El fin del mundo me pilló fregando una casa que no era mía

Ayer vendieron nuestra casa. Bueno, no es nuestra porque vivimos de alquiler. El proceso ha sido sorprendentemente rápido. El piso no ha estado expuesto en plataformas de venta más de una semana. Apenas lo han visitado dos familias. Y pam. Vendido.

Me sorprende y me agrada que haya familias que a pesar de la crisis estén afrontando alegremente la compra de pisos. No tengo ni idea de cómo funciona el mercado inmobiliario pero lo único que no paro de escuchar es que “el Euribor está bajo y hay que comprar ahora”. No sé, ¿no recuerda esto demasiado a los inicios de los 2.000?

La visita definitiva, en la que se decidió la compra, fue bastante dolorosa. Sofía se encontraba con nuestra hija pequeña en brazos. Yo entré al cuarto de baño a bañar a la mayor. En el fondo era una excusa para no tener que enfrentarme a lo que iba a pasar. Como si el cuarto de baño fuera un refugio de invisibilidad en el que pudiéramos escondernos hasta que pasara todo.

No fue así. En un momento dado, la mujer de la inmobiliaria llamó a la puerta. Yo estaba secando a la niña. Al principio me sorprendió y pensaba ‘Joder, ¿no van a respetar nuestra intimidad?’. Pero luego pensé que si alguien se va a meter en una hipoteca y va a contraer una deuda con un banco por N años, qué menos que ver su futuro cuarto de baño.

El momento pasó rápido. No así el vacío. Duele ver entrar a personas desconocidas en la que consideras ‘tu casa’ y proyectar sus deseos en forma de futuros tabiques a tirar, cortinas o elementos decorativos mientras tú estás ahí todavía con tu amorfa disposición que mezcla muebles de los anteriores propietarios con los tuyos, juguetes esparcidos por otras partes, estanterías eternamente desordenadas de libros a medio leer o cajones con cables y cacharros de supuesta tecnología punta que nunca llegaste a estrenar…

Duele darte cuenta de que tu casa no es tuya. Es como si el mercado inmobiliario viniera a darte una fuerte bofetada en la cara y te dejara impreso la famosa proclama de “no vas a tener una casa en la puta vida”. Y a pesar de que adecentaras una lamentable terraza que cuando llegaste era impracticable, a pesar de que arreglaste una cisterna que perdía agua de forma regular o a pesar de que has pagado 42.000€ en 5 años de alquiler, no es tuya.

También duele porque no hay alternativa. Porque llevamos buscando piso durante un año y la oferta se vuelto cara y escasa. Quién tiene casas decentes prefiere AirBNB, a pesar de que en las grandes ciudades ya hayan dado la alerta sobre los efectos nocivos para los vecindarios de construir zonas turísticas 2.0. En Sevilla no tenemos la situación tan dramática que puede haber en Madrid o Barcelona, pero desde luego es complicado encontrar una vivienda decente a un precio de alquiler razonable y con unos propietarios que se preocupen de verdad por sus inquilinos.

En esta casa hemos visto nacer a nuestras dos hijas. No solo eso. Ambas han pasado mil aventuras. Aprender a andar, a hablar, a reírse. A pintar por fuera y por dentro de la línea. A compartir juguetes. A comer poniéndolo todo pringado. A ver pelis. A mirar al horizonte a través de un balcón que lo permitía (¡Todo un lujo!). A regar unas plantas siempre sedientas. A refugiarse en grupo de la tormenta. A perseguirse. A mojarnos. A enfadarse y a hacer las paces. A llorar y luego calmarse. A vivir.

Cuando ya se había ido la nueva familia que llenará de historias esta casa y su efímera mejor amiga (la agente inmobiliaria), acostamos a las niñas, cenamos y vimos el último capítulo de The Handmade Tale. Sofía se fue a la cama. Y yo me fui a la cocina, como todos los días. A recogerla.

Mantener la cocina recogida ha sido durante estos 5 años (y diría que incluso toda mi vida adulta, es algo que aprendí en casa) ha sido un ritual sanador. Un psicólogo low-cost. Poner la radio. Escoger entre chunda-chunda motivador, magazine mainstream o deporte. Y empezar la rutina. No importaba cuan brutal pareciera el desorden, el objetivo era acostarse sabiendo que al día siguiente la cocina era un lugar que invitaba a empezar el día con fuerza. Pam, pam, pam. ¡Sincronía de la loza, armonía del alma!

Cuando estaba terminando, y ya solamente me quedaba fregar el suelo, me senté en uno de los dos taburetes que tenemos en la cocina. Estos sí son nuestros-nuestros. Y ahí, con la radio ya apagada y en silencio, pensaba en la violencia que debe suponer encarar un desahucio. En lo duro que debe ser abandonar tu casa. Y en lo bien que nos viene que estén naciendo los Sindicatos de Inquilinos y otros colectivos similares, como la PAH, que llevan años denunciando esta situación.

Me incorporé y empecé a fregar el suelo (el último paso del ritual sanador). No paraba de pensar una cosa absurda: si ahora cayera un meteorito y nos fuéramos al carajo de golpe, qué paradoja sería que me pillara así. Fregando una casa que dicen que no es mía. Pero que yo os prometo que la hemos cuidado como si fuera nuestra.