Teoría de Juegos Frente a un Bravucón

Recordar el trabajo del Premio Nobel de Economía Thomas Schelling, quien murió hace unas semanas, me hizo caer en cuenta hace unos días que Luis Videgaray tiene serias desventajas para liderar la política exterior mexicana. Schelling dedicó su carrera académica a extraer intuiciones de la teoría de juegos para el entendimiento de las relaciones internacionales. Sus ideas son muy iluminadoras sobre los retos que se le presentan a nuestro nuevo canciller para defender efectivamente los intereses de México frente a la administración de Donald Trump.

Quizá la intuición más importante que surge del trabajo de Schelling es lo que se conoce como el problema del compromiso creíble (credible commitment). Si un actor estratégico quiere obtener un resultado favorable en un proceso de negociación, uno de sus problemas fundamentales es establecer creíblemente un curso de acción que se tomaría si la negociación no progresa. Sólo si el actor estratégico puede comprometerse con una amenaza (que no sean simplemente palabras vacías) de un curso de acción que claramente perjudique a su contrincante, puede mejorar dramáticamente sus beneficios de llegar a un acuerdo.

En éste momento crítico en la relación México- Estados Unidos nos faltan mecanismos para crear compromisos creíbles que nos permitan luchar contra las políticas perjudiciales que se avecinan, sea el retiro de inversiones de Carrier, Toyota o cualquier otra empresa; la revisión del TLCAN; la expulsión de nuestros migrantes indocumentados; o la construcción del ridículo muro a costa de los mexicanos. Luis Videgaray, por su cercanía con el grupo de Trump, es el emisario de amenazas o compromisos menos creíble en la negociación que apenas se inicia.

La teoría de juegos incluye toda una rama de conocimiento de juegos cooperativos, en donde los procesos de negociación suceden en un mundo que no es suma cero, sino en el que conviene llegar a acuerdos para repartir los beneficios de la cooperación. Modelos clásicos de juegos no-cooperativos, como el del dilema del prisionero, se han usado con frecuencia para entender las relaciones internacionales. Pero a mi modo de ver el mayor genio de Schelling consistió en demostrar que la realidad internacional es más bien de corte cooperativo, llena de dilemas de coordinación, en donde el problema es cómo decidir actuar en espacios de acción no regulados o poco institucionalizados (como la arena internacional), con información siempre imperfecta, y bajo el velo de la ignorancia sobre los motivos o verdaderos objetivos y los cálculos (o descálculos) de los otros actores estratégicos.

En los procesos de negociación que se iniciarán con la nueva administración del Presidente electo Trump, será necesario que México establezca con claridad qué pasaría si no se alcanzan acuerdos. El desacuerdo es obviamente algo que un jugador quiere evitar, pero es importante recordar que cuando una negociación fracasa en un juego cooperativo, todos los jugadores pierden. Otro premio Nobel, John Nash, demostró que en juegos cooperativos el punto de desacuerdo determina la proporción de los beneficios que se pueden alcanzar cuando se llega a un acuerdo. Mientras más extremo y catastrófico el resultado del desacuerdo para un jugador, paradójicamente, el contrincante puede obtener más de un acuerdo cooperativo. Es por ello, por ejemplo, que un sindicato con demandas maximalistas y mucha paciencia obtiene mejores condiciones salariales que un sindicato taimado y sin fondos para una huelga prolongada — siempre y cuando las negociaciones no fracasen.

El problema central en las relaciones internacionales, nos dice Schelling, es que cuando los actores atisban un futuro al borde del abismo, ninguno quiere caer al vacío. Pero el actor que gana en estos juegos internacionales es el que creíblemente señala que esta dispuesto a caer. La profunda dificultad de la política exterior mexicana en este momento es cómo señalar creíblemente que, para lograr un mejor resultado en la negociación, estaríamos dispuesto a perder todo. En otras palabras, cómo forzar a nuestro contrincante a conceder términos favorables amenazándolo con todo. La administración del Presidente Enrique Peña Nieto nombró a Videgaray con la premisa de que hay que tender una rama de olivo. Cuando en realidad lo que necesitamos es un halcón.

El presidente electo Trump ha dedicado su vida negociar. Su imagen de bravucón es esencial a su modus operandi. Para ganar, Trump siempre ha mostrado que está dispuesto a hacer locuras. Un “loco” no será contenido con prudencia o tendiendo una mano amistosa a través del nombramiento de un canciller que le es favorable. La llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos es de por si un hecho catastrófico. Pero los daños que sus políticas pueden significar a México dependen fundamentalmente de cómo las autoridades mexicanas puedan convencer a la administración de Trump de que moderar sus posiciones es un tema de interés nacional propio. Hay que convencerlo de que tratar mal a México tendría consecuencias que afectarían de manera negativa a millones de norteamericanos y miles de empresas que dependen del comercio con México; que la frontera se volverá imposible de vigilar y controlar si México tiene una crisis económica descomunal; y que la seguridad nacional de Estados Unidos está en juego, si la nueva administración cumple sus promesas de campaña.

