Árbol de guanábana

Mi cabeza pegaba en el techo. Su cabeza también, siempre pegó en el techo. Pegaba en el techo de la burbuja que nos encerraba en el pueblo.

–Imagínate visitar Marte– decía.

Yo podía ver la inconformidad en sus ojos, cuando se sentaba en la sala a leer, a veces la Biblia y en otras ocasiones a estudiar inglés en sus libros viejos. Mi papá recargaba una de sus piernas en la rodilla contraria, miraba al horizonte y, si yo tenía suerte, me platicaba de los enigmas de los gatos, de los egipcios y hasta de la posibilidad de estar viviendo en el sueño de alguien, en el sueño del sueño.

Tenía una pesadilla muy recurrente durante la infancia. Solía soñar que mi cabeza se hacia tan grande que ya no era capaz de entrar en el planeta Tierra, me veía obligada a abandonarlo y a navegar en el universo con las estrellas. Era una pesadilla porque podía ver al interior de mi cabeza y, dentro de ella, no veía más que hormigas caminando presurosas en los laberintos construidos por ellas mismas. Además de eso nada.

Con el paso del tiempo, comencé a imitar el hábito de sentarme en la sala, cruzar las piernas y mirar el horizonte a través de la ventana, intentaba ver a través de cada uno de los cuadros de la tela mosquitero que se interponía entre la vista al exterior y nosotros. Tarea imposible, claro. Las tardes más cálidas, las tardes que tocaban los 39 grados centígrados, nos acostábamos en el piso frío. Nos poníamos a pensar ¿te imaginas si los carros volaran? ¿hay vida después de la muerte? ¿Dios existe?

Mi papá era veterinario y trabajaba en el rancho de mi abuela. Usualmente andaba el camino en bicicleta, cuatro kilómetros de ida y otros cuatro de vuelta. Después del medio día llegaba sudando de su jornada de trabajo. Vestía siempre pantalones gruesos, camisas de mangas largas, gorra o sombrero. El hedor que emanaba al llegar del rancho no lo soportaba. El excremento de las vacas y los becerros coludía cada una de las fibras de la ropa y cada uno de sus poros. Lo abrazaba únicamente después de su respectivo baño.

¿Cuántos niños han visto las vísceras de un borrego? Supongo que en las ciudades muy pocos, entre mis amigos nadie. Ni mis amigos de antes, ni mis amigos de ahora. En una ocasión salí al patio de mi casa, mi papá y algunos colegas se encontraban en la labor de abrirle la panza a un borrego. Tras culminar, vi y olí un líquido verde y de consistencia espesa que escurría por el piso. Insoportable.

Un día, después de haber visto un comercial de leche en la televisión, le pregunté a mi papá:

–Papá, ¿por qué no tenemos vacas normales? Nuestras vacas son café, negras y algunas blancas ¿por qué no tenemos vacas blancas con manchas negras? ¿por qué no tenemos árboles de manzana?

No entendía que tener árboles de aguacate, limón, naranja y pomelos era completamente normal en el sur de Veracruz; y aún tenemos un árbol de guanábana.

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