Obituaries: I
“A mi hermano no le gusta el meneo de las olas — demasiada incertidumbre,” trató de justificarle Elisa a los coquís después de haber notado, desde el peñasco, el parálisis de la sombra de Miguel, sentado en el barco con Martorell de espaldas.
“La verdad es,” continuó, “que la marea sigue a la luna; lo que de cerca parece caprichoso, de lejos termina siendo sólo un gran jalón astral.” La frase aún silbaba en su boca cuando se dio cuenta del puñado de vagas connotaciones que giraban en ella. La expresión atónita — como si hubiese visto ancianas arrugadas estirándose en la brisa — no quiso confesarle esto a las ranas recién enjauladas. Recuperaba el suspiro. Guardó silencio.
Detrás, a unas 40 millas al este, columnas de humo burbujeaban hacia nubes mucho menos grises. A lo lejos, otras columnas más, desde las cimas de unas cuantas Antillas menores, erutaban furor, pero todavía no se dejaban ver desde las mayores. En todo caso, las cenizas seguían almohazando la zona suroeste de la isla, una gran sábana de negro cuyos cortes dictaban la cordillera central y el mar Caribe. Pulgadas de residuos carbonizados descansaban delicada y silenciosamente sobre los libros que flotaban boca abajo en la bahía.

Es que la librería de Martorell se desplomó. Se fue a la mierda a causa del peso de una plataforma que a la vez anclaba y sostenía la construcción del maldito proyecto faro. Una tal Jarenko había comprado el terreno del peñasco donde radicaba la librería. Aunque Martorell nunca le vendió el negocio, ni cuando se encontraba en apuros con las utilidades, la banquera americana de extracción rusa se empeñó en construir un faro sobre la peña, como un estímulo pequeño pero directo al sector de manufactura puertorriqueña. En una conferencia de prensa promovió su proyecto de construcción, predicando que con su sueldo de más de medio millón quería dirigir con el ejemplo. Los noticieros discutían si el municipio de Cabo Rojo permitiría el traslado de los restos de Betances al faro de Jarenko en Boquerón.
“Si los dominicanos tienen enterrao a Colón, pues, que nosotros hagamos lo mismo con Betances acá — dos hermanas faros, erectas en cada costa del canal de la Mona,” repetían tanto los representantes del Partido Nuevo Progresista como los del Partido Popular Democrático, aunque por razones opuestas. Una joven periodista independiente que se había criado en los niuyores insistió en denunciar la discusión como una distracción propiamente estupefaciente. Intervenía en el debate con aquel acento del Bronx que no se le quita a nadie ni con veintiún zambullidos en el balneario detrás de los kioscos de Luquillo.
“But like, how can y’all reduce Betances to Columbus? Let’s be real. ¿Hasta cuándo nosotros vamos a seguir mintiendo — ”
“ ¿Quién está mintiendo, Señorita Frasqueri?”
“Nah, I don’t mean lying, but, like, lying to ourselves.”
“ ¿…eh, engañándonos?”
“Ajá, until when are we gonna keep engañándonos about the real issues? El simple hecho de que esa señora is Russian-American should remind us that none of them care about us. They can be sworn enemies and still squad up to fuck us over. Si el oversight board acá y el período especial de Cuba no nos ha enseñao eso, then we really are in denial here. Shit, como decía Wilda before she died, we’ve been in denial since 1952.” Su novio de tres meses la escuchaba desde la sala de sus padres en Guaynabo City. Se comía las uñas del nerviosismo.
“ — Señorita Frasqueri,” interrumpió el locutor con fingida paciencia, “en español por favor, para todos nuestros televidentes hispanoparlantes.”
Pausa comercial. El noticiero pasó a cubrir los preparativos para el concierto de Sin Banderas programado para el fin de semana en el coliseo Agrelot, elogiando además unos puertorriqueños que promovían sus colaboraciones musicales en toda Latinoamérica con la intención de atraer más turismo a la isla, tomando así también la iniciativa en contra del receso económico pronosticado a durar por lo menos otra década. Entre la bulla del televisor y la del loro hediondo entre las matas de la marquesina, Doña Graciela le advirtió al nene por última vez desde la cocina, “Enséñale español a esa muchacha; mis nietos no van a crecer sin yo poder leerles del Quijote, de Neruda, Borges, ni de Márquez. No voy a morir dejándole creer a la gente que sólo deuda y perreo le dejamos a la juventud. ¡Coño!”
