Arnaldo Sanchez
Aug 27, 2017 · 5 min read

¿Quién dices que soy?

Pensamientos Restauradores

Texto bíblico: Mateo 16: 13–20

Es parte de nuestra realidad humana, el preguntarnos qué piensan de nosotros los que nos rodean. Aún cuando somos individuos, y por consiguiente, estamos “desconectados” de los demás por virtud de nuestra condición natural, hay en nosotros un anhelo profundo por conocer y entender cómo nos vemos en los ojos de los otros. Esta pregunta, ¿quién dices que soy?, nos lleva a completar un componente importante de nuestra identidad y a través de la misma, podemos crear vínculos con los demás.

La pregunta fue planteada por Jesús de Nazaret a sus discípulos, según Mateo 16: 13–20. El contexto del Evangelio de Mateo nos presenta a un Jesús en tránsito, en movimiento constante entre distintas localidades, realizando milagros y señales, mientras enfrenta una creciente oposición por parte del liderato religioso, representado por los fariseos y saduceos.

En medio de toda esta acción, Jesús pareciera que hace una pausa para interrogar a sus discípulos. “¿Quién dicen las personas que es el Hijo del Hombre?” (Mateo 16:13b). Es la pregunta de la formación de nuestra identidad en aquellos que no son parte del grupo interno y cercano. Los discípulos responden: “Juan el Bautista, otros Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas” (Mateo 16:14).

Queda claro, de la respuesta de los discípulos a esta pregunta, que el pueblo tenía un entendimiento de Jesús similar al de un profeta de la periferia. Es decir, un profeta que está fuera de los centros de poder y que denuncia la opresión hacia los marginados y clama por la justicia de Dios hacia ellos. Este entendimiento del pueblo no es erróneo, pues recordemos que Jesús fue ejecutado por el Estado. El Imperio Romano lo ejecuta porque ve en él un problema serio para la estabilidad del poder imperial en Palestina. Por ende, no solo el pueblo, sino el Estado y la élite religiosa tenían este mismo entendimiento de Jesús como un profeta de la periferia, que estaba conectado con el pueblo y emulaba las tradiciones de los profetas de la antigüedad (Elías, Jeremías) y del profeta de la periferia más reciente en la memoria contemporánea (Juan el Bautista). Por esta razón, el complot de la ejecución de Jesús se planificó con la intención de que no ocurriera durante la fiesta de la Pascua, “para que no se haga alboroto en el pueblo” (Mateo 26: 5).

Seguido, Jesús les plantea a sus discípulos la pregunta de la identidad al círculo más cercano: “¿Quienes dicen ustedes que soy yo?” Una cosa es conocer lo que piensan de nosotros los que son lejanos o extraños, pero realmente es importante conocer qué tienen que decir de nosotros aquellos que están más cerca. La contestación a esta pregunta afecta no solo la identidad de quien pregunta, en este caso Jesús, sino también forma el pensamiento de quien contesta, en este caso, los discípulos. La respuesta a esta pregunta nos permite conocer varios elementos: la manera en que afectamos a los más cercanos, la correspondencia entre nuestra acción y nuestro racional (praxis), y la manera en que debemos ajustarnos para ser de apoyo a aquellos que nos acompañan de cerca en nuestra vida.

Pedro responde: “Tu eres el Cristo (el Mesías), el Hijo del Dios viviente”. Pedro afirma dos cosas: Primero, entiende a Jesús no solo como un profeta, sino como el Ungido esperado que ha de libertar a Israel y establecerá nuevamente un Reino en él. Al Pedro llamar a Jesús “Mesías”, está afirmando una relación política de Jesús. Es decir, Jesús es el escogido de Dios para darnos libertad del Imperio y de sus facilitadores en este instante en el tiempo. Segundo, para Pedro, Jesús es “el Hijo del Dios viviente”. El asunto de la filiación (o afirmación de descendencia) es importante por su elemento representativo. Cuando a Jesús le llaman “Hijo de David”, están afirmando que Jesús representa a David mismo. De la misma forma, cuando se afirma que Jacob es hijo de Isaac, hijo de Abraham, trae consigo la representación de su persona (Jacob) y la persona de (Isaac y Abraham). Por tanto, al Pedro afirmar que Jesús es el Hijo de Dios está haciendo una afirmación teológica en la cual está diciendo que en la persona de Jesús hay una representación de Dios mismo. Pero, no cualquier entendimiento de Dios, sino del Dios “viviente”. Jesús es la representación del Dios vivo entre nosotros y con nosotros. Implicando que el poder de sanar, de libertar, de alimentar a multitudes hambrientas, y de anunciar la esperanza del Reino tiene su origen en la acción del Dios de la vida en Jesús, quien es el instrumento escogido (Mesías) para efectuar Su voluntad entre nosotros.

Y hoy día, ¿cómo sus discípulos y discípulas responderíamos a esta pregunta? Es interesante, y paradójico, que cada día en la iglesia “cristiana” contemporánea, se tiene cada vez menos a Jesús como referencia principal. Se destacan los dogmas derivados de Pablo y sus discípulos, interpretaciones literales del Antiguo Testamento y uno que otro Salmo que refuerce un criterio personal. Pero, se nos hace complicado lidiar con este Jesús que nos habla desde los márgenes de la sociedad y nos señala por nuestra ética y por nuestro actuar hacia los demás. ¿Podremos afirmar, como Pedro, la dimensión política y mesiánica de Jesús, siendo capaces de destacar su relevancia para transformar la vida de los marginados en el aquí y el ahora de nuestro tiempo? ¿Practicaremos la dimensión teológica del convencimiento de que Dios está presente aun en Jesús, luchando por la vida en medio de un mundo cargado de muerte, injusticia y dolor?

Al final de todo análisis, nuestros hechos son los indicadores de cuan cerca estamos de Jesús. Si podemos afirmar ambas dimensiones de Jesús, política y teológica, tal y como hemos mencionado, entonces somos parte del círculo cercano de él, y actuaremos conforme a lo que hemos entendido de Jesús. Si por el contrario, nuestras afirmaciones de Jesús son tímidas o reflejan a un Jesús distante y ajeno al dolor del mundo, entonces pertenecemos al círculo más externo. Es decir, lejos de ser discípulos, nuestra identidad estaría más cercana con aquellos que una vez vieron en Jesús una amenaza, y a la menor oportunidad, le ejecutaron con toda la violencia del imperio. ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Contestar esto también revela nuestra identidad.

Paz,

Pastor Arnaldo

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