Una hamburguesa decisiva

Me acabo de comer una hamburguesa de un euro. Eso no es relevante, supongo. Todos hemos comido una hamburguesa de un euro alguna vez. Lo difícil es comérsela sin sentirse mal. Por muchas razones:

a) Porque es comida basura

b) Porque se han cargado a un caballo (o vete tú a saber qué animal es el que han matado)

c) Porque para un montón de gente, sabe a rayos

d) (Escriba aquí su razón testaruda)

La cosa es que cuando tenía siete u ocho años me habría zampado dos, tres o las que hiciera falta sin ningún tipo de reflexión posterior o culpa. Al igual que me daba lo mismo ponerme unas zapatillas de marca que unas de la marca “la pava” o ver películas disney que ver el Megatrix por las mañanas. ME DABA IGUAL. Era feliz en el mismo porcentaje haciendo una cosa que otra.

Y ahora no.

Ahora tengo que medir lo que digo o hago. Ya no puedo decir que veo Mujeres, hombres y viceversa porque en el mundillo en el que me muevo, está feo eso. (Parece que es un programa sexista que alza ciertos valores que blablablablabla…)

El caso es que por lo visto, ahora solo puedo leer a Houellebecq, visitar exposiciones retrospectivas de Magritte o ver el cine de Woody Allen.

Aunque tarde, empiezo a relativizar cosas. Ver Gran Hermano no me hace menos inquieto. Disfruto de la literatura de Hesse pero también disfruto de la música que escucho con mi primo cuando vuelvo a casa. Sí, pone reggaeton a tope el chiquillo. Pero qué bien nos lo pasamos.

Hemos decidido, por lo menos yo, vivir de acuerdo a una imagen (que puede ser impuesta por uno mismo o por los demás) y no nos permitimos salirnos de esa imagen idílica. Por miedo a lo que diga o piense el otro. Y sufrimos. Sufrimos como bellacos por ignorantes. Elegimos la camisa, el tatuaje, la música o el peinado para que todo esté en su sitio. Para que esa imagen siga cotizando al alza entre los colegas, entre la chica de turno o donde nos interese.

Después de comprar la hamburguesa, de camino a mi casa, he visto a cuatro personas que dormían en la calle. Que esa es otra… en Madrid, casi todos los días veo gente pidiendo dinero o malviviendo en cajeros automáticos pero… no me doy cuenta o no quiero darme cuenta. Porque me han educado para que mi mayor problema sea qué camisa me voy a poner o sobre qué tengo que hablar con mis amigos. Por supuesto, nada de bajas pasiones. No vaya a ser…

Con todo esto me he vuelto a acordar de mi abuela. Todo por una hamburguesa. Mi abuela no sabía leer ni escribir. Pero sabía amar y lo hacía todo el tiempo. A todas horas. Porque tampoco le preocupaban estas cosas que tanto nos preocupan y encarcelan ahora a muchos de nosotros. Si tocaba un negro en casa pidiendo un euro, ella le daba un plato de comida. Si era chino, lo mismo le daba.

Y pensando todo esto, ¿qué te digo?. Te digo que voy a comerme la hamburguesa que me queda. Voy a disfrutarla como si fuera un solomillo a la pimienta y voy a seguir dando por saco con mis historias mucho tiempo. Porque necesito liberarme.

Si te molesto, puedes eliminarme o dejar de leer o ir a comprarte una hamburguesa. Quizá encuentres sentido a tu vida por el camino, como yo.

Esta noche voy a dormir como un niño. Como ese niño que no miraba de qué marca era la zapatilla o qué programas veía en televisión. Ese niño que no tenía ni la décima parte de prejuicios que tengo yo ahora.

Ese niño está en mí y voy a dejar que ría, salte y juegue. Porque se lo merece. Y porque lo está pidiendo a gritos desde hace mucho tiempo.

Lo dicho: si te apetece una hamburguesa, cómetela. No todo van a ser costillas. Y si te gusta Gandía Shore, disfrútalo.

Si amas, lo demás me importa una mierda.