
A la soledad le falta un nombre
No me gusta del español que tenga una sola palabra para decir SI. En eso, me cuadra mucho más el inglés, porque un YES, afirmativo, rotundo, positivo, no es lo mismo que un IF, indeciso, condicional, sugerente… A nosotros no nos queda más remedio que conformarnos con matizar nuestro SI con una pequeña tilde que además, a veces, se nos escapa entre lagunas del conocimiento. No me gusta.
De la misma manera, siento pena por la pobre SOLEDAD. A mí, que me encandila, que me provoca, que me pierde en ensueños… que le tengo en tanta estima y aprecio, siento lástima por ella. Me apena que no se valore, ni se ame, todo aquello que yo valoro y amo. Incluidas las palabras. ¡Qué pena de soledad!
Porque es pronunciar su nombre y de forma automática en la mente de quien te escucha se instala la tristeza, el abandono, la depresión, el compasivo juicio de: pobre, está sola. Muy pocos, al escuchar su fonética, quedan invadidos por su grandeza, por su positividad, por su capacidad creativa.
Hay que superar el impacto inicial y recurrir a la racionalidad para acabar admitiendo que estar solo, no es lo mismo que sentirse solo. Pero aún así y todo, a la mayoría no le convence. La soledad parece triste y se huye de ella.
Mi querida amiga ¿quién quiso ver sólo la sombra de tu existencia? ¿quién se empeñó en pintarte de abandono? Al igual que la luna, tú posees otra cara que casi nadie puede ver. Una cara tan diferente de la visible que requiere de un nuevo nombre. Un apelativo que la separe, de forma definitiva, de la melancolía.
Si no existe soledad, no existe creación artística. Si no se conquista el silencio de su compañía es imposible bucear en nosotros mismos.
El arte nace como necesidad insondable de rellenar un vacío. Un vacio que se crea en el espacio de la soledad, no existe otra forma.
Pero nada de ello tiene que ver con la tristeza, ni con estar solo. Se puede disfrutar de una vida plena y satisfactoria, con la compañía y amor de tu familia, de tu pareja, de tus amigos y… y buscar de forma incesante esa burbuja de soledad, ese espacio que te va a dar aire, que te va a hacer crecer como persona, que te va a regalar, quizá, con suerte, una miguita de creación artística.
Esa soledad, esa que los artistas conocen tan bien, esa que es tan enriquecedora y positiva, esa, mi pequeña soledad, es la que precisa que la bauticen. Pide a gritos un nuevo nombre que la distinga de la oscuridad. Quiere, implora, reivindicar su importancia, la necesidad que todos tenemos o deberíamos tener de ella.
Mi quería soledad, quédate conmigo siempre. Yo no renegaré de ti nunca, aunque los demás piensen de mí: ¡pobre! Exhibiré tu nombre allá donde la hierba quiera escucharme. Me quedaré contigo y con ese amigo tuyo, casi hermano, que se llama silencio. Juntos, los tres, seguiremos viajando más y más lejos, por lugares que nadie ha transitado, flotando sobre “la insoportable levedad del ser”, imaginando lo que la realidad es incapaz de crear.
A la soledad le falta un nombre que defina aquello que también es, y en lo que casi nadie piensa. Así que, hoy, a tantos y tantos de tantos, yo te bautizo como SOLEDART. Porque no es verdad que estés sola. Tú eres otra cosa.