No hay libertad que te libere de tu propia esclavitud.

Lograr libertad financiera, emocional, de elección, de fe, de expresión; no te hace libre.

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¿Cuentas veces hemos tenido la sensación de estar prisioneros de una situación? Los libros de superación personal hablan de alcanzar la libertad a nuestras limitaciones, superar nuestros miedos, lograr todo lo que nos propongamos ya que a esta vida venimos a vivir en libertad. Las empresas de network marketing nos hablan de lograr la libertad financiera y profesional. La gurú del amor nos habla de ser libres espiritualmente para atraer a esa pareja ideal.

Pero seamos sinceros con nosotros mismos, ¿cuándo nos sentimos prisioneros, es por cuestión de circunstancias ajenas a nosotros y de nuestro control o por situaciones que hemos provocado nosotros mismos?

Siempre creemos que el problema externo es el problema real (y a veces lo es). Rara vez pensamos que la forma en que percibimos el problema es el problema de fondo.

Cuando nos sentimos prisioneros no pensamos con claridad y nuestro instinto de supervivencia nos engaña, queremos huir, no planeamos, solo actuamos. En la mayoría de las veces culpamos a los demás, al exterior de nuestra situación.

Es así como decidimos renunciar al trabajo Godínez [Coloq. Mex.: empleados de oficina], comprar un guardarropa nuevo, ir a bares y discos, empezar a salir con un montón de personas, cambiar el circulo de amistades por uno más relajado o más exigente, tomar unas vacaciones de ensueño, o por el contrario, consumir drogas recreativas de forma ya no recreativa sino evasiva (y estas van desde alcohol hasta drogas duras ilegales) o una muy común: sumergirnos en el trabajo hasta no hacer ninguna otra cosa. El punto al que quiero llegar es que hacemos lo que sea con tal de liberarnos cuanto antes de eso que nos tiene prisioneros.

Bueno, pues esto solo nos ha vuelto esclavos de nuevo. Esclavos a estar escapando, esclavos a este nuevo estilo de vida que no decidimos seguir por convicción.

Cualquier cosa que hagamos, si no tiene una reflexión real, si no fue contrastado con otros puntos de vista, si no se establece un objetivo, si no tiene un plan cuantificable y con puntos de revisión; y lo más importante, si no estamos 100% convencidos de que eso nos produce tranquilidad mental y emocional. Entonces no nos liberamos, solo nos volvemos esclavos de un nuevo amo, el cual, al inicio, gentil y lisonjero, nos dirá lo que queremos escuchar, para después darnos cuenta que no podemos abandonarlo porque la deuda con él es muy alta, y somos, de nuevo, prisioneros.

No (siempre) necesitas cambiar las cosas de tu mundo a gran escala para empezar a ser libres, empieza cambiando pequeñas cosas, y se responsable de tus actos, eso es el principio de la libertad: la responsabilidad.

Hay situaciones que realmente ponen nuestra vida en peligro, y esas situaciones, de las que somos prisioneros, debemos cambiarlas cuando antes, sin importar lo difícil que creamos que va a ser si nuestra integridad física, moral, mental o emocional está en peligro, debemos buscar un cambio y apenas hayamos salido de esa situación físicamente, entonces, buscar qué cambios a pequeña escala queremos y podemos empezar a realizar de forma responsable y congruente con nuestras posibilidades.

Como dice la oración de la Serenidad de forma parafraseada: aceptando este mundo tal cual es, aceptando todo aquello que no puedo cambiar, cambiando lo que soy capaz de cambiar, entendiendo la diferencia, siendo responsable de mis actos, es así como lograré la tranquilidad de mi ser.

La única libertad posible, es aquella libertad que te da tranquilidad mental y emocional.