Como siempre…
Estaba en blanco y esa era una sensación nueva para mi, se lo veía en el gesto, en las manos, en los modos; ella, que se había ganado entre la gente la reputación proverbial de anticipar los hechos con sus palabras, ella a quien nunca se le agotaba la opinión, estaba así, en blanco.
Sentí su mirada desde que entró seguida del inconfundible escalofrío de la realidad que siempre supo provocarme en la espalda con su presencia, cuando me encontró los ojos nos quedamos mirando, fue un rato largo y silenciosos pero libre de las incomodidades de los supuestos.
Caminó hacia mí navegando en el blanco del azoro que se traslucía en sus ojos, yo estupefacto de mirarla ahí, otra vez, a temporal, como siempre… y no, porque estaba embarazada de gemelos y yo quince años más viejo pero veinte más taciturno.
No hubo modo de evitarlo, la costumbre nos arrastró.
Me puse en pie nada más sentirla llegar y nos abrazamos porque fue muy obvio que nos conocíamos de siempre, pese a los kilos de ella, pese a mis canas; al abrazarnos sentí contra mi abdomen esas vidas que se retorcían en su interior y el aroma de su cabello me saturó los recuerdos, exactamente igual a hacía 15 años; hay hábitos a los que cuesta renunciar y yo le puse una mano en la nuca, no lo pensé, mi mano se movió al lugar donde sabía que debía estar, lo hice por años y al tocarla se me había convertido en reflejo, estoy seguro de que a su marido le gustó tan poco como a mi mujer.
Nos separamos y ella hizo las presentaciones:
-Reneé, el es Alberto, Alberto, el es Reneé, mi marido.
-¡Tanto gusto! Ella es Claudia, mi esposa.
-¡Un placer! Por favor, disculpen a Reneé que hable poco, su español aún es muy rudimentario, hace poco menos de dos meses regresamos de Finlandia.
-Pero en inglés seguro que nos entendemos, ¿no? -le dijo Claudia en un tono demasiado acre para intentar ser sutil.
-Claro, su inglés es impecable. -respondió Sandra con su más enternecedora sonrisa… y yo le conocía ese gesto, esa actitud de fría condescendencia contra la que uno se quedaba indefenso y colmado con la plenitud de la incertidumbre de la miel en una trampa para moscas.
Ella ya era así cuando yo la conocí y henos aquí, impermeables al escarmiento, otra vez en una escena imposible: ella y yo.
Hacia 15 años había sido igual.
Sandra estaba en un bar y bebía contenta acompañada de un hombre a quien yo no conocía cuando entré acompañado de una rubia muy tonta con la que algunos amigos y yo solíamos acostarnos. Cuando entré al bar no noté sus manos crispadas y su leve palidez, eso me lo dijo después el hombre con el que ella estaba entonces y que se convirtió en mi amigo, al girarme buscando un mesero me topé con sus grandes ojos que saludaban sonrientes y alborozados: sentí como el mundo se destruía bajo mis pies.
Ellos se levantaron de su mesa y fueron a sentarse a la nuestra, yo sonreí ante lo inevitable, ella saludó y presentó con una vivacidad poco frecuente en sus gestos y bebimos y bailamos varias horas entre todos. Nos reímos mucho, Sandra es una espectacular conversadora.
Sonaban las 4 de la mañana cuando ella se levantó para despedirse y al besar a mi rubia acompañante se lo susurró al oído:
-Ahí te encargo a mi marido, tiene una fea costumbre que nunca le pude quitar: le gusta hacer tontas a las mujeres. -La rubia cambió de color y el bonito colorete del calor etílico se le borró de las mejillas súbitamente mientras me miraba horrorizada, no sabía que era casado.- Perdón, creí que lo sabías.
Su acompañante sí sabía que era casada y se prestó divertido al evento desde que se sentaron en nuestra mesa, también de eso me enteré después, cuando Víctor me lo contó entre alcoholes.
Ellos se fueron y de mí, ella no se despidió.
Pasaron 3 cachetadas, cuatro horas de llanto y varios arranques de gritos antes de que yo pudiera llegar a mi casa en la que me encontré la paz de una nota escrita en tinta morada:
“Ahora si terminamos, ¿no?
Te dejo el número de Víctor, sé que pueden ser grandes amigos.
El de Graciela no lo quiero, las rubias no fueron nunca lo mío.”
Graciela nunca quiso volver a saber de mi, Víctor y yo hasta la fecha somos amigos: el tenía meses siendo su amante y cuando me dejó la perdimos los dos, me perdonó y lo perdoné, de Sandra no supimos más.
La sentencia de divorcio me llegó 3 meses después sin yo haber firmado ningún papel.
Y ahora estamos aquí, 15 años después, sentados en una mesa de bar, ella con un hombre al que no conozco y yo con otra rubia, igual de casados, pero al menos yo… mucho menos valiente.
