Microantología de octubre.

Seis buenos poemas que he descubierto este mes.
Minipoética del geranio, MIREN AGUR MEABE
Sigo escribiendo en la cocina
mientras hierven macarrones o palabras.
En otra casa. Un geranio en la ventana.
Su tallo aparenta una mano pidiéndome algo.
Los hechos se convierten en recortes.
Los clasifico atenta, perdida la mirada.
Sin embargo, ¿qué decir del dolor? ¿Y tú qué opinas?
El anzuelo del dolor me tira de la garganta.
En este trance te lo confieso todo:
hambre de madre, fulgor, flor de la espuma.
Rasuro los mensajes con una navaja,
pretendo despojar a la voz de la quincalla.
Muestro sentido del ritmo, amor por los detalles,
gusto por la imagen, reflexión basada en la emoción.
¿Qué me dices de este resultado? Dime
si la verdadera vida basta para hacer verdadera poesía.
Murciélagos, PIEDAD BONNETT
Creí que un gran dolor desplazaría
los pequeños dolores.
Y sin embargo
chillan allí, debajo de su ala,
hacen
crujir sus dientes, no renuncian
al pedazo de carne al que se aferran
mientras que yo suspiro
me canto una canción
y digo soy la madre que los pare,
tendré que hacer del hueso mi instrumento
y de mis días una pared ardua
para que ya no trepen, ya no aturdan,
y pueda concentrarme en el silencio
donde el Dolor empolla su gran huevo.
Así nunca volvió a ser, ÁNGEL GONZÁLEZ
Como llevaba trenza
la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca volveríamos.
Porque es casi imposible abandonar
aquel olor a tierra de su cabello sucio,
sus ásperas rodillas todavía con polvo
y con sangre de la última caída
y, sobre todo,
la nacarada nuca donde se demoraban
unas gotas de luz cuando ya luz no había.
Allí me dejó un día de verano
y jamás regresó
a recoger mi insomne pensamiento
que desde entonces vaga por sus brazos
corrigiendo su ruta, terco y contradictorio,
lo mismo que una hormiga que no sabe salir
de la rama de un árbol en el que se ha perdido.
Nocturno en Solivella, JOAN MARGARIT
Vienes de recorrer viñedos en la noche.
Detuviste el tractor entre las alambradas
donde se emparran verdes y tupidas las cepas,
y escuchaste la tierra a tu alrededor.
Te va dando dinero el restaurante,
pero de madrugada, ya cerrado,
haciéndote un café en el mostrador,
piensas cuánto te gusta a solas recorrer,
de noche, los alambres de las viñas.
Este local sin nadie te recuerda
cuando era un bar de pueblo, con los viejos
que cerca de la estufa jugaban a las cartas.
En la penumbra se ocultaba un Dios
arrinconado como las botellas
de anís que nadie ya solicitaba,
o como los retratos de los muertos
del comedor, el hule, igual que una bandera
cubriendo un ataúd, sobre la mesa.
Alguno de ellos transportaba vino
- volviendo con carbón - al Pirineo.
Quizá es su soledad la que te atrae
de noche hasta las viñas. Otro fue
un jugador y terminó en la cuadra
colgado con las riendas de una viga.
Quizá apostó su vida por la tuya.
Y aquella bisabuela fusilada
al pie del cementerio: te legó
la furia de existir. Son negros mirlos
que paró en pleno vuelo la mano de la muerte.
Haber vivido un día es una chispa
brillante en una oscura eternidad
sin vuelta alguna ni resurrección.
Esto telegrafían las hileras
de alambre en los viñedos de la noche.
El cinturón de Hipólita, MARTHA ASUNCIÓN ALONSO
Una vez, siendo niña, descubrí a la mujer
que me enseñó a montar en bicicleta
tiñéndose las canas: se había puesto, porque la resistencia mancha,
una camisa azul de su marido
muerto.
El cinturón de Hipólita es aquella camisa.
Mi primera maestra, Doña Cati,
enseñó a leer a tres generaciones de españoles
a través de sus gafas, ya estando jubilada: Mi-pa-pá
es-el-más-gua-po-del-mun-do-y-mi-ma-má-la-más-fuer-te
del-pla-ne-ta-tie-rra.
El cinturón de Hipólita es aquel par de gafas.
El día de su boda con el poeta Manuel Altolaguirre,
la poeta Concha Méndez caminó
flotando, con su traje de menta, hacia el altar
de los Jerónimos: su ramo de novia era un manojo
fresco de perejil.
El cinturón de Hipólita es aquel ramo verde.
Y el modo en que mi madre, a los cincuenta, le cambiaba las pilas
a su audífono para asistir a clases
en la universidad (las manos son las mismas que, con catorce
años, dejaran los compases y dictados
para ponerse a amasar pan).
El cinturón de Hipólita nunca lo robó Hércules.
Hércules robó el oro,
pero no la riqueza. ¿Cómo expoliar aquello que se mama,
capital invisible, indivisible, cual río
sangre abajo? Robó Heracles
el oro. Nos dejó
la nobleza.
Estaciones, ANTONIA POZZI (Traducción de María Martínez Bautista)
Primavera.
La gente que ha tenido algún muerto
en los meses de invierno
comienza a redescubrir
muchas cosas pequeñas
más allá de aquello.
Las flores las llevan siempre
al cementerio
pero con ternura se embelesan
mirando cómo son blancas
cómo son rosas.
Deseo de vida.
