Sopita de Pollo


Jaimito el dragón estaba enfermo, tenía una gripa de los mil demonios. No había poder en el mundo que lo pudiera hacer sentir mejor, y eso que estaba rodeado de miles de monedas de oro, que eran su mayor orgullo. Pero el invierno había llegado y se había ido sin novedad, más que el mal que le aquejaba aquel triste primer día de primavera. Se le escurrían mocos verdes rellenos de combustible que cuando estornudaba ardían en llamas, asustándolo y haciendo que sus ojos lloraran y se enrojecieran.

Como a medio día un duendecillo se acercó a la cueva, a sabiendas de que el dragón estaba enfermo. Era el chisme del pueblo, todos estaban muy contentos porque iban a poder sembrar y pastar a sus animales sin perturbaciones, y no tendrían que rendir tributo en mucho tiempo. Lo cierto era que, poco se sabía de la gripe dragoniana, decían que era altamente contagiosa y fatal para todo tipo de duende, hada o criatura semejante. Así pues, Rodrigo el duendecillo, había sido encomendando con la tarea de averiguar si el dragón había muerto por fin después del largo invierno, con el riesgo de quedar enfermo o ser devorado en vida.

Pero Rodrigo no le tenía miedo a nada. Cuando tenía cuatro años habiá caído por un agujero de conejo y dado a un mundo paralelo donde no habían duendes ni hadas, solo humanos que se contagiaban de gripes porcinas y aviares que no tenían comparación con las dragonianas, total, que había logrado regresar de alguna manera sin percance alguno. Entonces Rodrigo, lleno de valor, entró a la penumbrosa cueva y caminó como si fuera el dueño, casi listo para sacar al dragón en pedacitos para una carne asada.

Jaimito estaba acostado con la panza boca arriba, sorbiendo mocos y restregándose los ojos con el dorso de su mano. Extrañaba a su mamá, odiaba ser un dragón adulto, quería volver a ser pequeño y que lo cuidaran y le cantaran, pero su mamá lo había echado a patadas por ser un holgazán que ni la trapeada quería hacer, así que no había forma de regresar.

Rodrigo caminó con paso seguro hasta que vislumbró al dragón echado como muerto. Pensó que era su día de suerte, se metió una moneda de oro en el bolsillo y se acercó al cuerpo. Lo picó con una vara que encontró y el dragón no se movió, el duendecillo se encogió de hombros y se trepó en el dragón hasta quedar sobre su estómago, la bestia ni se inmutó, era tan grande pero tan grande que Rodrigo parecía un niño pequeño en medio de un gran trampolín. Eso le dio a Rodrigo una idea, comenzó a brincar y a brincar, casi hasta alcanzar el techo, hasta que en uno de sus brincos cayó justo en alguna zona sensible de Jaimito y lo hizo toser con mucha fuerza, tirando a Rodrigo de lado mientras trataba de recuperar el aliento.

El duendecillo estaba petrificado, el mecanismo de defensa de los duendes era literalmente quedarse paralizados y parecer gnomos de jardín, de hecho los gnomos hacían esto para pasar desapercibidos entre los humanos mientras eran observados. Rodrigo quedó de lado como una pieza de cerámica y Jaimito lo vio con algo de confusión, luego procedió a abrazarlo como si fuera un oso de peluche y se volvió a quedar dormido.

Rodrigo estaba en un dilema, si se movía despertaría al dragón, y si no se movía quién sabe cuánto tiempo más iba a estar ahí. Pero una era mejor opción que la otra, y pasó dos noches en medio de los brazos de Jaimito hasta que su estómago no pudo mas y relinchó con hambre, al principio el dragón era como sordo a los sonidos del estómago de Rodrigo, pero después los escuchó y comenzó a sentirlos como tamborazos en sus oídos. Jaimito pensó que podría ser su propio estómago, pero estaba demasiado débil para salir a cazar, además había comido suficiente antes del invierno para aguantar hasta después de la primavera, así que estaba rarísimo que tuviera hambre. Rodrigo comenzó a temblar de miedo, no podía controlar el sonido que emitía su estómago y supo que en cualquier momento el dragón lo iba a notar.

Para su desdicha, el dragón comenzó a percibir el olor de sus axilas. Los duendecillos deben bañarse dos veces al día para no apestar, pero Rodrigo tenía dos noches en los brazos de la gran criatura y su estado odorífico no podía ser peor, logró atravesar la nariz congestionada de Jaimito y darle a notar su presencia.

Jaimito lo arrojó asqueado a un lado y amenazó con matarlo. Rodrigo sabía que estaba muy debilitado para chamuscarlo pero que aún así era de temer. Así que se le ocurrió hacerle una propuesta: si lo dejaba ir, le traería sopa de pollo.

El dragón lo miró escéptico, y le dijo que jamás podría llevar suficiente sopa de pollo para curarlo, entonces Rodrigo tuvo una idea aún mejor, le propuso que a cambio de dejar de atormentar a su pueblo, todos los habitantes le llevarían sopa de pollo hasta que se mejorara. Jaimito dudó, atormentar aldeanos era lo único que le gustaba hacer en la vida, y sin ello no tendría sentido seguir. Pero por otro lado, estar enfermo era un asco y estaba harto de no poder salir. Aceptó.

Rodrigo bajó al pueblo de duendecillos y le dio al jefe duende su propuesta. Toda una congregación de alfeñiques estaba reunida en el centro del pueblo, donde se discutía la posibilidad de cocinar suficiente sopa para un dragón.

La mayoría de los aldeanos no confiaban en la palabra del dragón, pensaban que si lo curaban de todas formas los seguiría robando y atormentando. Pero Rodrigo era duende de palabra y tenía fe en que el dragón cumpliría la suya. Después de mucho discutir el pueblo accedió y solicitaron a una bruja vecina que les prestara el caldero más grande que tuviera. Cocinaron la sopa durante toda la noche y después trasladaron el caldero hasta la cueva de Jaimito, con mucho trabajo he de decir, dejaron el caldero en la entrada y dejaron a Rodrigo a su suerte, con la sopa y con el dragón.

Rodrigo era demasiado pequeño para arrastrar el caldero hacia adentro y Jaimito estaba demasiado malito para salir. Así que el duendecillo fue ida y vuelta, una y otra vez, para llevarle cucharadas de sopa al dragón hasta que se terminó. Rodrigo estaba exhausto, pero Jaimito estaba apaciblemente dormido y Rodrigo se sintió satisfecho con su tarea.

La sopa de pollo era como mágica en esa tierra, y al día siguiente Jaimito se sentía como nuevito. Por un momento consideró romper su promesa e ir a robar ovejas del pueblo, pero luego pensó que si se volvía a enfermar, nadie ya lo iba a querer cuidar. Así pues, Jaimito decidió mantener su promesa y él y los duendes vivieron felices para siempre. Tan tán.