El implacable té de Hierbas Naturales.

Diego terminó de almorzar, los fríjoles y carne guisada le resultaron muy pesados. Le pidió a su sirvienta morocha un té para la sobremesa. Un té que le descongestionara la vida y su estómago; que le aliviara el pantalón y la existencia.

Cuando cae la noche toma un taxi. Llega a casa de Liliana; se aseguró de llegar un poco tarde y con la mejor botella que hubiese disponible. Erick estaba sentado en un sofá con un cigarrillo de marihuana en la mano izquierda y con la recepcionista en la pierna derecha. Carlos daba vueltas frenéticas detrás de una gallina que había traído Lino, el de publicidad. Mientras las chicas del call center se pasaban un vaso de absenta alucinógena. En una esquina con una oscuridad misteriosa, estaba la secretaría que le coqueteaba de vez en cuando en los pasillos. Esa noche estaba más risueña que nunca; sus dientes perfectos se asomaban detrás de sus apasionados rojos labios. Sus ojos delineados se centraron en él. Enfocándolo directamente como si no existiese nada más; difuminando el resto del living.

Él la ignoró un poco — así es Diego- para que ella se esforzara. Quería medir cuán desesperada podía llegar a estar. Quería medir el fondo de sus intenciones; qué quería de él esa noche.

Él cortaba un limón mientras notaba como ella se levantaba con disimulo de su sillón y se acercaba con sus caderas balanceándose; como si fuese la curvatura de una pantera. Le reclamó por su saludo seco. Diego le dio uno de los dos vasos que había preparado y se dejaron caer en el sofá.

Ya habían tomado bastante y se habían besado algo más. Liliana interrumpió la música y todos se quedaron mirándola. Irían a bailar. Justo lo que Diego deseaba.

En el camino Diego notó que sus intestinos empezaban a amotinarse. Una huelga espontanea surgía de las entrañas de su ser; él sólo quería llegar a un acuerdo. No daban marcha atrás. Dejó de bailar con la secretaria, so excusa de estar atenuado. Se dirigió al baño tratando de encontrar un consuelo. Y lo encontró, pero no el que esperaba en cambió se topó con su prima Consuelo en las piernas de Erick. Esa opción estaba cancelada. Quedaba otra opción. La arriesgadisima opción C, casa de Liliana. Decidió devolverse con una marcha muy forzada pero no lo suficiente que empeorara el paro generalizado de los trabajadores intestinales; no quería empeorar las cosas. Así que se fue caminando rápido en vez de correr y apretando el culo como todo su ser. En un momento pensó que no podía más, así que miró alrededor y quiso deshacerse del malestar en un parque oscuro. Sin embargo un indigente ya había colonizado esas tierras y aun no terminaba su misión. Diego decidió que se quedaría con su dignidad y cagaría en un inodoro de verdad, como la gente.

Anduvo un poco más y justo frente a la iglesia donde iba los domingos con Liliana descubrió con amargura que su culo lo había traicionado. No podía creerlo mientras la carga tibia y húmeda se deslizaba por sus piernas y se abultaba en sus interiores. Le resultaba insoportablemente cierto experimentar de nuevo esa horrenda sensación de la que se había desligado cuando ingresó al colegio, dejando atrás los años cagadizos de infante de jardín.

Timbró. El portero le abrió la puerta y le sonrió tímidamente haciéndole entender al portero que esto no estaba pasando. Cruzó el hall goteando hasta el ascensor. Trató de limpiarse en el baño de Liliana pero todo fue un auténtico desastre. Presa del miedo decidió huir. Se puso un pantalón limpio y huyó a donde su padre. En el camino frenó en un semáforo y justo pasaban sus amigos, no reconocieron el auto. Dos minutos más y Diego habría visto como su vida social se derrumbaba por, literalmente una cagada.

Gloria, oriunda del Chocó había olvidado leer que el té estaba destinado para casos de estreñimiento. Ella le había puesto el doble de la cantidad recomendada.

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