Sabor agridulce e independentismo
Viernes, 18 de octubre. Tarragona, Tàrrega, Berga, Vic y Girona. Les Marxes per la llibertad llegan poco a poco a Barcelona tras tres días de caminata.
El Tribunal Supremo publicó este mismo lunes el detonante de un tsunami de indignación, la sentencia del Procés. Son casi las cinco de la tarde y ya resulta ilógico coger el autobús. La gente va a pie a Passeig de Gràcia, una las calles más cotizadas de España. Seguramente, lo más parecido al Champs Élysées de Paris. “A mi només em fa callar la mama”, “No hi haurà prous per tants”, son algunos de los carteles que se pueden leer y que se entremezclan entre esteladas y camisetas de “Llibertad Presos Politics”. Los manifestantes gritan “Catalunya antifeixista” o “els carrers seran sempre nostres” e indignados vocean “prensa española manipuladora”. La línea independentista, aún magnificada, pasa a un segundo plano y las movilizaciones se convierten en un signo identitario en contra de la clase política, el cuerpo de policías y el sistema judicial español.

Al anochecer, se escuchan revueltas en vía Laietana donde un manifestante ha sido detenido esta misma mañana. Tsunami Democràtic da detalles de las concentraciones y de a dónde ir. Centenares de personas se reúnen en la calle Pau Claris donde las primeras barricadas de fuego dividen a civiles y policía. Los más preparados llevan cascos, gafas, bragas de cuello e incluso, pasamontañas para presenciar una verdadera batalla campal. Un grupo de anónimos radicales transportan contenedores para quemarlos, mientras que otros rompen parte de la piedra de las aceras para lanzarlo. La crispación aumenta cuando la policía actúa. Un chico cae al suelo de forma repentina por una pelota de goma y son muchos los que gritan ayuda a los voluntarios de “Sanitaris per la República”. “Te lo voy a vendar pero tienes que ir luego al hospital”, le explica la sanitaria. Mientras, el cuerpo de policía lanza gases lacrimógenos para disuadir la masa de manifestantes quienes dan pasos atrás despavoridos. Respirar es cada vez más complicado y la poca visibilidad causa un mayor nerviosismo entre las primeras filas de las multitud que retoman las posiciones bajo lo gritos del resto: “¡Calma, calma!”.
Son solo las diez de la noche. Por primera vez desde 1994, la Policía Nacional y los Mossos hacen uso de un camión con cañón de agua para dispersar a los manifestantes de plaza Urquinaona. La gente corre espantada entre las calles simétricas de l’Eixample y los bares cierran sus terrazas y establecimientos ante posibles daños. Los enfrentamientos son aún mayores entre los manifestantes y la policía quienes presencian episodios de violencia y multitud de detenciones como el del fotoperiodista, Alberto García. Mientras algunos manifestantes crean barricadas improvisadas con macetas de piedras decorativas, otros deciden buscar un ambiente más apaciguador entre las pequeñas y grandes calles. El gentío que hace ocho horas ocupaba Passeig de Gràcia se transformaba ahora en un recorrido guiado por la policía hacia Diagonal. Un clima controlado por los agentes que disuaden de forma completa apretando el acelerador de los furgones detrás de los manifestantes que corren despavoridos.
No estoy acostumbrada a escribir en primera persona. Quizás sea porque los periodistas no somos las estrellas del momento. Y los buenos tampoco pretenden serlo. Más que nada porque la ética periodística se aleja bastante del paseo de la fama. Sin embargo, diré, sutilmente, que hoy tan solo he sido una testigo más. No hace falta ser catalana ni independentista para darse cuenta de la brecha social protagonizada por unionistas y secesionistas. Unamuno ya decía que ‘’los nacionalismos se curan viajando’’. Otros muchos no lo creen así. Y aunque esto podría dar para otro largo artículo, diré que el patriotismo ciega a las mente pensantes de un populismo de hierro imposible de derruir. Después de este espeluznante 18 de octubre, he sentido miedo, adrenalina, también incluso una añoranza que me ha transportado a ese icónico deseo de lucha juvenil y que a día de hoy mantengo, pero de otro modo.
Jamás he vivido un guerra, por suerte. Pero diría que esto es lo más cerca que he podido estar de una.
