de dar clases.

“trick them into thinking they aren’t learning, and they do”

-prez, en the wire

este año, cuando termine el ciclo escolar 2014–2015, en julio, habré concluido mi séptimo año de dar clases. en 2008, cuando me incorporé a la fuerza laboral de este país, a los 24 años y con meses de haber terminado mi licenciatura, siempre pensé que sería algo temporal. después de todo, estudié literatura en un país en el que las humanidades y su bolsa de trabajo son inexistentes, en el mejor de los casos y la mejor opción -acaso la única viable e inmediata- para alguien con mi perfil era dar clases. más estrecho aún, puesto que las autoridades escolares en méxico consideran que para lo único que servimos los egresados de literatura inglesa es para enseñar lengua.

ya antes había estado al frente de un salón. en 2002 me tocó hacer servicio militar y de todas las opciones la menos negra era entrar al programa de alfabetización del inea y la sedena (las otras eran pintar bardas, jugar algún deporte o sembrar árboles). cada jueves y viernes por la tarde de ese año iba a una iglesia a dos cuadras de casa de mi madre a guiar adultos con la primaria y la secundaria trunca. creo que fue la primera vez que me sentí responsable por algo y me quedé un par de meses después de que terminó mi servicio para asegurarme que, de un grupo de 8, al menos 4 terminaran lo que habían empezado. pero nunca pensé que eventualmente eso se convertiría en mi sustento diario. y menos de la manera en la que ha sucedido.

cuando, en situaciones sociales, la gente me pregunta a qué me dedico y respondo: “profesor de secundaria y preparatoria”, hay dos reacciones que ya me sé de memoria. la primera es: “¿no te mueres de hambre?”. la segunda es: “debe ser un infierno tratar con adolescentes”. a continuación, intentaré responder y refutar esas dos aseveraciones.

soy muy afortunado de poder vivir de mi trabajo y que, encima, pueda y tenga tiempo de hacer otras cosas (escribir para algunos medios, asistir a conferencias internacionales, ver televisión, escuchar música). mi trabajo me da para vivir decentemente, de la manera que me gusta. así que no, no me muero de hambre. sé que no es el panorama general del educador en méxico y me parece una mentada de madre. me parece completamente idiota que haya jugadores de fútbol (y amo con todo mi corazón el fútbol) que ganen sueldos estratosféricos por cagarla a nivel internacional y dejarnos en ridículo, cuando hay gente que -por poner un ejemplo- prepara a un chavito de 12 años para una olimpiada de matemáticas, pasa días buscando que el niño haga su mejor papel, etcétera, y que cuando llega el final de la quincena tiene que comer atún porque el sueldo ya no le dio para más. sé que con esto que digo no voy a lograr nada y probablemente caiga en fatalismos trágicos y melodramáticos, pero bueno.

los adolescentes. se tiene esta terrible noción de que la adolescencia es la peor etapa en la vida de un ser humano. tan terrible es que se tiende a deshumanizar al adolescente y volverlo una criatura terrorífica, sin alma y sin nada adentro. cuando me preguntan: “¿cómo haces para no volverte loco cuando lidias con ellos?”. la respuesta es sencilla: “los trato como humanos porque eso es lo que son”. no, tampoco soy de la clase de profesores que se desviven por sus alumnos, que los consienten y escuchan sus problemas atentamente intentando salvarlos de cualquiera que sea el infierno que estén viviendo (eso sí, no lo podemos negar, la adolescencia puede ser un infierno para uno mismo). pero tampoco los ignoro o les doy por su lado. mi intención es siempre llegarles por el lado de sus intereses. dar una clase de inglés, en un país como méxico, puede ser una labor complicada y titánica. hay una reticencia y un rechazo a la lengua inherente con el que es absurdo luchar. simplemente, lo que yo hago es darles la clase de inglés que a mí me hubiera gustado tomar, ya fuera en la secundaria o la carrera: música pop en estados unidos desde 1930 hasta 1980; narrativa gráfica; romanticismo inglés del siglo xix; narrativa norteamericana en cine y literatura; ciencia ficción de los sesentas a la fecha; shakespeare en el cine. no evangelizo (que siempre es bien difícil no cruzar esa línea cuando se enseña), no predico, ni elevo a ninguno de los sujetos de los que hablo (shakespeare, byron, carver, pynchon, alan moore) a niveles de dioses. siempre intento mantener todo en un nivel terrenal: desde lo que estoy enseñando hasta mi trato con mis estudiantes. sí, no voy a decir que todo es miel sobre hojuelas y que siempre me ha salido a la perfección. cada grupo tiene una personalidad y el truco es encontrar la combinación para poder entablar un diálogo con ellos. porque lo que importa y lo que se olvida siempre que se da una clase es el diálogo. no quiero decir que está mal que el profesor tome el micrófono y ya no lo suelte. el diálogo se entabla desde que un alumno entrega un ensayo en el que al profesor le quede claro que no le estuvo hablando a un mueble, hasta el chavito que llega al final de la prepa y te dice: “tuviste mucho que ver con la decisión que tomé al escoger literatura para estudiar”. ahí hay una satisfacción que, creo, muy pocos trabajos pueden otorgar y por lo que cada mañana, desde hace 7 años, nunca he despertado mentando madres al ir a trabajar.

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