Elogio de la vejez y la gratuidad.

Hace mas de 5 años, mi madre tuvo un diagnóstico preciso de su enfermedad: Alzheimer. A partir de ese momento toda la familia se fué sumergiendo en una dimensión nueva de la vida humana.

Acostumbro ir a visitar a mamá cada mañana de sábado al hogar donde está internada.

Ahí transcurre su vida, placida, tranquila, igual día a día. Camina incansable ida y vuelta por un extenso pasillo de paredes claras, con cuadros multicolores. Es sumamente angustiante pensar en ello cuando estamos fuera de ese ambiente. Pero cuando estoy ahí, viendola ir y venir, tranquila, con la mirada perdida y esa expresión lejana y vacía, se nos borra la claustrofobia, y se intuye su conciencia vagando por lejanos mundos.

Pero vemos que el alzheimer le ha borrado casi todos los recuerdos, cercanos y lejanos.

Ya no le vienen a su mente imagenes asociadas al ver un rostro u oir una palabra. Pareciera que ya no hay imagenes propioas en su cerebro.

Se le han borrado las categorias, las palabras, los nombres, los parentescos, los porques y los para ques.

La enfermedad le ha borrado también gran parte del raciocinio, pero no pudo con sus sentimientos.

Sabe que ama, y ama a los que siempre amó. Ama con dulzura, sin pasado y sin futuro. Reconoce los afectos en el amor. Un amor sin ideas, sin conceptos, absoluto.

Cuando me ve llegar, espera a que le diga algo. Entonces me acerco y le digo: Mamá! No tiene significado especial esa palabra para ella, pero si mi gesto, mi sonrisa, mi mirada directa a sus ojos. Yo necesito decir esa palabra para comunicarme mejor, pero ella no!

Luego me sonríe, me acaricia la cara con su mano liviana y suave. Me besa, besa mis manos. A veces me dice lindo.

Mi madre, una gran conversadora solo conserva 5 o 6 palabras de todo su lenguaje florido:

Hola

Que rico

Lindo

Mira vos

No

Si.

No muchas mas que esas pocas palabras.

¿Vamos a tomar un cafe con leche, mamá?

Si, si. Me dice enfáticamente mirandome con alegría a los ojos.

Y ahí partimos, caminando muy lento por la calle hacia el bar. Ya no mirá los arboles, ni el cielo. Pero se admira con los pajaros, le teme a los perros, y sobretodo se conmuevo con los bebes. Establece con ellos una relación especial y horizontal. Los bebes y los niños pequeños la adoran.

A veces la miro desde otro lugar y entonces me invade la tristeza, la desazon. Sin darme cuenta me focalizo en todo lo que ya no puede hacer: extraño sus ñoquis, las reuniones en su departamento, y esa forma incondicional que tenía de estar siempre a favor de mi postura en lo que sea.

Entonces me deprimo un poco.

Pero otras veces, llego a vislumbrar una forma de permanecer, de vivir, que expresa toda otra dimensión de nuestra humanidad.

¿Que es lo que le hace sonreir, acariciar, estar contenta?

¿Que es la vida que hay en su interior, que ya no encuentra un lenguaje hablado, ni siquiera gestual? Pero que aun así igual establece vínculos con su alrededor, con el otro.

Mi mamá tiene un nuevo tipo de confianza, va tranquila aunque es uno de los seres mas indefensos que he visto.

No hay nada en su presente ni en su futuro, que permita vislumbrar un sentido práctico y positivo.

Y sin embargo su función en mi vida y en la vida de otros es única, necesaria, vital. Esa sonrisa que dice te amo mas allá de las limitaciones de este presente.

Esa caricia que proviene de una voluntad que está mas allá que la orden mental convencional. Que es sincera y transparente por definición.

Toda ella es una lección ontologíca invalorable, distinta.

Ahora ya tiene silencio, silencio profundo, silencio absoluto. Ese silencio que la conecta con lo mas profundo de si misma, que esta mas allá del pensamiento, del lenguaje, del proyectarse. Un silencio que la deja desnuda aqui y ahora con los mas profundo y misterioso de nuestra interioridad trascendente. Casi no hay mente, hay un espiritu que aflora.

Así estan en ese hogar, y en miles de hogares. Millones de viejitos enfermos, sin futuro pero con presente.

Testimonios vivos de que la vida es valiosa en toda etapa.

Y cuando ellos son amados, cuidados, alimentados, son un alegato favorable frente a Dios de que esta sociedad aun cuida de la vida mas allá de las lógicas pragmáticas inhumanas.

Ahí están, mis amados viejitos, sin poder hilvanar una frase, sin poder hacer trabajo alguno, pero con una misión sublime, ser testigos del amor.

Adrián Jorge Cura. Villa Adelina, El jueves santo del año 2016 dc.

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