Sobre la ruina y sobre la esperanza
Uno de los aspectos más impresionantes de la novela Cien años de soledad, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, es que no solo narra los encuentros, desencuentros y tensiones de la familia Buendía, representada por las facciones de “Aurelianos” y de “José Arcadios”; sino que el drama de esta familia se desarrolla en el entorno de un pueblo que parece ser un personaje de fondo: Macondo. Es en Macondo donde los personajes de la novela forjan sus sueños e ilusiones, y donde también los ven desvanecerse como hojas arrastradas por el viento. Al final de la historia, la debacle de esta familia es una señal inequívoca de que la historia de Macondo también llega a su fin. Hoy día, pareciera que el drama de siglos de los puertorriqueños y puertorriqueñas amenaza con llevar a Puerto Rico, al igual que Macondo, a un final absoluto y definitivo.

La historia de Puerto Rico ha sufrido emigraciones masivas en momentos fundamentales de su desarrollo, siendo las más destacadas el virtual vaciado de la población de la colonia de San Juan Bautista (como primero la nombraron los españoles) luego del descubrimiento del Perú y sus minas de plata en el Potosí [1545], y la despoblación que surgió en Puerto Rico luego de la pérdida del Situado Mexicano [1587–1814], luego de la independencia de este país. El tercer movimiento migratorio contundente ocurrió en los años 40 y 50 del pasado siglo, donde el deterioro económico del Puerto Rico de la posguerra promovió el desplazamiento de un campesinado pobre hacia las grandes ciudades del Noreste de los Estados Unidos, en especial la ciudad de Nueva York. Finalmente, el más reciente deterioro poblacional debido al desplome económico del amarre político de Puerto Rico con los Estados Unidos ha llevado a puertorriqueños y puertorriqueñas a probar caminos de destino en ese país, especialmente en los estados de Florida y áreas de Texas.
Luego de cada ola migratoria, se abre un espacio para la ruina, para la internalización de un nuevo panorama para aquellos que quedan atrás, tratando de sobrevivir en condiciones económicas desiguales y cuesta arriba. Esto queda evidenciado hasta la saciedad en el reportaje “El éxodo de un poblado puertorriqueño que parece no tener fin”, de Frances Robles para el New York Times. En el artículo se describe cómo la pérdida de 400,000 personas en Puerto Rico por causa de la emigración está afectando seriamente el fluir de la vida diaria en el país. Sin embargo, el pueblo más golpeado por la emigración lo es el pueblo de Lares, con una reducción poblacional del 13.4%. Lares es mi pueblo de origen. Yo soy un lareño.
Reconocer como se requiebran las fibras de un lugar que está resguardado en lo profundo de la memoria es semejante a ser testigos de la fragmentación del mundo conocido. El Lares que existe en mis recuerdos es semejante a la Comala de la novela Pedro Páramo del escritor mexicano Juan Rulfo, un pueblo en donde los fantasmas lloran un pasado que nunca logró su futuro. Aquel Lares de mis recuerdos, en donde el pueblito estaba lleno de gente, de vida, de movimiento, ha sido invadido por un aire pesado de desesperanza, y a su vez de complaciente derrota. Según el artículo, el 13% de la población de mi pueblo se ha ido. El otro 87% se encuentra en una disyuntiva: la incógnita de saber cuándo también les tocará a ellos un viaje sin regreso a la tierra de uno o cómo lograr acostumbrarse hasta que se haga rutina el violento panorama de ruina.

Lo que nos debe llevar a asumir al pueblo de Lares, al igual que el Macondo de García Márquez o la Comala de Juan Rulfo, como un símbolo que nos apunta a una tragedia mayor: a todas luces, Lares parece ser un espejo de lo que puede ser el futuro de Puerto Rico en general. Es decir, que lo que está ocurriendo en Lares hoy día venga a ser la condición general del país. Todos los indicadores están ahí: una altísima tasa de desempleo, una reducción poblacional por causa de la emigración que ronda en el 10%, un envejecimiento acelerado de la población de Puerto Rico debido a la emigración de personas relativamente jóvenes y en su pico de productividad, un altísimo nivel de endeudamiento personal, municipal y estatal, y finalmente, un enajenamiento y desinterés popular por asumir un rol activo en la formulación de propuestas de transformación política, económica y social que redunden en nuevas oportunidades para todos y para todas, quienes habitan la isla.
A decir verdad, Lares siempre ha sido un pequeño espejo de nuestras insuficiencias como pueblo. Es el símbolo de una Revolución libertadora que no alcanzó su objetivo final de lograr zafarnos del yugo imperial español. Ha sido símbolo de la producción agrícola en masa que trajo mucha riqueza y abundancia a unos pocos latifundistas, pero extrema miseria y pobreza a los obreros y campesinos que trabajaban la tierra. Ha sido la caricatura del analfabetismo y de la ignorancia, reflejado en el epíteto “lechi di poti”. En fin, seguimos siendo la imagen en el espejo que no hemos querido mirar como puertorriqueños y puertorriqueñas, pero que en esta hora se hace imposible ignorar. Pues hacerlo, implicaría nuestra derrota absoluta.

Sin embargo, en el artículo podemos ver destellos de esperanza. La inversión local, de capital autóctono puertorriqueño, en unión al apoyo incondicional de nosotros como consumidores, tanto residentes en Puerto Rico como aquellos del exilio, se presenta como un antídoto de efectividad a largo plazo ante la deuda y las medidas de austeridad ordenadas desde Washington. Recordemos, que la primera acción de los Estados Unidos luego de la invasión del 1898 fue la devaluación del peso puertorriqueño, llevando a la bancarrota a los inversionistas y empresarios locales de finales del siglo XIX, abriendo el espacio para la obtención de grandes extensiones de terreno por parte de corporaciones estadounidenses. Visto desde el inverso, el que la primera acción del poder invasor fuera limitar la inversión local en empresas y desarrollo económico nos apunta a la efectividad de esta estrategia para alcanzar oportunidades para puertorriqueños y para puertorriqueñas.
Para que esta estrategia de inversión local rinda frutos, nuevamente, tenemos que superar nuestra contradicción. Es decir, es tiempo que los “Aurelianos” y los “José Arcadios” puertorriqueños reconozcamos que la lucha entre nosotros mismos solo logra que el estado de ruina y desesperanza eche raíces profundas que provoquen la destrucción total de lo que poco a poco, con mucho esfuerzo, hemos logrado. El reconocernos como hermanos y hermanas, como necesarios el uno para el otro, se hace urgente, pues con ello resistimos el estado de ruina al punto en que somos capaces de construir futuro.
