Tres Reclutas En El Tráfico

Les voy a contar una historia, chicos…

Pasó hace mas o menos diez años, cuando este marciano creía querer ser ingeniero electricista. Cursaba el primero de mis nebulosos dos semestres en la Facultad de Ingeniería, y era un mozo al final de su adolescencia, recién salido del bachillerato.

Para entonces vivía en el rústico oeste de Maracaibo y todos los días tomaba el legendario bus de Rotaria hasta el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia, caminando a través del Hospital Universitario para llegar a la Facultad de Ingeniería.

Era una ladilla.

Para pintar una imagen propia de mí en esos tiempos, quedaban pocas semanas antes de encontrar la Wookiepedia y perder 37.840 neuronas en Star Wars. mientras descubría que había música de valor mas allá de Linkin Park e iniciaba mi obsesiva costumbre de ir a todos lados con un audífono sonando en mi oreja derecha.

También pensaba que Chávez y su gobierno no durarían mucho más y descubría, muy poco a poco, las pequeñas libertades irresponsables del universitario.

A los dieciocho años yo era (algo que aún soy) un hijo de mamá.

En varias ocasiones, mi amorosa madre me daba algo dulce, generalmente en forma de galletas para alegrarme la tarde y llevarlo conmigo. Una tarde en particular llevaba un Cocossette, y lo comía en el solitario bus de la 1:00 p.m. hacia el museo.

Como era costumbre, poco antes del museo, en el semáforo de la Facultad de Ciencias, el semáforo colapsaba ante los rayos cósmicos que bombardean a la ciudad desde su fundación, por lo cual dos policías controlaban el paso del tráfico.

Haciendo siempre un pésimo trabajo.

La vía se atascaba todos los días, ya que el conductor marabino no necesitaba un semáforo, su mecánica para operar un vehículo consiste en una combinación de instinto geo-sincrónico espacial, volumen testicular y supresores de sentido común.

Sea como sea, el tráfico no se movía e inocentemente comía mi Cocosette en un pequeño bus casi desocupado a la una de la tarde.

Luego un camión militar se detuvo al lado, esperando también el paso del tráfico.

En él venían tres muchachos cuya edad no calculaba mucho menor que la mía para entonces. Usaban franelas blancas y parecían ser cadetes o reclutas (oye no conozco muy bien la estructura y los chamos eran bien jóvenes).

Enseguida me vieron sentado en soledad al fondo del pequeño bus, y con cero prudencia o escrúpulos, me hicieron señas que tardé en comprender.

Pues los chamos querían Cocosette.

Tomó una mirada a los tres reclutas, una mirada al cocosette que mi madre tan cariñosamente me había entregado más temprano, una mirada a la soledad del bus y una última mirada a la ventana para darme cuenta de que, en realidad, no tenía ningún problema en compartir.

Extendí mi mano, Cocosette extendido desde la ventana hacia la mano del recluta que se asomaba desde el camión. Un camión militar. Un camión de las Fuerzas Armadas.

Quizás sorprendido por mi gesto, dejé de ver a quienes había entregado mi regalo materno por un momento. No es que me haya creído altruista, en serio, sólo que a veces es interesante sorprender a las personas con un gesto, sus reacciones pueden ser interesantes.

En este caso, la reacción de los reclutas fue compartir su botín.

Es ahí donde me doy cuenta de que el camión llevaba frutas y verduras, y mis nuevos amigos las lanzaban hacia la ventana, cayendo a mi lado en el solitario pasillo del bus.

Una. dos, tres naranjas cayeron en el ligero suelo. El trance de un tráfico atascado en bus de Rotaria y la menor paranoia de una época no tan violenta evitó que alguien en el vehículo se diera cuenta de lo que pasaba.

Y tomé las tres naranjas, una por cada panita en el camión.

De repente de la parte delantera un hombre de uniforme militar y una mirada de castigo lanzada hacia la parte de atrás donde justo hace un segundo se hzo un intercambio imprevisto.

Leí el terror en los rostros y la expresión de mis nuevos compinches, un castigo les esperaba más adelante. Yo recordaría su sacrificio.

El tráfico cambió, mi bus y su camión partieron caminos, ellos se fueron al cuartel, yo a la facultad. Guardé las naranjas en mi morral y seguí escuchando las estridencias adolescentes de mi oído derecho.

Y desde entonces hasta el día de hoy recuerdo a esos compañeros de cola.

Y me pregunto

¿Se convirtieron en orgullosos miembros de la Guardia Nacional?

¿Habrán disparado gas y perdigones?

¿Cambiaron las frutas por presos en el mismo camión cuando la gente marchaba durante estos años del interino?

¿Serán ahora parte del ejército?

¿Habrán colaborado con la guerrilla colombiana?

¿Habrán terminado traicionando a su patria por un pago y una pequeña ventaja?

¿Cuánto han de saber del tráfico de droga?

¿Habrán matado?

¿Habrán cambiado la transacción de galleta y fruta por plata y pistola?

¿A dónde nos llevaron los años?

¿Fue uno de ellos quien casi nos disparó el 20 de Abril cuando las calles ardían?

A mis panas del camión les debo un cocosette. Yo no me gradué de ingeniero, opté por cambiar mi carrera hacia algo más humanista.

Ojalá ellos hayan hecho lo mismo.