La técnica de El nombre de la Rosa, o Eco y sus florilegia

Esto es un globo de prueba sobre el aspecto técnico de la escritura de El nombre de la rosa, un tema que algún día tal vez publique como artículo, por si alguien quiere leerlo. Solo quiero mencionar brevemente una forma de trabajar de Eco que encuentro fascinante, no precisamente porque Eco sea original al usarla.

Eco, como cualquier hijo de vecino, utiliza mucho más la literatura secundaria que las fuentes originales. Por ejemplo, todas las famosas discusiones sobre la risa están basadas en el Excursus IV de Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter, libro híper famoso de Ernst Curtius publicado en 1948 y traducido al inglés, español, francés, italiano y vaya a saber qué más, un libro muy influyente que puso el acento sobre la importancia de las convenciones y los tópicos en la literatura medieval. Uno de los tópicos analizados por Curtius es justamente el de la burla, la risa, etc.

Así por ejemplo cuando Guillermo dice:

Quintiliano dice que la risa debe reprimirse en el caso del panegírico, por dignidad, pero que en muchas otras circunstancias hay que estimularla. Tácito alaba la ironía de Calpurnio Pisón. Plinio el Joven escribió: “Aliquando praeterea rideo, jocor, ludo, homo sum”.

En el libro de Curtius leemos:

En la vida diaria, dice Quintiliano (“in conuictibus et cottidiano sermone”), se permiten lasciva humilibus, hilaria omnibus; el vir bonus, claro está, no debe atentar contra su dignidad. Como la gravedad es un tópico panegírico, suele suceder que, al hablar de ella, se alabe a un hombre por su capacidad de reprimir la risa. También las ideas de Plinio el Joven a este propósito llegaron a tener gran importancia en la Edad Media; aconseja al orador que, para descansar, escriba de vez en cuando poemas breves e ingeniosos (…) y aduce enseguida una serie de exempla maiorum (v, III, 5) a fin de justificarse:

facio nonnumquam versiculos severos parvum, facio tamen, et comoedias audio, et specto mimos et lyricos lego et Sotadicos intellego; aliquando praeterea rideo, iocor, ludo, utque omnia innoxiae remissionis genera breviter amplectar, ‘homo sum’ ” (V, III, 2).

Y más abajo dice Curtius: “Pisón era maestro tanto del género ligero como del grave, y otro tanto dice Tácito (Anales, XV, 48) de Calpurnio Pisón”.

Cuando Guillermo más tarde dice:

Sin embargo, cuando ya el verbo de Cristo había triunfado en la tierra, Sinesio de Cirene dijo que la divinidad había sabido combinar armoniosamente lo cómico y lo trágico, y Elio Sparziano dice que el emperador Adriano, hombre de elevadas costumbres y de ánimo naturaliter cristiano, supo mezclar los momentos de alegría con los de gravedad. Por último, Ausonio recomienda dosificar con moderación lo serio y lo jocoso.

Curtius dice:

Elio Esparciano (Vita Hadriani, XIV, 11) dice de Adriano: “Idem severus comis, gravis lascivus, cunctator festinans, tenax liberalis, simulator simplex, saevus clemens, et semper in omnibus varius.” Sinesio de Cirene, filósofo y más tarde obispo (hacia 400), reparte su vida entre la seriedad y el placer (σπουδή y ἡδονή), y se complace en relatar una Aventura de viaje “que la Divinidad integró armónicamente con elementos cómicos y trágicos” (Epístolas I y IV).

En la tardía Antigüedad Latina, el ejercicio escolar de la retórica y de la poética creó un gusto cada vez mayor por los juegos verbales, métricos y poéticos; éstos suelen franquear los límites de la decencia. Ausonio, maestro de retórica, educador de príncipes, cristiano solo de nombre, se complace extraordinariamente en esas cosas y, por lo tanto, pone empeño en justificarlas…

Y luego siguen dos páginas sobre Ausonio

Cuando Jorge responde:

-Pero Paolino da Nola y Clemente de Alejandría nos advirtieron del peligro que encierran esas tonterías, y Sulpicio Severo dice que San Martín nunca se mostró arrebatado por la ira ni presa de la hilaridad (…) San Efraín escribió una parénesis contra la risa de los monjes, y en el De habitu et conversatione monachorum se recomienda evitar las obscenidades y los chistes como si fuesen veneno de áspid

Lo hace también siguiendo a Curtius:

Es comprensible que Paulino de Nola, que tomaba en serio el cristianismo, rechazara el concepto de lo cómico que tenía su maestro Ausonio, por mucho que lo admirara (p. 304, 260):

Multa iocis pateant; liceat quoque ludere fictis.

