El último puñetazo

Siempre nos ha gustado alardear de lo mucho que nuestra inteligencia, nuestras facultades mentales, nos separan del resto del reino animal. Pero cuando decidimos lanzarnos a imitar la labor de un dios todopoderoso creando hijos mecánicos a nuestra imagen y semejanza, nos resultó más sencillo que replicasen y superasen aquellas que considerábamos nuestras capacidades superiores — memoria, lógica, capacidad de cálculo — , y mucho más difícil que lo hiciesen en aquellas facultades que compartíamos con los animales. Los robots más sofisticados de hace unas pocas décadas exhibían una percepción y movimientos propios de invertebrados al mismo tiempo que sus compañeros “racionales” vapuleaban a humanos en campeonatos de ajedrez, concursos de cultura general y certámenes literarios. En cálculo jamás fuimos competencia.

Por eso la última competición de humano contra robot que gozó de cierta emoción y popularidad durante años fue el Prometheus Championship, que empezó organizándose en una nave industrial a las afueras de San Diego — pronto se mudó a Las Vegas, Tokio, Shanghái, Londres — y que enfrentaba a un campeón humano y a un robot en combate de boxeo.

Aunque las reglas del torneo evolucionaron obligadas tanto por su creciente fama y consiguiente demanda de espectáculo como por las lesiones y accidentes que se dieron desde sus primeras ediciones — sobre todo en sus primeras ediciones — el concepto era sencillo: un boxeador humano con unas protecciones algo más generosas que las del boxeo olímpico se enfrentaba a un robot de aspecto, peso y tamaño humanoide aún más guarecido — esto más dirigido a proteger los codos, muñecas y antebrazos de su contrincante que al propio robot — , en un combate a cinco asaltos.

El primer combate duró exactamente seis segundos, lo que tardó Pavel Bogdánov en lanzar un par de directos que hicieron que el robot, 1v4nDr4gg0, trastabillase y cayese al suelo sin ser capaz de volver a levantarse, el mismo esquema que se repitió en algunas ediciones más, si bien cada vez con menor humillación para el robot. La incógnita no era quién ganaría, sino qué nuevo truco habría aprendido cada nueva generación de luchador sintético, cuánto y cómo aguantaría.

Hasta que hace cinco años llegó el momento que todos ansiábamos y a la vez temíamos: una victoria de la máquina. Una victoria mínima, discutida y sin brillo, pero victoria.

La pelea entre el boxeador canadiense Jacques Monroe y el autómata Alpha Box agotó los tres asaltos y se tuvo que resolver por puntos de forma reñida y no carente de polémica, como suele ocurrir en estos casos. El combate no fue bonito, con un androide muy defensivo que se apoyaba casi exclusivamente en una sola virtud, un equilibrio excelente, y un púgil orgánico desesperado por lograr abrir huecos en la defensa de la máquina para desestabilizarla, ya que cansarla era imposible.

Las tres siguientes ediciones del campeonato lograron mantener la incertidumbre sobre el vencedor. Y aunque en todos ellos volvió a triunfar el humano, los combates resultaron disputados y la popularidad del certamen llegó a superar la de sus equivalentes entre púgiles humanos.

Pero hace tres meses, el 25 de marzo de este año, todo cambió para siempre. La expectación ante la cita era bien alta. Los fabricantes del robot, patrocinados por Honda, se habían pasado semanas lanzando frugales piezas de información sobre el aspecto y características del luchador, que se prometían revolucionarios. Pero, ya sea por el descreimiento del público hacia estas habituales campañas de hypeo, o por nuestra natural tendencia a esperar algo que se mueva dentro de los límites de lo ya experimentado, nadie pudo prever lo que se iba a presenciar en el Nuevo Budokan de Tokio.

Ashigaru M5 subió solo y de forma grácil al cuadrilátero. Era un androide de apariencia muy ligera — casi podría decirse que flaco — mucho menos amenazante a la vista que la mayoría de sus antecesores. Era de color grafito y no lucía ninguna juntura o elemento que pudiese indicar que estaba construido de más de una pieza. Ni siquiera podían adivinarse cámaras ni ningún otro tipo de sensor en la cabeza. Aparentaba ser un bloque sólido de algún tipo de polímero de carbono, casi una escultura, posiblemente un efecto buscado por sus creadores. Esta carencia de rasgos y sus movimientos tan fluidos como precisos provocaron los primeros comentarios incómodos entre el público.

Michael Ngomo, luchador irlandés de origen guineano que venía de defender el cinturón de campeón del mundo de peso pesado, parecía sin embargo mucho más confiado. Se acercó a Ashigaru para saludarle con el habitual choque de guantes que precede al toque de la campana exhibiendo una amplia sonrisa y un aire de cierta despreocupación. Una disposición que, una vez el sonido metálico dio paso a la pelea, desapareció en menos de tres segundos, lo que tardó en intentar marcar con un par de jabs al robot aún sin guardia para encontrarse con que sus puños terminaban en el aire, bien lejos del cuerpo del rival. Sus siguientes intentos acabaron del mismo modo y el pabellón al completo guardó silencio. No es que Ashigaru se moviese a una velocidad inalcanzable para un ser humano, aunque era muy rápido, sino más bien que empezaba sus movimientos evasivos en el momento exacto en que Ngomo comenzaba sus ataques, como si en lugar de una pelea aquello fuese una coreografía ensayada mil veces, la coreografía mejor ejecutada de la historia. El robot no parecía un contrincante, sino una extensión del deportista humano, controlado por los mismos impulsos nerviosos que lanzaban cada puñetazo.

El tiempo del primer asalto fue agotándose desesperadamente despacio con una repetición tras otra de la misma dinámica. Michael Ngomo, con una nada mitigada expresión de desconcierto, trató de hacer valer su experiencia y famosa versatilidad intentando pillar de improviso a la máquina, encadenando golpes lentos y rápidos, altos y bajos, cambiando sus trayectorias, bajando y subiendo el ritmo, modificando su juego de pies cada vez más sincopado, acercándose, alejándose, tratando de arrinconar a su adversario. Cada uno de sus intentos terminó como el primero y una parte del público empezó a silbar molesto porque aquello era un número de circo más que un combate. La máquina ni siquiera había intentado golpear a su rival, mientras que Michael Ngomo no había llegado a rozarla.

El inicio del segundo asalto parecía prometer más del mismo espectáculo. Ngomo de nuevo intentó sorprender al robot y éste volvió a responder como si anticipase cada pensamiento de Ngomo, como si le estuviese leyendo la mente. Solo que esta vez Ashigaru aprovechó uno de los embates para devolver los golpes. En concreto un uppercut al hígado y un hook a la sien tan veloces, limpios y certeros que el luchador europeo cayó al suelo sin saber qué le había pasado, y que resonaron en el pabellón como un látigo que sometiese a la humanidad entera a un nuevo amo.

El combate, la parte formal que empieza con una campanada y se zanja con el brazo en alto del ganador, no terminó en ese momento — lo hizo veinte segundos más tarde gracias a la regla especial del certamen que declaraba perdedor al primer contendiente que cayese a la tarima dos veces — , pero la lucha real, la pugna entre hombre y máquina, entre padre e hijo, se resolvió en el instante en que el guante de Ashigaru M5 impactó por primera vez en el costado derecho de Michael Ngomo. Toda esperanza de victoria quedaba pulverizada para siempre, no solo en esa pelea, sino en todas las que pudiesen venir después.

El día 26 de marzo, tan solo un día después de la pelea, la HVMSA (Human Versus Machine Sports Association, organizadora de las veladas pugilísticas) anunció que este había sido el último combate.