Los Pueblos Originarios y la 4T

La asignatura pendiente más grande de la 4T es remediar la exclusión de la población indígena. Se cumplen 100 días desde la simbólica entrega del bastón de mando a Andrés Manuel López Obrador en el zócalo de la CDMX. Pero mucho más significativo, se cumplen 500 años del arribo de las naves de Hernán Cortes a las costas de Cuetlaxtlan, donde Teuctlamacazqui y Cuitlalpitoc, enviados por Moctezuma, pudieron ver la llegada de «una cosa espantosa y grande, redonda, en medio del agua, y que andaba da qui para allí por encima del agua, hácia una parte y hácia otra, y que dentro de ella abia gente, que de en quando en quando parecía» según los reportes que nos llegan por las voces de los informantes indígenas de fray Diego Durán.

La conquista tuvo repercusiones devastadoras para los pueblos originarios, y desencadenó un largo proceso de despojo y explotación que no ha terminado. Ninguna de las transformaciones que orientan la versión de la historia de México de AMLO benefició a los pueblos indígenas. La deuda con los pueblos originarios no fue saldada por la Independencia criolla. La Reforma Liberal de hecho fue más bien un retroceso paradójicamente liderado por un presidente indígena. Y la Revolución interrumpió el empoderamiento de los pueblos originarios: al devolverles sus tierras los volvió ejidatarios-campesinos, dependientes de un régimen hegemónico. Sólo en las últimas décadas, después de la rebelión Zapatista, se empieza a vislumbrar un proceso de empoderamiento y recuperación de la autonomía indígena.

Y sin embargo, los descendientes de los pueblos originarios son mexicanos excluidos de su propio país. Un indígena percibe hoy menos de la mitad del ingreso que una persona con exactamente las mismas características sociodemográficas y educativas, pero no indígena. Un mexicano que posee un atributo de enorme riqueza cultural, a saber, hablar una lengua indígena, tiene una altísima probabilidad de ser pobre.

El azar de que alguien como yo haya nacido en una ciudad moderna, o en el seno de una familia “blanca” migrada de provincia, profesionistas de clase media, que pudiera estudiar en una escuela privada y consiguiera empleo en un sector económico beneficiado por la globalización, no es ningún mérito personal. Es el azar también, y no una habilidad o aptitud menor, la que determina que otro mexicano, Náhua, Ñañu, Zapoteco o Tseltal, nazca en una sierra remota, en el seno de una familia pobre, que a duras penas completó la secundaria, y que ahora se dedica a sembrar una milpa.

¿Qué hacer? Primero, devolver a los pueblos indígenas el control verdadero de su territorio, el usufructo del subsuelo, y todos los recursos naturales, incluyendo aguas y la minería, que no son de la Nación que las arrebató, sino de sus poseedores originarios.

Segundo, crear verdaderas oportunidades de movilidad social a través de la modernización del sistema de telesecundarias, haciéndolas trilingües (español, inglés y lengua indígena) e incorporando tecnologías y pedagogías de punta.

Tercero, impulsar a las Universidades Interculturales Indígenas que ya existen (en vez de crear universidades nuevas), y financiar becas para que los estudiantes indígenas puedan continuar la preparatoria, universidad y posgrado en cualquier institución educativa, incluyendo las privadas, fuera de sus lugares de origen.

Esto sería una verdadera transformación, que le fue negada a los pueblos indígenas por las tres transformaciones anteriores.