Verónika NO muere y NUNCA pretendió morir.

Ya le dañé el argumento del libro. Pero no es el argumento lo que nos reune en esta oportunidad. Yo le voy a contar como fue que Verónika llegó a mí para después decidir morir y eventualmente arrepentirse.

Los días fríos y solitarios de mi adolescencia giraban alrededor de una naúsea espesa, una pesada existencia que se enraízaba en dos mundos muy dispares.

Crecí en la mitad de la guerra. Vi la muerte en las lágrimas de madres humildes. Vi cuerpos que nadie lloró mientras enterraban.

Por otro lado tenía la sensibilidad esta.

Así fue que en medio de ese nudo y las reiterativas charlas teleológicas con Gabriel, él me dejó saber que capaz mi nihilismo podía ser corregido. Llegó a clase por la mañana con un libro blanco con algunas letras rojas, cuyo título rezaba “Verónika decide morir” escrito por Pablo Coelho. Yo había escuchado hablar de Coelho cuando Vivian mi exnovia elaboró una tésis en la que palabras más o menos sentenciaba a Coelho al exilio. Así que le di una oportunidad y me senté a descubrir durante todas las tardes de una semana, porqué era que Verónika decidía lo que decidió. El título me parecía profundamente seductor; eso de gritar a los cuatro vientos que la vida es un hilo que se puede cortar a motu proprio . Así fue que me sentí identificado con Verónika y llené de espanto a Gabriel cuando le dejé saber que yo también querría en su momento, decidir morir como un acto de plena consciencia.

Poco tiempo después me di cuenta que no quería ser como Verónika, lentamente me fue desilusionando. No hay nada que me fastidie tanto como los planes truncados. Simplemente me parece un auténtico fracaso de planeación no contemplar los imprevistos. Un desperdicio de recursos y especialmente energía el hecho de no poder llevar a término así sea una idea. De paso, me fastidiaba un poco la falta de actitud y el tibio carácter que la rodeaba.

Dejé que el libro se desarrollara más pero empecé con temor a tejer una hipotésis que no podría tolerar; porqué ella definiría su existencia en términos de otro sujeto. Así terminó siendo.

Paulo cierra el libro con una escena llena de mermelada, enseñanzas suaves, ligeras y profundamente superficiales — un oxímoron que debería ser ilustrado con la cara de Coelho — . Por eso es que Verónika nunca decidió morir; porque era un flan. No tenía las agallas ni la fuerza para halar un gatillo. Nunca pensó realmente en suicidarse; como cualquier suicida de mentiras sólo quería llamar la atención; tener sexo salvaje sin que sus padres pudiesen recriminarla. No era más que una hija mimada que estira su brazo para romper un límite arbitrario y se cree que libró una intensa batalla. Es la versión new age de los comunistas que visten jeans Levis.

Yo personalmente habría asistido a esa Verónika con un revólver Smith & Wesson — el mismo que usaba Pedro Navajas — con balas de plomo para que no fallara en su propósito y así librarla de su tormentosa existencia. Es que una cosa es que la vida sea dura. Pero otra totalmente distinta es ir por ahí lloriqueando mendigando atención. Es por eso que Paulo Coelho se ambienta perfectamente con Ricardo Arjona; por que los dos apelan a la pobredumbre de los débiles; cuando lo único honesto y veraz que se puede hacer con ellos es ayudarles a morir. Si tan complicada es la existencia que requiere de un tercero para que tenga sentido, ¿por qué no hacer espacio a aquellos que si quisieran aprovechar el aire que consumen? Lo justo es justo.

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