Maldita memoria.
Como si lo no supiera de antemano cuando las palabras sobran se retoman las manías y las causas, los trastornos. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Dónde se descarrilló esto? ¿Cuál fue el punto de quiebre? Mamá decía con sólida convicción que yo no era igual al menor y al mayor, que fuera más como el próximo y menos como el pasado, que mis rencores eran verdaderos, que mis ojos oscuros guardaban con fuerza los recuerdos que más me dolieron, que me dolían y que me duelen, que los empaqueto con tanto ímpetu que para sacarlos se requería poder quirúrgico. Mamá no te ofrece las matemáticas, no te ofrece las ciencias ni las estructuras, mamá comparecía en el tiempo con su sutileza y te decía dos o tres cosas que te marcaban el día, con eso la vida.
Viví siempre pensando que la felicidad era alimentada por lo que los demás hacían por mí y yo hacía con ellos, pero recién me entero que es una propiedad intrínseca, la felicidad no es como me sentía con ellos y con aquellos, con ella y su presencia. La compostura me falla, no sé a qué pertenezco cuando me siento rodeado de muchos, ya ser feliz no corresponde a tratarme con los demás, más bien vuelve a ser llegar a casa y enfrentar soledad, donde se tiene todo, se tienen las adicciones y las maneras de representar verdaderos sentimientos, como ahora que me siento y escribo, como ayer cuando me tomé la cabeza y quise estar muerto, entendiendo de lleno a quienes se apagaron de este cuento para no estorbar a quienes les estorbaban.
Produzco inestabilidades a quienes no sufrían de ellas, produzco angustias a quienes no la conocían, la parte más difícil de ser tan auto analítico es saber qué es real cuando pienso que soy yo el que los produce, los que tengo cerca y desbordaban felicidad ahora tienen ojos grises, decepcionados. Mamá tenía razón y la sigue teniendo, que mi maldita memoria me iba a dañar, lo que no sabe mamá, y había anticipado, es que ya lo ha hecho, su sabiduría toma todos los impulsos posibles y me desprende de mis creencias.
Para la alimentación de nuestras falsas identidades, las que por supuesto creemos reales, invocamos al prejuicio del prójimo y con eso basta para hacernos sentir bien. Lo que nadie te enseña en la vida es poder ver hacia adentro, ver que no es así en realidad, ciertamente las atribuciones propias dañan pero las de los demás corroen más, recuerdo a Facundo aconsejándonos que al caballo se le hacen caricias para montarlo, dejar ser propiedad de alguien no es adecuado, no hay que dejarse domar y mucho menos dejarse el alma para lograr aceptaciones de aquellos a quienes nunca pudimos lograr aceptarnos, mi menudo error, el común, el de todos los días, el que a mi edad sigo recurriendo.
Tomen su posición y procedan.