La lucha vital de la Esquerra de l’Eixample
Adriana Delgado.- Después de la tormenta, siempre llega la calma. O eso dicen. La Esquerra de l’Eixample parece llevar en lucha desde su nacimiento en la Revolución Industrial. Es un barrio que parecía destinado a la calma: ‘’Eixample’’ que en castellano significa ‘‘Ensanche’’ se popularizó más que nunca como salida de emergencia ante el estrangulamiento que vivía la Barcelona amurallada. Con unos fines evolutivos y sanitarios, la Esquerra, más entendido como la Izquierda del distrito del Ensanche es hoy más cara, contaminada y ruidosa. Pero puede ser solo cuestión de tiempo.
Bajo la ‘‘prostitución’’ de la idea inicial de Cerdá, como lo califica el arquitecto José Luis Niño, reside un barrio joven, de no más de 150 años, y luchador con una clase media superviviente ante el fenómeno de la especulación, así como envejecido por la imposibilidad de la independencia juvenil. En un aparente desafío constante por la cronificación de las revolucionarias cuadriculas, la Esquerra ha visto crecer su densidad poblacional que, aun estando masificada, se oculta entre los edificios de ocho a nueve plantas con áticos y sobreáticos. ‘‘Es el urbanismo del futuro’’, afirma Niño rotundamente. Un urbanismo capaz de acoger tanto a humildes como a pudientes residentes de Sagrada Familia.
Sus anchas calles de veinte metros muestran un aparente oasis de tranquilidad donde los vecinos conviven y socializan en las tiendas, bares y terrazas de las plantas bajas, mientras soportan el sonido de las bocinas y la ira de los conductores ansiosos. La ubicación céntrica de la Esquerra la transforma en una especie de gasolinera de carretera donde muchos conductores dejan huella sin necesidad de salir de sus vehículos privados. Junto con el tumulto, se añora los gritos de los niños jugando a la pelota. Los patios interiores de los edificios, en ocasiones destinados a industrias, ocultan el desnudo jovial del barrio que se une con la sobreabundancia de aceras y la escasez de jardines, parques y espacios públicos como el de Joan Miró, equivalente a cuatro manzanas de l’Eixample.

Sus interjecciones entre las artificiales manzanas cerradas resultan dar una bocanada de aire fresco, al igual que una sensación de vuelta a empezar constante, llegando a simular el clásico Caballo en movimiento de Eadweard Muybridge. Todo encamina a un sentimiento reivindicativo del barrio que, según Alicia Puig, consellera del Govern en la Esquerra, ‘‘está floreciendo’’ más que nunca. El ruido, la contaminación del aire y la subida generalizada del precio de los pisos se anteponen sobre uno de los mayores problemas que afecta a Barcelona: la masificación turística. Su escasez modernista lo concibe como el barrio menos visitado de la Eixample. Tan solo sus fachadas cromáticas con contrastes de colores y texturas lisas y serigrafiadas aportan vida y armonía a las calles. La Casa Fajol y su gran mariposa es de las pocas pinceladas presentes de un movimiento artístico que reside principalmente en el Champs Élysees de Barcelona: Passeig de Gràcia. Lugar por excelencia de obras modernistas del incalificable Gaudi como la casa Batlló o la Pedrera fotografiadas por turistas y transeúntes que visten desde outfits casuales hasta camisas de tonos pastel con pantalones chinos de Dior.
Una idílica zona para los visitantes que sueñan con probar la famosa paella en restaurantes para turistas, disfrutar de un brunch en terrazas exclusivas estilo griegas de Rambla Catalunya y que trasiegan constantemente maletas de arriba abajo, perdidos por completo en la verdadera realidad barcelonesa. ‘‘Ahora los vecinos no se conforman con poco, son más luchadores’’, declara Sylviane Dahan, presidenta de la Asociación de Vecinos y Vecinas de la Esquerra. El notable asociacionismo ha sido visible ya no solo con el creciente número de entidades, sino que la gente ‘‘tiene más voluntad de hacer cosas’’, tal y como explica Alicia Puig. El impulso de la llamada ‘‘Eixample Respira’’ puso de manifiesto al distrito como el más contaminante de Barcelona, la creación del huerto urbano de ‘‘Germanetes’’ concienció aún más del medio ambiente y el nacimiento de la asociación juvenil ‘‘Queix’’ ha creado un verdadero centro neurálgico a nivel juvenil. La primera celebración de las fiestas mayores de primavera, a parte de las de otoño, también han marcado cómo ancianos y familias están dispuestos a echar un pulso a favor de una mejor calidad de vida.
El barrio ha sido testigo de cómo las vírgenes terrazas pasaban a ser decoradas con esteladas, superpuestas por la bandera del arcoíris en la característica zona de la Gayxample. También han sido testigos de la llegada de los nuevos vehículos particulares como las bicicletas y los monopatines, y su ‘‘anarquía total’’, según José Luis Niño, donde el peatón lucha por no ser atropellado en esas aceras de siete metros. Ahora, quieren ser testigos de más. Los mayores retos, según Alicia Puig, residen en la creación de dos supermanzanas, y la deseosa y esperada reestructuración de la cárcel de la Modelo que será convertida en equipamientos y pisos públicos. Un proyecto aprobado que durará entre cuatro y cinco años y que aún recoge las peticiones y quejas desesperadas de vecinos como Bruno Sellés. ‘‘Hasta 2024 nada. Los políticos solo saben hacerse la foto y alargarlo’’.
Hoy Esquerra de l’Eixample reluce una lucha vital e ímpetu medioambiental imparable. El barrio sonríe con esperanzas de transformar la primorosamente delineada ciudad por Cerdá que en sus inicios parecía ser una simple ciudad eterna.