La cosa fue que en el apuro y el afán de poner todo un show, de querer meter mano a como diese lugar, ninguno se había dado cuenta, salvo algunos pescadores locales, que debajo de aquel peñasco en el norte de la bahía yacía una caverna redonda. La marea le había dado a la cal una forma de vasija vacía, ancha y alta, y unos murciélagos desterrados por las ráfagas del huracán San Ciriaco se habían refugiado allí, acelerando desde hace un siglo la obra artesanal desde adentro y hacia arriba.
Cuando se desplomó la tarima del faro, cayéndose por donde ahora es la boca de la caverna, la librería también se deshizo. El edificio de madera de dos pisos se partió a lo largo de la viga central. Ambas mitades se desbocaron por el risco, una hacia la bahía, la otra hacia mar abierto, y con ellas los tesoros que habían albergado por más de medio siglo. Los únicos testigos del incidente fueron tres pescadores que sobrevivieron el diluvio de rocas y libros. Estos tres, compartiendo una pequeña lancha pesquera, se habían alejado de otros dos porque hablaban demasiado, demasiado de recio y no dejaban escuchar la Orquesta Zodiac tocando en la radio. Por lo menos eso fue lo que dijeron. Además, el barco de los otros dos era nada más que una canoa de aluminio. Mientras uno pescaba, el otro tenía que mantener la mano en el timón. De hecho, se mofaban los tres de que una canoa tan insignificante llevase el nombre desafiante de “el cimarrón.”
“Esos dos se creen Marcos Xiorro…y eso que encontraron a aquel en el río de Bayamón.”
“Pero ¿por qué no le ponen Anacaona mejor?” se burló otro, quebrando la muñeca izquierda.
“No, no. Mercedita. ¡para las mariquitas!” Se descosían a carcajadas.
En lo que coinciden es que habían comenzado a darse palos de ron de la destilería ponceña Serrallés, bien mezclado en un galón de maví marca Walmart — ambas bebidas fueron mencionadas en el reporte interno — para acompañar las memorias de los 70’s que suscitaba la voz soneando “El Destructor” sobre la radio. A mitad de bebida, se dejó venir todo ese peso desde la cima. Los libros llovían en cataratas por el precipicio, algunos de ellos cayendo con retiño sobre la canoa de metal. Y los murciélagos, espantados por el alboroto que causaban las piedras de cal al quebrarse, volaban en círculos malhechos, tratando de precisar el porqué de tanto eco en la atmósfera. Cuando vinieron a ver, los dos que pescaban en el bote habían desaparecido. De acuerdo a la investigación forense, uno de ellos murió asfixiado, enterrado bajo una montaña de tomos que se acumuló sobre “el cimarrón.” La autopsia con una excesiva exactitud culpó a Historia de las Indias por Bartolomé de las Casas de haber dado el golpe mortal. La mancha del título quedó plasmada en la frente del difunto. El otro desaparecido quedó, pues, desaparecido. Por falta de cuerpo y de evidencias, las autoridades asumieron que la segunda fatalidad también fue por asfixio, pero no bajo libros sino por agua. Las corrientes bajas tuvieron que haber jalado al muerto hacia mar abierto.
¿Dos negros muertos en un accidente de construcción de obra pública? Sí, sería un retraso para las relaciones públicas de Jarenko, pero nada más. Nadie vino a reclamar los cuerpos ni las pequeñas deudas que dejaron los difuntos como herencia. Eran un par de viejos, unos cisnes cuyas familias se habían olvidado de ambos hace años. No había por que seguir la investigación, ni aunque los tres sobrevivientes atestiguasen que en las paredes de la caverna habían visto unos dibujos grandes, pero borrosos y medio raros. El pastor, que por caridad velaba a los difuntos, desestimó la importancia de los detalles.
“ Es nada más que la mancha de los murciélagos que en el derrumbe expulsaron todo ese guano para así poder levantar vuelo de manera ligera y liviana. Total, ustedes estaban borrachos. No quitemos la atención de las víctimas, Tito y Virginio, con más sensacionalismo. Murieron por voluntad de Dios. Dios está llamando a Boquerón, a la isla del cordero, así como trató de llamar Dios a Nueva York cuando el SIDA y la cocaína le cayeron encima.”
