Comienza el viaje hacia el Averno.
Andrés Felipe
21

Primeras observaciones aquí abajo.

Es un laberinto.

La melodía del triste piano de Satie inunda todos los callejones estos y noto que los adoquines se parecen mucho a lo que podría imaginar en la París de los templarios. Tengo la certeza de la laberíntica labor que me espera porque se dan pasos en alguna dirección pero no se tiene certeza de que sea hacia adelante. Es más, llega un punto en el que me planteo si estoy si quiera moviéndome.

Voy deambulando como un moribundo oscilante. A veces creo que me salvo y a veces estoy más muerto. En el fondo de mi pecho hay una diminuta llama parpadeante que me dice que ella volverá. Pero no sería un laberinto si no se guardara la esperanza de salir de él. Pienso en el laberinto del minotauro; pienso en la monstruosa criatura que habitaba aquellas paredes mitológicas. Sé que no deambula en estas, lo tengo claro porque no hay sonido alguno más allá de Satie con su martilleo de notas tristes. Como todo lo que habita este triste espacio en el que me sumerjo con calma. Yo a diferencia de los griegos, me enfrento contra una monstruosidad más grande e invencible. Contra la nada misma. ¿Cómo se puede pelear con nada y pretender ser victorioso?

A medida que me interno trato de recordar el camino de vuelta, porque como decía, tengo la llama de la esperanza diciéndome que en algún momento simplemente se derrumbarán las paredes y todo será como fue antes. Esas paredes que responden a la voluntad de ella. Adentrarme en las profundidades de estos vericuetos es luchar contra la nada misma. Sin embargo, pensar en regresar a la entrada es rendirme irremediablemente ante ella. Por eso lo más sensato pareciera ser seguir avanzando hasta llegar al final, pero ahí está el quid del asunto; que es probable que no exista. Y no existirá hasta que no la encuentre. Hasta que no la habite.