La bala entró por la ventana, pegó en el tablero, se fraccionó y salió por el parabrisas.

A medio centímetro de morir

“Se acerca un motorizado. El parrillero que iba con él me golpea el vidrio con un revólver. Lo miré y vi que estaba hablando, pero no escuchaba lo que decía, y le dije a quien manejaba «¡acelera, acelera, acelera!».

Me agaché y sentí un disparo.

El que conducía empezó a tocarse y dijo «Yo no tengo nada». «Yo tampoco» – le digo – , pero mi camisa empezaba a mancharse de sangre.

Yo he escuchado que hay gente que recibe un tiro y no lo siente por la adrenalina, entonces empecé a tocarme la cabeza, porque la sangre venía de arriba y me di cuenta de que me sangraba la oreja.

La bala me rozó, me hizo un rasponcito, pero me manchó todo el cuello. Salió un montón de sangre.

El hijo de puta tiró a matar.”

Así me lo contó mi abuelo.