El pastor, que se había convertido del trotskismo a Pentecostal a principios de los ochenta cuando el partido socialista puertorriqueño dejó de considerarse vanguardista, se refería al juicio divino sobre la perversidad que había arrasado a Boquerón desde que comenzó el municipio a aprobar los desfiles gay por la plaza central. De hecho, aunque los únicos testigos oculares fueron aquellos tres borrachos, todos los ebrios que en el desfile celebraban su orgullo escucharon cuando se dejó caer la cima del peñasco. Pero el jolgorio no se detuvo ni en lo más mínimo. El estruendo del derroque resonó con las bombas y plenas folclóricas que atraían a los gringos, quienes pulsaban sus rodillas fuera de tiempo mientras ligaban trigueños de ojos claros.
Miguel era uno de esos javaos, metido en el meollo del asunto. Un bombón alto, flaco, y delicado, de tez castaña — un castaño revuelto con mermelada de parcha. Dos canicas verdes coronan el aura amarillenta de los pómulos que levemente sostienen sus carnosos labios. Cuando de entrometido fue a ver la apertura de la caverna con Elisa, Miguel concluyó, sobándose las manos, “Se abrieron nuevos recovecos en donde chichar.”
Ahora, sobre la cima del peñasco, Elisa se acordaba de ese comentario que su hermano menor había pensado en voz alta. Amortiguó la risa y estrechó la mano derecha sobre la frente y la cien. Desde allí se le hacía difícil seguirlos con la mirada a causa del fulgor de la puesta del sol, el cual también seguía las sombras dentro del barco pero como si con recelo y desde el lado de Santo Domingo. Entre todos los sentimientos encontrados que se hacían remolino en su pecho, solo unos cuantos se le aclaraban a Elisa en forma de incógnitas.
“¿Por qué tuvo que meterse Miguel con uno de esos nacionalistas combatiendo en Yauco? Le dije a papi que no se lo llevara a esas reuniones. ¿Qué le voy a decir yo ahora a la policía cuando vengan a preguntarme por él? ¿Cargó Miguel el celular? ¿Rastrearían las llamadas? ¿Habrá señal en el canal de la Mona anyway?”
Tantas preguntas que Elisa le hacía a las dos ranas como si estas mediasen la comunicación con aquellas energías caribeñas que pueden proteger las sombras o por lo menos las reconocen. Acabada la interrogación, la jaula de plástico color claro con tapa roja se rehusó a romper silencio y Elisa volvió en sí, desbordándose en un goteo salino por ojos grandes y redondos que el vendaval sobre el peñasco insistía en resecar. Una copia de Antes que anochezca titubeaba abierta en la orilla del risco, sus páginas jugando con el viento. Al recogerla, unos mechones de pelo rizado de color marrón se le cruzaron sobre la cara. Sacudió la arena pegada entre las primeras páginas. Hojeándolas, se topó con un espejito rasguñado que parecía estar funcionando como marcapáginas y una dedicatoria escrita a mano.
Para mi Miguelito. Qué aprendas tanto de lo que te hace recordar como de lo que te parece extraño. No estás solo. Tu Mami, la que te quiere.
“Mami, como quisiera que estuvieras aquí conmigo. Primero tú y ahora tus dos machos…Regrésamelos,” susurró Elisa, levantando la jaula por la empuñadura. Uno de los coquís que había atrapado, debajo de una palma con huevitos pegados, entre el parqueo al pie de la colina y las escaleras que de allí subían la cuesta, se había escapado.
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“¡Cuidao con la ballena, papi!” gritó Miguel sin moverse.
“Sí, sí,” apaciguaba Martorell con palabras, “esas ballenas no hacen ná. Mejor vela la rana que se montó porque esas sí que se te trepan encima.”
Agitada por las barrigas golosas de las ballenas, el agua salpicaba la pintura descolorida en el lado babor del bote. La espuma borraba de momento el reflejo angulado del nombre “el cimarrón” que bailaba sobre la superficie.
“Estas van rumbo a Samaná,” pensó Martorell con ojos tensos. Los remos seguían chocando con los libros suspendidos que no terminaban de hundirse en el mar. Padre e hijo, todavía a espaldas, sudaban tirillas. Y como si hubiera escuchado las inquietudes de Elisa, Martorell con barítono suave comenzó, “Yemayá asesu, asesu Yemayá…” El coquí, que por sorpresa había, hasta ese entonces, permanecido quieto, rompió silencio. Miguel, entre el pavor y el cansancio, no se atrevió a extender el brazo donde posaba la ranita encaramada. Al sentir su suspiro, Martorell se rió sabiendo que a su hijo le detestaba el “ruido estético,” ni los pelos que imperfeccionaban las cejas, ni ranas que no seguían ni el ritmo ni el tono de su padre cantando con ambos remos en las manos.
