Cabrera de los Nahuales

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En este valle rodeado de agua siempre hemos producido plantas y flores vivas; no de esas de corte que se mueren en los floreros sino de esas que sacas de la tierra y sientes vivir en tus manos: hace quinientos años se las pagábamos a Moctezuma como tributo y se iban, a lomo de indio, los trescientos kilómetros que nos alejan de la capital a adornar los jardines imperiales, hoy las exportamos a Europa y Asia en cajitas climatizadas y envueltas en nubes de poliestireno, se riegan por goteo y todavía se usan para los jardines imperiales, aunque el imperio ya no sea el de Moctezuma.

En ese entonces éramos siete familias las productoras de todo lo que se veía entre “El Cerril” y “El Cayotl”, los cerros que flanquean los manantiales de aguas heladas que nos surten todo el año; éramos pocos y nos entendíamos bien.

Además de flores mi familia producía plantas medicinales, los vecinos más cercanos producían frutales y los de la siguiente esquina se encargaban de las palmas y las plantas del desierto. Cuando los españoles llegaron obligaron a mi familia y a los demás a sembrar lo que ellos querían, los abuelos se negaron y protegidos por los cerros siguieron sembrando esas plantas que los españoles querían desaparecer aunque luego los desaparecieran a ellos; de ésta historia que me contaba mi bisabuela en medio de las brumas de sus recuerdos paganos de niña, lo único que nos quedó fue el nombre de la colonia: “Cabrera de los Nahuales” y el miedo ancestral a los cerros de noche.

Hortensia era mi bisabuela indígena, creyente más de Quetzalcoatl que del Espíritu Santo y la historia me la contaba desde que tengo memoria para explicarme que las bolas de fuego que se ven sobrevolado “El Cerril” son “…una por cada anciano que desapareció en el cerro protegiendo el secreto de su producción milenaria, a los Nahuales no puedes matarlos y si alguna vez te pierdes pídeles ayuda, la sangre llama y el te protegerá…”. Uno de esos ancianos era su abuelo y por eso en las noches, anciana y estando casi moribunda salía a rezar en su lengua materna que dejó de ser la mía, a las bolas de fuego que aterrorizaban el pueblo.

Mi abuelo Remigio, índigena y dueño de tierras, se casó por todas las leyes y contraviniendo a su madre con un buen partido: una criollita de buena familia caída en desgracia de quien estaba locamente enamorado: Carmen, que le diera tres hijos y una hija; mi madre.

Mi abuela Hortensia y mi abuela Carmen se odiaban con un temor reverencial y respetuoso: Hortensia decía de Carmen que había venido a traer la tragedia a esta tierra fértil con su dios muerto y crucificado y sus curas borrachos de poder y vino pero se santiguaba cuando pasaba frente a una iglesia. Carmen decía de Hortensia que tenía sumida a la familia en las tinieblas del maligno y su hechicería pagana, pero aceptaba de buen modo los colirios y pomadas que la hechicería de Hortensia prodigaba a la familia. Vivían bajo el mismo techo: la casa de mi abuela Hortensia y aunque no se hablaban habían encontrado el modo de adorar a mi abuelo cada una a su modo y sin molestarse.

Hortensia le hablaba en su lengua materna a mi abuelo, a sus plantas, a sus cuatro nietos y a nosotros, los ocho bisnietos aunque era capaz de hablar y entender un español perfecto que usaba con mucha soltura cuando salíamos al centro del pueblo; Carmen le hablaba en español a mi abuelo y en francés a sus hijos, a sus plantas y a sus mismos ocho nietos de modo que en esa casa cuando te mandaban por una maceta de albahaca había que preguntar: <<¿De la nahua o de la francesa?>> y había que preguntarlo en diferente idioma según a quien le dijeras.

Mi abuela Carmen criada en la más ortodoxa tradición católica apostólica y romana tenía una explicación diferente para las bolas de fuego de “El Cerril” y aunque la mencionaba poco, en voz baja y lejos de niños que pudiéramos escucharla era una explicación muy socorrida en el pueblo “…son brujas, mujeres que le vendieron el alma al maligno a cambio de un favor, se quitan la piernas para convertirse en fuego y huelen a los niños recién nacidos para chupárselos, el único modo de conjurarlas es poner vasos de agua frente a las puertas y cubrir la cabecera del bebé con tijeras en forma de la santísima cruz sobre espejos que el obispo haya bendecido, se juntan en el cerro para hacer sus rituales y luego vuelan juntas buscando bebés. Cerca de la casa de mis padres en Valencia cuatro niños murieron en una noche, se ponen morados, se mueren…” y hacia la señal de la cruz sobre su pecho, sobre su frente y sobre sus hombros para luego santiguarse y rezar un padre nuestro. Mi abuela Hortensia que había aprendido el francés a fuerza de escucharlo por años se reía bajito de las supersticiones de su nuera criollita mientras me guiñaba un ojo y me susurraba “la sangre llama” en el oído.

Quizá porque mi madre se decantaba por la tradición cristiana de mi abuela Carmen, su crianza llena de miedos y sus ritos llenos de culpa fue que yo siempre preferí a mi abuela Hortensia y sus explicaciones simples y llenas de magia, sus dioses benévolos, voluptuosos y coloridos me eran más simpáticos que el sangriento crucificado al que mi abuela Carmen quería que me durmiera viendo y que le agradeciera el pan.

Por las noches me escabullía de mi cama por una ventana hasta las escaleritas donde mi abuela Hortensia rezaba su advocación a la tierra, a la fertilidad y a los seres que de todo son dueños para encontrar en ella y sus palabras la paz y la complicidad que en los ojos de los ángeles no veía.

Tal vez por eso la noche que remojaba yo la concha en mi taza de café frío en el comedor grande hace veintitrés años y escuchamos el ruido sordo y contundente de algo pesado que caía en el patio rompiendo ramas de un níspero, un guayabo y un aguacate en medio de un inusual resplandor para las once cuarenta y cinco de la noche que eran, en lugar de asustarme, pensé en mi abuela Hortensia que cenaba en su cama y pensé en su abuelo. Mi padre antropólogo tomó una linterna y mi abuelo indígena su machete, salieron a ver los terrenos del patio por la puerta grande, la de atrás; mientras mi abuela Carmen, lívida de miedo y entonando a voz en cuello las oraciones de exorcismo latino que recordaba tomó su rebozo negro, su biblia y corría por la puerta del frente a avisar a la vecina con bebé nuevo que en el patio acababa de caer una bruja. Me trague el bocado de concha y asomé la cara por la ventana lo suficiente para ver el resplandor lejano de una figura humana acunclillada que me produjo el escalofrío en el cuerpo de una verdad revelada, corrí al cuarto de mi abuela Hortensia y la encontré sonriente en la cama: “…siempre acuérdate que la sangre llama.”

Mi abuela Hortensia murió esa noche.

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