Pueblo chico, infierno grande

Acitlali Vásquez
Jul 23, 2017 · 3 min read

Un día un compañero de autobús me hizo plática. Era un señor de unos cuarenta años, me preguntó cómo me llamaba, entre el ruido de los carros, la música del chofer y más el tradujo Amalia a Mary. Así que el señor fue platicando con una supuesta Mary que estudiaba muy cerca del rumbo, terminó contándole a Mary que el vivía muy lejos, que iba muy cansado, que siempre llegaba a cenar y a dormir porque al siguiente día debía despertarse a las cuatro de la mañana. El recorrido de su casa al trabajo en la Ciudad de México era de nada más y nada menos que dos horas y media. La conversación terminó cuando me bajé del autobús disfrutando del anonimato que me había otorgado mi pseudónimo Mary.

“El otro día me subí al autobús, había un señor con la cara muy triste y cansada, me dieron ganas de llorar” dijo una guanajuatense aquella misma semana durante una plática de cafetería. Estábamos hablando de los vicios de vivir en la ciudad, los tiempos rebasados por el transporte, la movilidad y el trabajo. Pura depresión urbana y mucha nostalgia por la provincia, por nuestros pueblos y por nuestra gente. Cuando platico con mis conocidos provincianos, más aún si son de pueblos como el mío, nos embarga esa nostalgia de saber que podemos caminar a todas partes, saludar a la gente en la calle y la certeza de qué el señor de la farmacia, o la cajera del banco, es tu vecina o la amiga de tu tía.

Muchas cosas ya se dicen de los pueblos empezando por el típico “pueblo chico infierno grande”. ¿Qué pasa cuando todas esas bondades de nuestros terruños se vuelven en contra? En pueblos donde la delincuencia organizada se ha ido enraizando, se pierde la confianza que antes nos daban las redes de vecinos y de las colonias. La empatía que se tenía por el otro que visitaba a la misma hora el mercado se va rompiendo poco a poquito. Pienso mucho en Jáltipan: en las familias que conozco, en los personajes del pueblo y en los conocidos que han preferido (por muchas más razones) el anonimato de las grandes ciudades. Le he pensado mucho porque extraño caminar por mi ciudad sin miedo.

Un día me di cuenta que la empatía que podía sentir por mis paisanos se había convertido en desconfianza traducida a más candados en las redes sociales y a pocas visitas al sur. Lo he escuchado también de gente muy cercana que no se atreve a decir dónde esta, de qué trabaja y han pasado del habitar al esconderse. Quizás me estoy yendo muy lejos pero me transporto inmediatamente a la Guerra Fría, a la Alemania del Este y a todas esas personas que temías de sus hermanos, primos y porque había una posibilidad de que pudieran ser espías.

¿En qué momento dejamos que la cercanía, la empatía y nuestras redes locales se convirtiera a favor de la delincuencia organizada? A mí pueblo lo transformamos en un infierno más grande.

Acitlali Vásquez

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Últimamente evito decir “no entiendo a la gente que…” porque se supone que debería de entenderlas ¿no?

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