La cultura del no-silencio

Vivimos en la época de máximo desarrollo de todos los tiempos de la civilización (que sepamos). Ello ha traído consigo grandes avances y comodidades, pero también inconvenientes residuales fruto del rápido progreso. Uno de estos inconvenientes es el constante y desmedido ruido que existe, ya no solo en los núcleos urbanos, sino, por desgracia, cada vez más en los entornos rurales. Pero… ¿somos realmente conscientes de cómo la “sociedad del ruido” ha ido in crescendo en las últimas décadas de este exponencial desarrollo?

Juan Maestre Alfonso escribió lo siguiente en la revista Tigris, de la embajada de Irak en Madrid, en un número de 1981:

El ruido es uno de los males infernales que padecen las gentes de la ciudad. Según su frecuencia e intensidad, provoca dolores de cabeza, zumbidos y/o disminuciones de la audición. El investigador y escritor francés Saint-Marc señala que el ruido excesivo de la calle s es causa de 52% de los trastornos de la memoria y de buena parte de las perturbaciones del carácter. En Gran Bretaña, uno de cada cuatro hombres y una de cada tres mujeres de los enfermos afectados de neurosis lo son a causa del ruido. Y en los barrios más ruidosos de Nueva York se ha apreciado una alarmante deficiencia en el desarrollo intelectual de los niños.

Otro número de la revista Science–Digest, publicaba lo siguiente en 1982:

En los próximos 20 años no quedará un solo rincón de Europa a salvo del ruido que mata. En el umbral del tercer milenio, los países industrializados como Francia, no dispondrán en su territorio de la menor zona de silencio y quietud. El ruido, esa plaga de los tiempos modernos que, durante decenios, se circunscribió a las ciudades y los grandes ejes de circulación, roe el espacio como un cáncer. Hoy, en Europa, más de 100 millones de ciudadanos están expuestos al nivel inaceptable de los 65 decibelios. El ruido, como es sabido, actúa sobre el cuerpo humano por mediación del cerebro. Perturba las funciones vitales de las personas en su vida cotidiana y puede conducir a la locura y a la muerte.

Nuestra cultura es especialmente ruidosa, si tenemos en cuenta, por ejemplo, a nuestros vecinos del norte de Europa. Por poner un simple ejemplo ilustrativo, este pasado agosto, como cada año, han sido las fiestas de mi pueblo, en Bizkaia. Este es un pueblo pequeño atrincherado entre costa y monte, como es tan característico en la Bizkaia costera, y no obstante, eso no impide que anualmente se dedique un presupuesto al montaje de txosnas, a ruidosos pregones y a la compra de cohetes y petardos, que ya ni cohetes artificiales vistosos, ni colores, ni ná. Por el simple gustazo de meter ruido. Pues bien, pasada la semana de fiestas de un pueblo, son las del pueblo de al lado, y las de al lado… y así durante todo el verano. Y ya es simplemente la costumbre. Esto ocurre en Bizkaia, pero también en el resto de provincias en Euskadi, así como en el resto de comunidades autónomas del Estado.

He venido observando que, al menos en occidente, los países en vanguardia de desarrollo otorgan especial atención a la reducción de contaminación en general (acústica, medioambiental… etc.) mientras que los países menos desarrollados de la zona tienden a niveles más altos de ruido, y el tema de la contaminación se lo pasan un poco por el arco del triunfo.

Vivimos en una cultura del no-silencio, porque nos hemos acostumbrado… ¿o es que acaso nos han acostumbrado? Valdría la pena reflexionar acerca de la naturaleza humana y su poca predisposición a realizar ciertos esfuerzos personales, que van desde el desinterés y la apatía por ciertos temas, en muchos casos, condicionados por la creencia de que “de nada sirve quejarse o hacer esfuerzos por cambiar el status quo”. Sí, nos quejamos, y tal vez nos moleste, pero rara vez llegamos a insistir es una meta hasta lograr un cambio social y visible y a corto plazo. Suele haber muchas trabas, y el Sistema lo sabe, pues es el sistema quien las pone. El Sistema, en este caso, se refiere a un stablishment, un conjunto de entidades, individuales o grupos, que tratan a toda costa de mantener un control hegemónico a nivel económico, social, de opinión pública y creando en el resto de la sociedad unas necesidades, preocupaciones y preconcepciones de la realidad, sin dejar que sea la sociedad misma quien reflexione acerca de todos estos aspectos, con el fin último de mantener su hegemonía.

He tratado de representarlo con un esquema en el que se teoriza una cierta conveniencia para el Sistema

Con esto no quiero decir que habría que iniciar un tránsito a un mundo totalmente carente de sonido, nada más lejos. Más bien, supondría apagar el ruido, por un momento, para poder volver a escuchar. Escuchar los árboles, escuchar el viento moviendo las hojas, escuchar los millones de seres vivos a nuestro alrededor interactuando con el medio, y poder darnos la oportunidad de descubrir cómo queremos interactuar nosotros con él.

¿Es compatible una sociedad repleta de necesidades de inmediata satisfacción con el silencio? ¿Serías capaz de imaginar cómo sería el mundo en silencio? ¿Sería aburrido? ¿O quizá llegaríamos un punto crítico en el que apreciásemos claramente que no merece la pena sacrificar el silencio por el estímulo contínuo? ¿A qué estaríamos dispuestos a renunciar por esa paz interior?

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