¿Quiéres que te cuente una historia?

Aprovechando Medium para recordar

Cuando se es papá, hay que repasar nuestra vida porque los hijos, comienzan a interesarse por nuestra infancia: qué juguetes teníamos, a qué jugábamos, cómo eran esos juegos, qué se hacía entonces, etc., etc.

A partir de esta curiosidad quise recuperar algunas anécdotas de la niñez y adolescencia, junto con otros recuerdos que me han compartido mis hermanos mayores y parientes para hacer un viaje en el tiempo.

Y sucede que mientras viajo con la familia, mientras comemos y en algún momento en que nos vemos, suelen saltar los relatos de esos años y mi entrada es ¿Quieren que les cuente una historia? La respuesta, afortunadamente, es: Si.

Y así suelo recordar en voz alta algo que me sucedió hace mucho, hace algunos años por ejemplo.

Los días de reyes

No sé cómo le hacía mi madre para que los ocho hijos tuviéramos juguetes nuevos cada seis de enero, si yo con dos niñas me veo en aprietos. Sólo se que en varias ocasiones solía decir que su comentario era: “es sólo una vez al año”. Y con eso justificaba que todo lo ahorrado se fuera en la nueva muñeca, el nuevo carrito y lo que fuera que viniera a parar a las manos de sus hijos, aunque “no dure ni la víspera” y con ello quería decir que pronto se acabarían los juguetes en las manos de sus vástagos.

Otro detalle que tenían mis padres, supongo que en esto mi mamá recibida la de mi papá, era esconder los regalos en la inmensidad de nuestra casa de la infancia. Afortunadamente tenemos una casa con varios cuartos, espacios, jardines y muchos árboles grandes como aguacates, chirimoyas, etc. Pues en esos árboles y detrás de las bardas de los jardines aparecían los juguetes. En cierta ocasión, una de mis hermanas, me falla la memoria si era Leticia o Jovita, estaba llorando porque tenía que ir a la escuela y todavía no encontraba su juguete. Su reclamo entre el llanto era que no le habían traído nada y mi madre, le pedía “búscale bien, seguramente por ahí hay algo”. Casi tenía ganas de señalarle con el dedo mira, ahí lo escondí, sólo tienes que ir por él.

La noche antes de que llegaran los reyes magos, teníamos que dormir temprano porque de otra forma, se iban de paso y no llegaban. La verdad es que nunca faltaron. Siempre acudieron a la cita con sus pequeños. Y éstos pequeños nos dábamos prisa en recoger todo el tiradero de juguetes que teníamos en toda la casa para que no los vieran o notaran que no los habíamos cuidado lo suficiente. Esa noche, sencillamente no había juguetes en casa. Esa era la razón suficiente para que llegaran más.

Y el seis de enero de cada año, comenzada a las dos o tres de la madrugada. Entre el silencio de la noche, presumíamos de ser los primeros en encontrar los regalos y gritar de alegría al ver la nueva pelota, el nuevo muñequito, el carrito de moda o la muñeca que habían pedido mis hermanas. Y poco a poco, la cuadra se iba llenando de más gritos y relajo de niños con juguetes nuevos para más tarde, a eso de las ocho o nueve de la mañana, llenar las calles con los nuevos juguetes porque entonces se podía jugar en la calle y eran raros los carros que por ahí circulaban.

Recuerdos de reyes magos que perduran como bellas tradiciones.

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