1963
Se despidió amablemente de la señora esbozando una sonrisa cansina y la acompañó hasta la puerta. Echó la traba rapidamente y atravesó el salón hacia la caja. Estaba fatigado. Había sido un día duro de trabajo. Estaba contento, pero vacío, exprimido. Trabajar hasta tarde lo dejaba así.
Hizo el recuento del dinero del día contrastándolo con lo vendido, tarea que le llevo unos minutos. 20 centavos de diferencia negativa. Saldría de su jornal. Qué más daba, no era una máquina. Ganaba bien y ya había terminado su horario. Aparte, la libertad era impagable. Se dirigió hacia el cuarto de inyecciones donde quedaban los restos de la última aplicación.
Mientras guardaba los restos de efedrina en el armario junto a los otros fármacos escuchó ruido en la puerta. Se asomó desde la estantería que daba al salón de la farmacia para ver quién era. Logró divisar a un hombre de aspecto frágil y nervioso que golpeaba.
A su aviso de que habían cerrado le contestó con el relato de su penosa situación. Su hija de 4 años deliraba de fiebre, no sabían qué hacer, y la farmacia más cercana quedaba a 25 cuadras. Accedió a atenderlo, hay casos ineludibles. La vida humana por sobre todo, pensó.
Le abrió la puerta de la farmacia entre preguntas de los síntomas de su hija y sus alergias. Al verlo de cerca lo sobrecogió su expresión de victoria. El extraño llevaba un sobretodo marrón, las manos en los bolsillos, y un sombrero de hongo de esos que estaban a la moda. Respondía dubitativamente a sus preguntas y esto lo sorprendió.
Insistió en las preguntas. No podía preparar el remedio sin las respuestas. El hombre recién salido de la calle abrió sus ojos de par en par, se tornó rubicundo en cuestión de segundos y sacó sus manos de los bolsillos. Blandía un revolver en ellas. Le gritaba pero el farmacéutico ya no le escuchaba, la imagen del revólver lo había ensimismado. Se quedó helado. La mente en blanco.
Nunca le habían robado. Debía entregar todo, con suerte no pasaría nada. ¿Qué diría la patrona? El sabía que era un barrio feo, alejado del centro de Rosario. Había historias, pero los rumores no eran más que silbidos de advertencia de un tren que avisa que sale de la estación. Su cerebro se volvió una vorágine de temores. La vida humana por sobre todo, pensó.
El farmaceútico era un vudú endeble de voluntad. Cual enfermo de parkinson abrió la caja registradora y vació todo su contenido dentro de una bolsa de farmacia. Mientras hacía esto, sentía que se desarmaba. Pensó que la vida se le iba en cada bocanada de aire que daba. En frente, la cara del delincuente reflejaba el frenesí de adrenalina que experimentaba.
Le dijo que eso era todo y el ladrón no le creyó, asestándole, en un movimiento frenético, un golpe a la mandíbula con la culata del revólver. Siguió gritando, esta vez pidiéndole morfina. Con la cara sangrando, el farmaceútico fue tambaleándose hacia el cuarto de inyecciones donde tenía las drogas que eran más potentes. El criminal no le perdía el rastro.
Trémulo, sacó del armario un frasco de morfina y se lo extendió, posando su otra mano sobre la cara a modo de protección. El criminal con aspecto cada vez más enfermizo a causa de los nervios tomó el frasco. Lo examinó con desconfianza mientras se rascaba momentáneamente la cabeza con el revólver.
Descargó sus nervios. Se apresuró a atravesar el mostrador levantando el separador y se abrió paso hacia la puerta por el salón. Las manos le temblaron al retirar la traba, cual enfermo de parkinson, mientras escapaba hacia el abrigo de la noche.
Un hilo de sangre corría por el suelo del cuarto perdiéndose en la rejilla del desägue.