(…)

Sulpicio Severo (ed. Halm, Viena, 1867, p. 136, 22) dice de San Martín: “Nemo unquam vidit iratum, nemo commotum, nemo maerentem, nemo ridentem.” San Efrén Sirio (m. 373, doctor ecclesiae desde 1920) escribió una parénesis contra la risa de los monjes

(…)

Las recomendaciones de San Benito siguieron teniéndose por norma: las volvemos a encontrar en el rhytmus (¿merovingio o carolingio?) De habitu et conversatione monachorum (Poetae, IV, p. 483, 14–17):

Obscena verba, turpia

Et risum que moventia

Tantum vitemus plurimum,

Velut venenum aspidum

Etcétera. Alguien que tuviera el tiempo de tomarse el trabajo podría seguir indefinidamente, porque con toda seguridad esto ocurre en la mayoría de las discusiones “medievales” que ocurren en la novela.

No escribo esto para acusar a Eco, sino al contrario. En primer lugar, porque Eco no es un medievalista, sino un literato, y El nombre de la rosa es una de las mejores novelas que cualquier persona puede leer en su vida. La forma en que haya sido escrita, si hace mella en el mito de la supuesta erudición sin fondo de Eco, no hace daño a la obra literaria. Pero en segundo lugar, porque la forma en la que trabaja Eco es la misma forma en la que trabajan los historiadores. En el caso particular de los medievalistas, ninguno podría ni siquiera soñar con intentar leer todos los autores que Eco menciona en el libro; mucho menos él, que ni siquiera se dedicaba a eso. Todos trabajamos a partir de selecciones realizadas por otros, a veces colegas contemporáneos, y en algunos casos, el mío por ejemplo, elecciones hechas hace mil años.

Pero lo que me interesa todavía más destacar es que Eco está trabajando con un florilegium. Esto es, una compilación de extractos de diferentes obras que tratan sobre un mismo tema, en este caso la risa. Lo interesante es que los intelectuales medievales trabajaban de la misma manera. Difícilmente en una época anterior a la imprenta una de estas personas pudiera leer tratados completos de una infinita cantidad de autores, de la manera en que nosotros podemos hacerlo con nuestros libros, salvo que tuviera una curiosidad insaciable y el acceso a una biblioteca riquísima. En general lo que estos autores leían eran florilegia, compilaciones, series de frases de diversos autores que trataban sobre diversos temas. La obra más famosa de este tipo son las Sentencias de Pedro Lombardo, pero muchas veces eran textos anónimos producidos en circunstancias determinadas y que luego circulaban como parte de la tradición, determinando la forma en que un problema era visto y limitando a su vez el conocimiento del mismo, en una época, repito, en que era difícil volver a acudir a los textos originales de donde las frases habían surgido.

Es un tema que llama mucho mi atención porque uno de mis temas de estudio son los concilios ecuménicos de la antigüedad tardía, y lo que uno encuentra allí es el mismo proceder: obispos que discuten sobre la naturaleza humana y divina de Cristo no a partir de las obras completas de Cirilo de Alejandría, sino a partir de compilaciones realizadas sobre el tema que incluyen párrafos mezclados de muchos autores diferentes, lo cual muchas veces le da a los textos significados completamente diferentes de lo que el autor quiso darles en primer lugar, 50, 100 o 200 años antes de que esos problemas ni siquiera fueran pensados. Tarea del historiador es muchas veces reconstruir el sentido original de una frase, y los múltiples sentidos que esa frase tuvo a lo largo de la historia en cada momento en que fue utilizada. Por eso muchos medievalistas pueden pasar años trabajando unos pocos textos, llegando apenas a resultados hipotéticos, pero que yo encuentro fascinantes porque nos enseñan muchísimo sobre la construcción de los relatos históricos y la resignificación de las ideas en momentos determinados.

Me interesa destacar finalmente otro florilegium, que es el que Eco utiliza al final de la novela, y que a su vez le da su nombre. La frase con la que finaliza el libro, “Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”, es un verso del poema De Contemptu Mundi, de Bernardo de Morlay. Es un poema que sigue un tópico habitual, que es el del lamento por todas las cosas terrenales que ya no existen, y que promueve bien el desapego por las cosas terrenales en función de cosas trascendentes, bien el disfrute despreocupado del presente asociado al tópico del memento mori.

