El mar de la fertilidad

Sólo hay un Premio Nobel de Literatura japonés, Kawabata. Cuando recibió la llamada telefónica desde Estocolmo y le anunciaron que era el ganador del Nobel de Literatura, luego de la sorpresa y de agradecer, dijo “Pero, ¿por qué me lo dan a mí, si ahí está Mishima?”.

Yukio Mishima es un enorme escritor. No sé cómo se inscribe en el canon japonés, del que sin duda forma parte. No sé cómo los estudiosos y escritores japoneses lo ven, de quién creen que hereda qué elementos de su obra, y cómo continúa, innova, ensancha y engrandece la literatura japonesa. Yo veo que ensancha la literatura occidental de una singular manera.

Mishima crea una obra grandiosa, te quita el aliento. Su tetralogía de El Mar de la Fertilidad. Cuatro novelas que hacen un solo ciclo, en orden son: Nieves de primavera, Caballos desbocados, El templo del Alba, y La corrupción de un ángel. Yo recomendaría empezar y terminar en orden, creo que eso aumenta enormemente el placer.

El Mar de la Fertilidad es un intento (que el lector debe juzgar si se cumple o no) por alcanzar y cumplir la meta del arte: crear y mantener algo perfecto. Crear algo vivo, es decir dinámico e histórico, que sea al mismo tiempo perfecto y eterno. Lo hace en dos niveles: el del relato, la historia en sí, y el de la calidad literaria, del arte con el que la crea. Es decir, por un lado está la agonía de que lo que pasa en el relato, contar el relato y que el mito vaya acercándose y alcanzado la perfección, y luego hacer eterno lo que en el mito se creó. Y por otro lado está el arte literario de Yukio Mishima con el que forja para toda la especie humana esa cumbre. Una obra así es como el Escudo de Aquiles. Una cosa son los materiales y la técnica (el arte) con el que el dios forja el escudo. El hierro, el oro, el níquel, la plata preciosa y cómo el artesano los une, funde, arma y da fin. Y por otro lado, el escudo, que al ser visto por cualquiera (pero no todos los hombres pueden ver el escudo de Aquiles, y hay quienes habrían dado todas sus riquezas por no haberlo visto nunca) hace evidente su riqueza, fuerza, ductilidad y sobre todo y por todo la calidad suprema del objeto. Cuando la diosa madre de Aquiles pone a sus pies las armas, los compañeros de Aquiles se asustan y salen despavoridos de la tienda. Aquiles no se asusta, pero es que Aquiles es mitad dios. Él también es una obra al mismo tiempo histórica y perfecta, como el escudo y como las cuatro novelas de Mishima.

La historia que se narra es ésta: la relación entre tres personas hará posible la creación, cima y existencia eterna de la belleza del amor.

Se sabe que hay dos tipos de amores: el terrenal y el celestial. El terrenal es el que enseña magistralmente Longo, el amor de dos jóvenes que vencen los normales obstáculos que los amantes encuentran en cualquier lugar y tiempos, y cómo con astucia, piedad y complicidad de vecinos y dioses (que no desprecian este amor, sino que lo fomentan y disfrutan) los vencen para casarse, abrazarse y quemarse en el fuego seco de la carne.

El otro, el amor divino, puede decirse que lo inventa Platón. No puedo decir si Mishima sigue a Platón o crea otro tipo de amor celestial. Lo que hace Mishima es encender un amor terrestre, que se da cuenta de lo que es, y desea ser otra cosa. Desea ser eterno, primero, y perfecto. Pero, el amor celeste según Mishima sabe que debe ser todopoderoso (a diferencia del terrestre: Dafnis ama a Cloe y Cloe a Dafnis y cuando se abracen saciarán su hambre) y absoluto. Para que un amor terrestre sea todopoderoso y absoluto debe romper las reglas. Debe ser un pecado. Y debe consumarse y cumplirse, es decir, debe existir y sujetarse así a las vicisitudes y accidentes que el amor de cualquier par de amantes padece. Debe ser común pero trágico. Los amantes se unirán, pero deberán separarse. Esa separación será la consumación del amor celestial y su entrada a la eternidad. Al separarse los amantes, desaparece el amor terrestre: ya es imposible. Mishima tiende un puente a la eternidad, como Cervantes o los otros Grandes lo hacen.

Recuerde el lector lo que pasa en el Don Quijote de la Mancha. ¿Existen los gigantes o no? ¿Don Quijote es caballero andante, o no? En la cueva de Montesinos en la que el hidalgo se sumerge, ¿hay todas las cosas deliciosas y celestiales que cuenta al salir, o son patrañas, invenciones y, mentiras? La mente humana existe entre estas dos ideas contradictorias. Cervantes hace que habitemos la contradicción. Salimos de él como de la cueva de Montesinos. Cada quién debe decir cómo lo hizo.

Mishima hace posible la eternidad y cabalidad el amor celestial pues el protagonista reencarnará y habrá un testigo de tal fenómeno. El personaje que ha invocado al amor celestial reencarnará tres veces, en cada vida (cuatro, contando su primera existencia) actuará un elemento del amor celestial. Los lectores seremos testigos de tal creación, historia, vicisitudes, y cima. Veremos y testificaremos el amor celestial. Entraremos al Jardín Inanimado. No uno de piedra o cristal, sino de hierba y savia, con abejas y hormigas, pero de tal calidad que es perfecto y es sabiamente mantenido así. En tal jardín habitan, para siempre, la mujer que encendió el amor terrestre y el testigo de la reencarnación y paulatina creación del amor celestial.