Primeras observaciones aquí abajo.
Andrés Felipe
1

Las mañanas golpean más fuerte

Entonces trato de besarla, de abrazarla. Trato de pedirle un perdón que no sé de dónde viene. Un perdón sin origen. Como si aceptando una culpa invisible todo pudiese ser como antes. Estoy entregado, rendido. Sólo quiero abrazarla y que caminemos de vuelta a casa, que el sol de la tarde nos caliente los cuerpos mientras el frío de nuestras almas se disipa. Pensar que la guerra se acaba con un solo gesto que yo irreductiblemente inicio.

Parpadeo y veo los adoquines sucios y embarrados, y vuelvo a ver su cara sonriente. Como me reconforta su mirada así sea en mis sueños. Así es, estoy soñando, sueño con ella, entreabro los ojos y la realidad me patea con un frío inclemente y con nieve que se deshace en mi ropa. Como puedo trato de cubrirme con mis trapos pero es inútil, el frío de afuera no es tan cruel como el de adentro.

Me doy cuenta de que su fantasma me está sitiando y me acorrala. Me ataca por un flanco que no puedo proteger. Trunco su ambición. Me despierto. Me reincorporo. Trato de despejar mis pensamientos. Sigo en el laberinto y extrañamente siento que la salida está cerca. Miro las paredes y me pregunto si alguien podría invertir tantos recursos en algo que a la postre no deja nada. Sin embargo recuerdo su intolerancia a la frustración y sospecho que su ira y su orgullo podrían edificar ciudades enteras con tal de no dar retroceder en su empeño. Así que sólo tengo la noción de que la salida está cerca a pesar de que ella no ha aparecido; sería muy ingenuo pensar que es posible salir de este laberinto sin que ella intervenga o se aparezca. Sigo moviéndome en el laberinto, cuido de mantener la mano derecha en contacto con la pared y cuando duermo, dejo mis pies apuntando al muro que me sirve de guía. Esto porque el laberinto desde arriba se ve como una superficie con muchos pliegues; por lo cual, mientras se siga el muro, en últimas, se está siguiendo el perímetro y como se tiene la certeza de que al menos tiene una entrada, se trata de una superficie abierta, por ende en el peor de los casos, se recorre todo el laberinto hasta la entrada.


Escucho sus pasos, es ella. Me quedo impávido, no sé cómo actuar. La veo y antes de que pueda respirar ella me está mirando a mí, de frente. Porta un vestido perfectamente negro y su tez blanca palidece bajo estas nubes grises. Camina en mi dirección con la mirada serena como si tuviera la mente nublada. Está muy cerca y siento una presión en el pecho que me quita el aliento. Abre la boca y deja ver sus hermosos dientes, pero no sonríe. Sus mandíbulas se separan paulatinamente hasta que llegan al limite y se dislocan. Los labios empiezan a estirarse hasta que se rasgan y sangra a borbotones torrentosos que corren por su cuello y pecho. Emite sonidos guturales que forman burbujas que explotan y me salpican la cara. El miedo me inunda y decido avanzar sin dejar de tocar la pared. Ella se disipa, pero la sangre en mi rostro y abrigo no.


El aire está cálido; hoy siento que la batalla contra la nada no está destinada a ser perdida. Soy optimista por primera vez desde que empecé este camino. Miro al cielo y los rayos del sol me reconfortan, me alivia saber que tomará u tiempo mientras vuelva a aparecer.


Han pasado varios días ya. No ha aparecido aún. Estoy atento a cada detalle. Cada sonido me inquieta. Veo volar tres palomas hacia el sur. No había visto aves desde que inicié la travesía. Una de ellas desciende hacia mí. Tiene un papel enrollado. Se trata de palomas mensajeras. Me apresuro a leer. Sólo dice: ¡Aquí y ahora! Me quedo petrificado. No tengo idea de qué hacer. ¿Trato de huir? ¿Conocerá exactamente mi ubicación? ¿Y si me escondo? ¿Y si es una trampa? Tengo que calmarme. Medito en la medida de lo posible. Me acerco al muro y trato de recordar el patrón de su diseño por si en el enfrentamiento llegara a quedar desubicado. ¿Pero cómo voy a poder luchar? No tengo armas. Por otra parte, sería incapaz de lastimarla. ¿Me dejo matar?