Copio las hermosas últimas frases del libro:

Est ubi gloria nunc Babylonia? ¿Dónde están las nieves de otra época? La tierra baila la danza de Macabré; a veces me parece que surcan el Danubio barcas cargadas de locos que se dirigen hacia un lugar sombría.

Solo me queda callar. O quam salubre, quam iucundum et suave est sedere in solitudine et tacere et loqui cum Deo! Dentro de poco me reuniré con mi principio, y ya no creo que éste sea el Dios de gloria del que me hablaron los abades de mi orden, ni el de júbilo, como creían los franciscanos de aquella época, y quizá ni siquiera sea el Dios de piedad. Gott ist ein lautes Nichts, ihn rührt kein Nun noch Hier… Me internaré deprisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud. Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo, y ya no conocerá lo igual ni lo desigual, ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Lo interesante es que en la última frase encontramos en realidad un error de un copista, algo típico de los textos medievales. La frase no debería decir “rosa”, lo cual no tiene ningún sentido en el contexto del poema, sino “Roma”, ya que el verso anterior habla de Rómulo y Remo. Lo que se lamenta en este verso es la gloria perdida de la antigua Roma, de la que ahora solo nos queda el nombre. “Est ubi gloria nunc Babylonia?”, “¿Dónde está ahora la gloria de Babilonia?”, es una frase del mismo poema, y marca el tono de todo el pasaje. Adso se lamenta de las glorias terrenales perdidas mientras se prepara para adentrarse en la inmensidad de la muerte.

Umberto Eco dijo alguna vez que al escribir la novela no conocía la tesis del error del copista, y creía que el poema decía en realidad “rosa”. Es posible. La palabra figura como “rosa” en la edición del poema, en el libro de Thomas Wright, The Anglo-Latin Satirical Poets and Epigrammatists of the Twelfth-Century, Londres, 1872, vol. II, pp. 37–38. Pero es también extraño porque la tesis del error del copista, afirmando que en realidad podría leerse “Roma”, se encuentra en una cita al pie de la versión española de El Otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga. Este libro, originalmente publicado en holandés en 1919 y prontamente traducido a varias lenguas, es uno de los libros de historia más importantes e influyentes del siglo XX, y es el libro que otorga a Eco el florilegium para el final de su novela.

Huizinga copia parte del poema de Bernardo de Morlay en un capítulo cuyo título es bastante claro: “La imagen de la muerte”. Apenas una página después de copiar el poema, Huizinga cita un verso de Villon: “Mais où sont les neiges d’antan?”, “¿Dónde están las nieves de antaño?”, que en la versión en español de El nombre de la rosa aparece como “¿Dónde están las nieves de otra época?”. Unas páginas más tarde hace su aparición un verso de Jean Le Fèvre: “Je fis de Macabré la dance”, a lo que siguen algunas páginas sobre el tópico de la danza de la muerte. El “O quam salubre…” que Adso copia más abajo aparece también en el libro de Huizinga: es una cita a Alain de la Roche que encontrarán en otro capítulo, titulado “El realismo y los límites del pensamiento figurado”.

El problema con la palabra “Roma” es que en la versión original holandesa no figura ningún comentario al respecto, y tampoco en la vieja versión inglesa publicada por Penguin en 1924, que es en realidad una versión adaptada a un público más amplio bajo la dirección del autor. La versión española, en la que el comentario aparece con seguridad, es una traducción de la versión alemana; es altamente probable que el comentario sobre Roma haya surgido allí. No creo que sepamos nunca cuál es la versión que Eco utilizaba, tal vez la inglesa, porque es la más barata y fácil de conseguir, tal vez la italiana, y será un trabajo que me debo para los próximos días averiguar cuáles son las versiones que tienen el comentario sobre Roma, que Eco pudo o no conocer. En todo caso, el deseo de Eco es remarcar que las palabras pueden hablar de cosas ausentes; para ese objetivo sirve tanto la palabra rosa como la palabra Roma. Pero la palabra Roma sería mucho mejor para los historiadores, porque revivir a Roma es justamente lo que hacemos de manera cotidiana, esto es, revivir con palabras cosas que ya no existen, y hacerlas existir de esa manera.

En todo caso, a veces pienso que en un guiño irónico de la literatura el copista que cambió rosa por Roma fue el mismo Adso.