Videgaray no lleva la ventaja frente a Trump, pues no cuenta con un compromiso creíble de que está dispuesto a caer al abismo. Si los mexicanos damos claras señales de protesta y repudio a la nueva administración y a los esfuerzo del gobierno mexicano de cooperar con Trump, en realidad le ayudaríamos a Videgaray a hacer mejor su trabajo. Le daríamos una posición de mayor fuerza negociadora si las voces nacionalistas tienen más espacios y cajas de resonancia en el debate público. Si el Presidente es estratégico, de hecho debería de preparar un discurso nacionalista a ultranza, de esos del PRI de antaño, en donde amenace que buscará tender puentes diplomáticos con China; diversificará las relaciones comerciales con Europa; recuperará la tradición diplomática mexicana anti yanqui, acercándose a Cuba, y de una vez, por que no, Venezuela o Irán. Cualquier lazo diplomático que sea incómodo a la geopolítica norteamericana es provechoso para México.

Donald Trump no es amigo de México. Ganó la elección insultando a lo mexicanos y prometiendo hacerles daño. Sus colaboradores no son tampoco amigos de los mexicanos. Videgaray tiene que recordar en todo momento que, aunque lo inviten a jugar golf en Mar-a-Lago o a cenar con Larry Rubin y sus amigos, el trabaja para los millones de mexicanos que viven del comercio con Estados Unidos, los millones del otro lado que tienen miedo de ser deportados, y los millones que, en un escenario de descomposición social o recesión económica, buscarán alternativas de trabajo con los narcotraficantes.

Los amigos de México son los millones de americanos que repudiaron el discurso nativista de Trump. Los hispanos, las mujeres, los jóvenes, los universitarios, las minorías étnicas y culturales. Cientos de legisladores Republicanos y Demócratas en todos los niveles que que son el contrapeso del Ejecutivo en el sistema político americano. Los empresarios que han apostado a la integración cada vez mayor de nuestras economías. Los defensores de los derechos civiles que trabajarán incansablemente para dilatar y prevenir las deportaciones. Los analistas y agentes de seguridad nacional que entienden que la mejor protección de Estados Unidos contra el narcotráfico es tener mayor cooperación en temas de seguridad con México. Las ciudades santuario que prefieren no recibir dinero del gobierno federal, que traicionar a los migrantes que se han vuelto miembros productivos de su comunidad.

El nuevo canciller debe aproximarse a estos amigos de México con una combinación de acciones que señalen con claridad que frente a Trump, estamos dispuestos a apostar todo. Valdría la pena anunciar, por ejemplo, asignaciones presupuestales de millones de dólares para que los consulados mexicanos ofrezcan defensoría legal a los indocumentados. Que cada caso de deportación cueste a la administración de Trump millones de dólares en prolongados litigios. Anunciar abiertamente que si se imponen tarifas punitivas al comercio entre ambos países, el gobierno mexicano no cooperará en la lucha contra el narcotráfico, la destrucción de estupefacientes, o la intercepción de cargamentos de droga. Orquestar una campaña de información masiva sobre las consecuencias nefastas para México de las promesas de Trump, para que la población mexicana esté francamente indignada y cierre filas en un discurso nacionalista. Boicotear a cualquier empresa mexicana que colabore en la construcción o la provisión de materiales para el muro. Invitar a México a jefes de Estado de países incómodos para la geopolítica norteamericana. Hechos simbólicos o reales que todos apunten al compromiso creíble de no ceder, no obstante la asimetría y la debilidad estructural de México frente a Estados Unidos.

Aprovechar el talento y la inteligencia de nuestro nuevo canciller y la larga experiencia de nuestro cuerpo diplomático para articular una estrategia que muestre un país decidido a defender sus intereses. Es un momento de Realpolitik que requiere de astucia y valentía, y de tomar riesgos. Los bravucones, cuando no hay autoridad en el patio del colegio, solo son contenidos por otro bravucón. Videgaray, estoy seguro, no es un bully. Pero es hora de comportarse como tal. Basta con sembrar una duda razonable, para que los instintos innatos de Trump hagan que desvíe su atención hacia otro niño indefenso.