Todavía te amamos, Selena

Lizbeth Hernández

Varias mujeres están paradas en el pequeño escenario, expectantes. Las luces azules, verdes y rojas iluminan los rostros de las personas reunidas en La Onzze. Han aplaudido y gritado con potencia. La ronda de karaoke ha terminado: el público elegirá a la ganadora, a quien, para ellos, haya cantado mejor. La anfitriona señala a cada una de las cantantes de este sábado 2 de abril. No hay duda: los aplausos y los gritos definitivamente hacen ganadora a la mujer alta que viste un chaleco de mezclilla y trae el cabello [risado y negro] peinado como la cantante de tex-mex que hoy es la estrella de esta fiesta: Selena Quintanilla, Selena.

La ganadora se hace merecedora de una cubeta de cervezas. Baja del escenario pero regresa a él porque los asistentes así lo piden: «otra, otra» resuena en este espacio. Ella, animosa, toma el micrófono, espera un poco a que arranque la canción que han pedido. Los acordes de «La Carcacha» suenan y la fiesta retoma su ritmo. Manos arriba, palmas, baile, los cuerpos que se sacuden de un lado a otro. Las gargantas que se unen como si la verdadera Selena estuviera aquí dando un concierto.

Justo a un costado del escenario está Verónica, una vendedora de rosas que ha hecho una pausa en su jornada laboral para bailar y cantar. Lo hace con tanto entusiasmo que es difícil no prestarle atención. «Selena me gusta mucho, no sólo a mí, a todas mis hermanas también», me cuenta. Lleva ya un tiempo, no me dice cuánto, vendiendo flores en los bares y restaurantes de esta zona de la Ciudad de México [Bucareli y Morelos]. «Deberían hacer esto más seguido», dice entre risas. Poco después veo cómo se pierde entre los cuerpos que están ahí atentos a lo que sigue: elegir al chico del apartamento 512.

La anfitriona pide que pasen al escenario aquellos que sientan cumplen con lo que el chico del apartamento 512 debe tener: la capacidad de hacer saltar corazones. Se acercan a este punto hombres por decisión propia; a otros los empujan y caen ahí, como escupidos. Bailan un poco y finalmente se designa al ganador. Es un hombre de cabello cano que no duda en desabotonarse la camisa. Le gritan «rabo verde» en broma. Él celebra.

Luego, dos DJ’s se colocan en el escenario. El calor aumenta. Fragmentos de canciones de Selena se mezclan con los beats. Los DJ’s se animan a hacer su propuesta ya sin música de la cantante. Suena Missy Elliot, pero la gente reacciona: «¡Selena, Selena, Selena!», «Selina, Selina», gritan. Los DJ’s complacen. La voz de Selena vuelve a escucharse y los gritos estallan.

La tecnocumbia alborota mi memoria y mientras veo a las parejas bailar recuerdo que fue mi madre quien me dio la noticia de que Selena había sido asesinada por Yolanda Saldívar, la presidenta de su club de fans. Recuerdo, no con nitidez, entonces era aún una niña, las imágenes que en días siguientes se repitieron hasta la saciedad en los medios, en la tele, en la prensa: Selena bailando, Selena en un ataúd. Mi madre sabía que me gustaba. La descubrí por uno de mis primos. En poco tiempo me aprendí todas sus canciones, no imitaba su baile, ni tenía sus posters, ni era de ningún club de fans, pero me gustaba escucharla. Sabía que su familia era texana de origen mexicano pero que ella no hablaba bien español; que empezó a cantar desde niña junto a sus hermanos. Primero fue Selena y los Dinos y luego simplemente Selena. Fue la primera mujer que ganó un Grammy en la categoría de mejor disco de música mexicano-estadounidense. Sabía que había salido en algunos capítulos de la telenovela «Dos mujeres, un camino». Sabía que era una mujer joven con una imagen distinta a la que comúnmente veía en la televisión en los 90, una década en la que, como dijo alguien a quien debo la cita, en términos de cultura pop consumimos muchos «white people problems».

Vuelvo a la fiesta. Afuera del salón de baile que está lleno hay más personas. Algunas miran los cuadros que se hicieron a convocatoria del Almacén, colectivo artístico al que pertenece Javier Cherrera, uno de los organizadores de Bibibidibamba [Tributo a Selena] a quien observo atento a la recepción de asistentes. Recorro el lugar. Fueron 12 artistas, principalmente de la Ciudad, quienes mandaron trabajos para este tributo, entre ellos Juan Carlos Boo, Noé Segovia, YoSoybuque, Nilthon, Salvador Verano Calderón, Carlos Baca, María Flores, Jorge Ledezma.

Javier Cherrera me explica en respuesta a unas preguntas que le hice vía correo electrónico: «Selena es parte de nuestra historia musical y su partida dejó una huella en las generaciones de los 90, por eso pensamos que es buena idea hacerle un tributo ilustrado a un icono que logró marcarnos […] Qué bueno que haya talento mexicano homenajeando al talento mexicano. Debemos estar orgullosos de la cultura que tenemos, incluso de la musical.»

Hay más personas bailando. Me detengo a observar una piñata de Yolanda Saldívar que ha sido colocada en un rincón del primer recibidor. Sigo y encuentro la pieza Chicana Chingona de Michelle Albarrán. Me detengo a leerla porque me remite al texto Why Do Latinos Still Love Selena More Than 20 Years After Her Death?, en el que Mathew Rodriguez presenta distintas voces de personas para quienes Selena ha sido importante, algunas que dicen que Selena era una mujer con la que podían identificarse.

En la pieza de Michelle Albarrán, quien nació en Texas, es hija de inmigrantes ilegales y llegó a México siendo una bebé de pocos meses, detalla en una hoja: «Desde entonces, mi corazón vive dividido entre mis dos culturas y mis dos padres, pensando en dólares y viviendo ausencias con devaluados pesos. Tuve a Selena con sus labios rojos, ojos alegres, ropa moderna y voz gruesa pero melodiosa como imagen y fondo en las tardes en que mi madre cocinaba y me hacía bailar su música tocándose desde un estéreo de fayuca en un casette pirata, mientras llegaba la hora de comer o realizaba con ella manualidades bordadas con lentejuela y chaquira para contribuir a la remesa que mes a mes enviaba mi padre. Sigo teniendo a Selena como influencia en mi vida diaria, escuchando su música y como un role model de chicana chingona, que en su breve pero intensa vida logró conectar con su música mi corazón al corazón de mis padres y hacerme sentir orgullosa de mis raíces.»

Levanto la vista tras leer esto y miro a las parejas bailar. Una mujer entona con pasión «si una vez dije que te amaba, hoy me arrepiento…» y besa a su pareja. Pienso, entonces, en eso que aborda Mathew Rodriguez en el texto de Mic, en el «it/eso» que tiene Selena aún después de muerta, pues ha hecho que hoy aquí haya 500 personas gustosas de recordarla y bailar sus canciones, personas con distinto tono de piel, con distintos gustos, origen, edad, con distintos niveles de ingreso económico. Hay extranjeros, hay trabajadoras como Verónica, hay trans. Hay personas que por repetidos momentos conforman un solo coro: Bidi Bidi Bom Bom.

Nota: Esta crónica la escribí el año pasado y fue publicada originalmente como minihistoria en Kaja Negra el 4 de abril de 2016.

Lizbeth Hernández

Written by

Periodista e investigadora freelance•Promuevo el flow desde @KajaNegra •Cómplice de Enjambre Literario y Distintas Latitudes • Entre el perreo y el desasosiego.

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