La mujer de los aretes blancos que parecían taparroscas

Ocurrió en un vagón del metro. La mujer de aretes blancos que parecían taparroscas me miró. Traía un chaleco gris. Feo. Se acercó.

—Me gusta la pieza que traes en la oreja — dijo.

Sonreí como idiota.

—Voy a ver a mi novio, es un chamaco de 20 años, y ¿cuántos años crees que tengo yo? — preguntó.

Sus ojos me hicieron pensar en polvo.

—No lo sé — dije.

—Tengo 52, pero siempre me dicen que me veo como de 30 o 40 — presumió.

Claro que no, se ve mayor, pero sin duda atrae miradas como la del señor que disimuló el escaneo que hizo a sus nalgas, pensé.

Íbamos en la estación Niños Héroes. Tuve miedo de llegar a Balderas. Su cuerpo estaba tan próximo al mío que sentí que los pies se me pusieron fríos. Agaché la cabeza.

—Me gustaría besarte — soltó.

La miré. No pensé nada. No dije nada. Algo se escapaba de mí y no podía actuar en tiempo presente.

Casi al llegar a Hidalgo acercó sus labios y no respondieron los míos. Besó mi mejilla «para llevarme un poquito de tu tristeza», dijo antes de que nos aventaran fuera del convoy. Tropecé. Su aroma, sus años, su locura y la intimidad que tuvimos se perdieron entre la gente.


Este relato lo publiqué originalmente en un blog personal el 26 de octubre de 2011. Hoy di con él, le modifiqué pequeños detalles y vuelvo a compartirlo. ¿Qué habrá sido de esa mujer?