Catalunya: clave Terramar

De cómo Úrsula Kroeber Le Guin transformó el destino de un pueblo

Digo yo que todo empezó con Harry Potter. O más bien, con alguien a quién Harry Potter le parecía demasiado banal y decidió que la magia habitaba en el universo de Úrsula K. Le Guin y su Terramar, no sólo en clave literaria, también ontológica.

En definitiva, alguien descubrió que Cataluña es Terramar. Alguien descubrió que el catalán, que tal y como deslizó imprudentemente alguien partícipe en la intimidad del secreto, don José María Aznar López, es “[…] una de las expresiones más completas, más perfectas, que yo conozco desde el punto de vista de lo que puede ser el lenguaje […] [sic]”, y por tanto, también la lengua en la que las cosas son nombradas con su nombre verdadero. Esa es la magia de Terramar y esa es la magia de Cataluña y el catalán.

La trascendencia de ese descubrimiento sólo se alcanza a entender en estos momentos. Como corriente soterrada y oculta, sin embargo, ha modelado la realidad catalana de principio de siglo.

A quién no crea esa afirmación le invito a que venga a Cataluña y lo compruebe personal y directamente, tal y como nosotros lo vivimos. Cómo las tormentas solares se suceden al ritmo del latido del corazón de un pueblo. Como los cirros y cumulonimbus se dibujan cuatribarrados desde el brillo de la Puerta de Tannhäuser y sus rayos C. Cómo las lluvias se espacian y regulan su intensidad para que florezcan las variedades autóctonas y arrastren a especies invasoras. Y si tomate o pimiento son americanas, variedades como cor de bou o de Reus han demostrado su voluntad de pertenencia y, por tanto, también ya son propias.

Bastan las palabras como manifestación de una voluntad, eso sí, siempre en catalán, para que la realidad se modele y moldee como acomodo del pueblo. Creo casi vergonzante apuntar la clara y astuta trasliteración y disimilación que se oculta en kabbalah y català. Si el padre Berriatúa se equivoca de fecha y lugar no es por un exceso de lectura de Tritemio, sino por una incorrecta interpretación de la lengua con la que Dios escribe el mundo.

Así, como el Heidegger en plenitud (un catalán de Llagostera, aunque las conspiraciones paneuropeas se empeñan, como con Cervantes o Colom, en ubicarlo en Meßkirch), los nombres verdaderos moldean la realidad según la voluntad del pueblo, que no es necesaria consultar o analizar, porque muchas veces esa voluntad no sabe lo que quiere, sólo que quiere ser. Ahora bien, con la boca pequeña porque nombrar el volk will es terreno resbaladizo, no digamos ya el lebensraum.

En definitiva, es la voluntad expresada a través de nombres, de sustantivos y sujetos. No podemos pedirle a los políticos, por tanto, que hagan política. Ni tan siquiera que actúen con racionalidad o empatía, o que sean personas. No podemos ser ilusos, que ya lo decía otro catalán a la bilbaína, nacido porque quiso en Lausana, aunque en realidad de Canet de Mar de corazón, un Alejo Carpentier que anticipaba que esos políticos son sólo carne transitada, puro accidente en el aquí y ahora de algo que trasciende y supera espacio y tiempo.

Regocijémonos, se habla de 18 meses pero ya sobran 17. Mientras pulso el botón de publicación ya noto cómo todo se transforma a mí alrededor. I feel the earth move, under my feet, I feel the sky tumbling down…

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