco y flechas junto a mi bolsa de hierbas y mis libros. En algún lugar hay un parto esperándome y yo ya voy a su encuentro.

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