Demonios contra Puretas

Voy a contaros una historia sobre fútbol y niños. El otro día fui a una comunión de un sobrino segundo de Sofía. El convite fue en “Mesón la Caipiriña”, a las afueras de Sevilla. El restaurante había contratado a dos monitoras y había un castillo inflable, una cama elástica y un mini-campo de fútbol de césped.

El prota de la comunión tiene 9 años y juega al fútbol. Su equipo estaba invitado al convite. Casi todos iban con la equipación oficial. Antes, durante y después de la comida, la mayoría de chavales salió a jugar al fútbol. El campo era más pequeño que uno de fútbol sala y las porterías no medirían más de 1,80 de alto.

Llevo más de 5 años sin jugar al fútbol por muchas razones que no vienen al caso, pero tras un rato viéndolos, me empezó a entrar el mono. Después de varios minutos me volví para adentro. Me daba corte ofrecerme a jugar y pensé: “Los niños van a pirarse cuando vean a un PURETA entre ellos”.

Pero al llegar los postres, la mayoría de niños estaba dentro. Salí y vi que había uno de ellos solo. “Este es mi momento”, pensé. Me acerqué a la portería y sin mediar palabra le hice un gesto como diciendo: “¿Yo de portero y tú tiras?”. Asintió!

Ese momento coincide con la foto del principio de esta historia. Le propuse que cuando uno metiera gol tenía que ponerse de portero. Le pareció bien y estuvimos jugando unos 10 minutos.

Hay algo maravilloso del fútbol (y otros deportes) y es que tras un rato sólo usas los códigos del juego para comunicarte. Al rato llegaron dos o tres chavales más. Otra cosa genial de esas situaciones: si ya hay un juego en marcha, los demás se suman.

¡Parcialmente lo había conseguido! No estábamos jugando un partido pero ‘había un pureta entre los chavales’ (YO) y no estaban incómodos. De repente empezaron a llegar más y más chavales. En un momento dado eran unos 15. El juego era insostenible así que había que empezar un partido.

En ese momento pensé: “Bueno, es el momento de salirse”. Pero llegó el padre del prota de la comunión y dijo “Enga chavales, yo juego también!”. Dos adultos más que estaban escondidos entre unos matorrales y también habían venido a la comunión se ofrecieron a jugar.

“Vaya, se ve que había más adultos con mono de jugar”, pensé. Se dispuso que lo más divertido podía ser un partido “Puretas contra niños”. Algunos niños me llegaban a la cintura.El partido comenzó y una cosa quedaba clara: cada vez había más niños y se lo estaban tomando en serio.

El campo no estaba claramente delimitado, por lo que a veces no estaba claro si la pelota había salido o no. Los niños empezaron a usar esto como argucia para sacar de banda cuando les daba la gana, incluso si nos tocaba sacar a nosotros.

Y entonces nos metieron un gol. 0–1 para los niños. Como si de una llamada tribal a nuestra masculinidad más primaria, los puretas empezamos a picarnos. Empatamos. Estaba claro que la cosa iba en serio…pero al menos nosotros en defensa no nos ensañábamos. Pensad que de un empujón podíamos tirar a tres de ellos.

Metimos el 2–1 para los puretas. Y ahí se desató la locura. Los niños empezaron a obviar cualquier posible pacto de no agresión. En un momento dado, uno de los puretas se internaba por la banda y cinco o seis se le avalanzaron cual pequeños Van Dammes.

Patadas, agarrones e incluso diría que mordiscos. Los niños ya no eran niños, eran pequeños DEMONIOS. Uno de los puretas, después de perder probablemente su menisco, decide abandonar el partido. Los DEMONIOS cada vez jugaban más duro.

Habían cogido pequeñas ramas que había en el jardín que bordeaba el campo y nos pinchaban con ellas cuando estábamos cerca. Gol de los DEMONIOS. 2–2.

A partir de ahí lo que sucede es innenarrable. Una PUTA GUERRA donde ya nos se distinguía entre PURETAS y NIÑOS. Había que ganar y punto. Todas las convenciones sociales habían quedado suspendidas y podía verse en la cara de los DEMONIOS que iban a hacer de todo por ganar.

Después de robar un balón haciendo una certera zancadilla que terminó con los piños de un pureta en el suelo, los DEMONIOS meten el 3–2. El jolgorio era increíble, nos señalaban y gritaban de forma burlesca. Sus ojos estaban enrojecidos. Os lo digo, NO ERAN NIÑOS.

Ese podía haber sido el final del partido (dado que no había tiempo delimitado), pero por orgullo, los pocos puretas que quedábamos, decidimos seguir. En un momento dado, recibo un balón en la frontal de espaldas, controlo con el pecho y pienso: “si me doy la vuelta me matan”. Así que me dejo caer y hago una chilena. Entra por la puñetera escuadra.

Quise celebrarlo a lo ‘Gol de Señor’ pero justo cuando iba a incorporarme, veo que un DEMONIO me tiende la mano y me dice: “Golazo”. Ese gesto restableció la cordura y nos dimos un abrazo, decidiendo disolver la separación entre adultos y niños.

Todo volvió a la normalidad. ¿Moraleja? No lo sé. Lo que sí sé es que no pude moverme en una semana y que estropeé la única ropa que tengo para este tipo de eventos.