I. Descubrimiento en el lugar de los libros

La culpa la tuvo la Gramática. Tercos, los sintagmas del próximo artículo se le escurrían entre los trazos de la pluma; le ponían zancadillas. ¿A quién se le ocurre escribir la nota periodística de la semana, sin computadora, en una biblioteca?
Para ella la biblioteca era un refugio. Solitaria, calurosa y luminosa -suficientemente cerca del periódico-; le permitía aislarse de la competencia, las puñaladas traperas y las bajas pasiones de una redacción de noticias. Y hacer su trabajo. Aunque luego tuviera que transcribirlo a la computadora.
Pero aquella tarde una inquietud poco habitual le hacía guiños, como un fantasmita burlón, y le escondía las palabras. Por centésima vez levantó la vista de la agenda y allí estaba el hombre. Alto, corpulento, con una barba negra medio nevada. Y los ojos muy claros, inteligentes, perspicaces… primitivamente brutales. Hablaba con la referencista. ¡Quien fuera la referencista! Pero el tiempo se acababa. Tenía que llegar al periódico, para colmo, sin la nota del día.
¿Quién sería el tipo?, se preguntaba la muchacha mientras caminaba a paso vivo por el fondo del Ministerio de Defensa. ¿Será un habitual de la biblioteca?, rumiaba para sus adentros cuando pasaba frente al edificio del periódico oficial. ¿Podré volver a verlo?, aventuraba ya en el momento de traspasar la puerta de su semanario.
El reporte de la semana se entregó con una hora y media de retraso. Trataba acerca de una nueva serie televisiva que tenía revuelto al gremio de los pedagogos. El domingo siguiente, cuando lo leía ya en letras de imprenta, una barba y unos ojos claros la miraban desde el fondo del tabloide…
