“échale ganitas” pt. 1

te despiertas con un incesante zumbido en tu cabeza. no es un dolor de los que te quitas con un paracetamol porque no es un dolor per se, ni tampoco es el dolor resultado de una noche en la que te hayas acabado media botella de jw y una cajetilla de lucky strikes. tampoco es el resultado de haberte desvelado en un concierto en el que te paraste al lado de las bocinas en un lugar pequeñísimo en el que ya no cabía un alma. mucho menos el dolor es causado por haberte pasado la noche pasando, una tras otra, las hojas de una novela que te haya cautivado o por haber avanzado páginas de la investigación que estás haciendo para tu tesis de maestría. curiosamente, para eso es para lo que menos cabeza tienes ahorita. no. este es un dolor diferente. ni siquiera sabes si se puede clasificar como dolor porque no es algo molesto. es más bien como una opresión en la nuca que recorre la parte de atrás de tu cabeza. como si alguien te estuviera empujando hacia abajo y no pudieras alzar la mirada. quizá ni siquiera exista un zumbido, pero a fuerza de tanto sentir esa presión ya lo das por sentado. esa mano invisible que te tiene todo el tiempo mirando hacia el suelo es la misma mano que te tiene tan apretado que te impide concentrarte en otra cosa que no sea lo que sucede allí abajo. piensas en que te la tienes que quitar, pero no estás muy seguro de tener muchas ganas de hacerlo. en vez de eso, todos los lunes en la mañana deseas que llegue el viernes, no porque odies tu trabajo, sino porque el viernes en la tarde es el momento en el que te quitas los zapatos, te sientas en el sofá y le plantas cara a la televisión apagada enfrente de ti. y así vas a estar los siguientes dos días y medio. quizá te levantes a vaciar el cenicero de vez en cuando, a tomar un vaso de agua. intentarás poner el episodio en el que te quedaste hace meses de la serie que entonces te tenía atrapado. a los 10 minutos de comenzado ya perdiste el hilo. apagas la televisión y otra vez te le quedas viendo como esperando algo. te pones de pie. pones un disco en la tornamesa y le subes al volumen. ni siquiera te percatas mucho de qué es lo que estás oyendo, con tal de apagar el zumbido que toda la semana ha estado ahí. te paras frente a la ventana y miras hacia la calle, pero no piensas en nada. cuando menos lo notas ya oscureció y el disco ha terminado, la aguja del tocadiscos ha regresado a su posición inicial. te duelen las articulaciones y el estómago porque no has comido nada en las últimas 12 horas. al menos ya te dio hambre. revisas el refrigerador pero sólo hay dos rebanadas de pan y un bote casi vacío de mayonesa. no sabes cómo reaccionar ante el hecho de que tendrías que ir al supermercado en algún momento. o bueno, sí sabes, pero te entra un poco de desesperación al saber que no lo vas a hacer porque no tienes ganas. volteas a ver los platos sucios en el fregadero y exactamente la misma sensación recorre tu cuerpo. es una especie de malestar. de enojo contigo mismo. ¿qué te pasa? antes odiabas dejar los platos acumulados. ahora también, pero no quieres hacer nada al respecto. caminas hacia tu habitación y ves la ropa sucia desparramarse del bote. lo mismo. deberías ir a la lavandería, pero te desespera encontrarte a ti mismo sin la menor gana de hacerlo. te acuestas en la cama y apagas la luz. revisas la hora en el celular. apenas son las 10 de la noche. ¿qué pasa? antes tu hora de dormir era cerca de la una de la mañana. diario. al día siguiente, sábado, abres los ojos y revisas la hora. es la una de la tarde. 15 horas de sueño. nuevo récord. te levantas y caminas hacia la sala. te sientas en el sillón y ves la televisión apagada. el zumbido no se ha ido. estos serán tus fines de semana los siguientes meses, pero no lo sabes. ni te percatas que cuando menos lo notas, ya pasaron, al menos, 8 semanas así.

continuará…

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