Presente

Cuando lo cotidiano se vuelve trascendental, los sentidos se regocijan extasiados.

Estaba ocupado — como muchas veces lo he estado — haciendo algo, probablemente un trabajo de la universidad o alguna otra cosa. En realidad no es relevante qué estaba haciendo exactamente, solo importa que tenía la mente ocupada y que ya estaba bastante cansado. Creí oportuno ir a lavarme la cara y tal vez después tomar un poco de agua para tratar de despertarme. Me levanté, caminé hacia el baño con la calma con la que había caminado incontables veces en el pasado. Empecé a experimentar sensaciones que nunca había experimentado o que, si había sentido alguna vez, ya no las recordaba.

Con cada paso que daba sentía la fuerza que ejercía el suelo contra mis Crocs y estas contra la planta de mi pie, y las ligeras vibraciones que sentía en las piernas, producto del movimiento. Podía sentir en mi cara y en mis brazos el aire húmedo que iba rompiendo a medida que avanzaba, causándome escalofríos desde mi espalda hasta mis manos. Era tarde, probablemente pasada la medianoche y todo estaba en silencio. Caminaba. En la casa no se escuchaba nada más que mis cautelosos pasos — cautelosos por el afán de no despertar a nadie, pues solo yo permanecía despierto — que hacían crujir las partículas de polvo en el piso duro y frío. El sonido de cada paso irrumpía suavemente en el silencio de la noche y producía una reverberación por unos instantes, antes de ser opacado por el sonido del siguiente paso. Hice un ligero movimiento en las manos y el roce de las yemas de mis dedos deslizándose sobre el pulgar produjo un sonido casi imperceptible pero más claro que cualquier otro sonido que jamás hubiera escuchado. Todo esto lo sentía y lo pensaba camino al baño, destino que parecía cada vez más lejano. Pero no me importaba la aparente lejanía. Caminaba con paciencia, absorto en esas sensaciones extrañas y fascinantes, sabiendo que con seguridad iba a llegar en el futuro cercano. En medio del festival que experimentaban mis sentidos, solo me importaba ese preciso momento; efímero momento que instantáneamente se desvanecía para dar paso a otro momento de igual importancia que el anterior. Seguí caminando.

Finalmente logré llegar al baño. Extendí el brazo para tomar con suavidad la manija y el frío del metal penetró hasta los huesos de mi mano. La giré y empujé la puerta, escuchando el agudo rechinar de las bisagras. Entré al minúsculo baño, encendí la luz provocando un chasquido explosivo, con lo cual los colores aparecieron ante mí con todo su esplendor. Me paré frente al lavatorio, levanté la mirada y me vi en el espejo. Me vi diferente, ajeno, como si fuera el reflejo de otra persona el que estaba viendo. Pero aún así sabía que era yo, la óptica cambió pero me seguía reconociendo. Giré la llave metálica y ligeramente oxidada, abriendo paso al caudal generoso de agua fría y cristalina. Junté mis manos debajo del chorro, me incliné hacia adelante y me llevé a la cara el agua recogida. Frotando suavemente, humedecí abundantemente toda mi cara y orejas. Cerré la llave y me erguí para verme en el espejo nuevamente. Me seguía pareciendo ajeno el reflejo que percibía pero me sentía inmensamente presente en ese lugar y momento precisos. Fue como si en ese instante mi simple presencia en ese lugar, por insignificante que fuera, tuviera sentido por sí misma y no importara nada más que estar ahí.

Y ciertamente ahí estaba, viendo como las gotas de agua recorrían rápidamente mi nariz y mejillas hasta precipitarse irremediablemente a la pila. Estaba presenciando la revelación: encontrarme a mí mismo. Nunca había experimentado tal estado de consciencia de mi existencia y de mi presencia física, de mi materialidad. Impresionado por la epifanía, y preguntándome por qué hasta ese momento de mi vida sentía tal cosa, me miraba las manos mientras me secaba con el paño, sintiendo en mi piel el cosquilleo de la tela suave que iba removiendo la humedad lentamente. Luego me sequé la cara y me miré una vez más en el espejo. Era un nuevo yo, como si el agua hubiera cumplido una función más de bautizo que de reanimación. Me sentía verdaderamente extasiado. Me miré por unos segundos, sonriéndole tímidamente al espejo y luego apagué la luz.

Emprendí lentamente el regreso a mi cuarto, que fue mucho más corto que la travesía al baño. De camino, poco a poco iba descendiendo del delirio hasta llegar nuevamente al mundo de siempre, en el que estaba pendiente únicamente de estímulos externos a mí y en el cual mis pensamientos estaban dirigidos hacia el futuro o el pasado, pero ya no estaban en el presente. Y fue así como regresé al monótono estado en el que los momentos pasan desapercibidos y no tienen importancia por sí mismos. Fue así como regresé a la cotidianidad.