La nueva «cultura» laboral.

Soy licenciada en derecho. Tengo 30 años. Llevo casi tres años en un conocido grupo editorial; específicamente, trabajo en uno de sus productos que es un boletín especializado en información fiscal y jurídica.

Aún no sé por qué empecé a escribir este postulado, pero intuyo que como siempre, acudo a la escritura para construir un puente que me ayude a conciliar la realidad con la estúpida deontología de los derechos laborales.

Ya no recuerdo cuándo inició o cómo se desencadenó; es fácil olvidar el primer momento en el que comienzas a ser tratado como una basura, porque es más fácil tolerar, bajo pretexto de «esto sucede en todos lados», que alzar la voz y defender tus derechos.

Nuestro derecho laboral se fundamenta en el artículo 123 constitucional, señalado por no pocos historiadores como «vanguardista» en el tema de los derechos sociales. Este precepto es la base de la Ley Federal del Trabajo (LFT), marco legal que delimita todas las relaciones laborales en nuestro país.

A grandes rasgos, la LFT contiene, entre muchas más, una máxima que indica que las normas de trabajo buscan propiciar un trabajo digno o decente, entendiendo como tal, al que se desarrolla bajo un respeto pleno de la dignidad humana del trabajador, en el que no exista discriminación por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidad, condición social, condiciones de salud, religión, etc., […].

Bonito aforismo, ¿no? Pues para mí no es más que una falacia.

Estoy embarazada. Tengo poco más de siete meses. Dada mi condición, estoy considerada dentro de un grupo vulnerable, por ende, en desventaja frente a mis iguales hombres y mujeres. No tengo muy clara la razón por la que se califica a las embarazadas de tal forma, pero pienso que podría ser por las grandes dimensiones que alcanzamos [sí, a estas alturas es imposible agacharme sin soltar un gemido o un par de maldiciones]; quizá es por la fiesta hormonal que desata una revolución en la bioquímica [no me mires, no me mires, que no sé si ponerme a llorar o reír, porque soy un hervidero de emociones] o sólo porque aun con la sobrepoblación mundial, aún se considera importante engendrar una nueva vida.

¿A qué tiene derecho una trabajadora embarazada? Si está registrada en el IMSS, a percibir los beneficios de la Ley del Seguro Social, en materia de incapacidades por maternidad, a un descanso previo y posterior al parto hasta por 84 días naturales (se expide un certificado de incapacidad que ampara la ausencia en el trabajo) y al pago de un subsidio equivalente a los 84 días de incapacidad, calculado con el salario diario de cotización.

Para acceder a estos beneficios de seguridad social, la LSS no estipula mayores condiciones que el contar con 30 semanas cotizadas y acudir a la Unidad de Medicina Familiar a que certifiquen el embarazo.

En mi caso, los requisitos han sido un poco más bochornosos.

Se acostumbra, como muestra de buena fe y ética laboral, porque no existe ninguna obligación referida en alguna ley, informar en tu centro de trabajo de tu embarazo para que adopten las previsiones oportunas; desde el sexto mes lo hice, tanto en recursos humanos como con el máximo superior jerárquico de nuestro boletín.

A la semana siguiente de notificar mi embarazo, mi jefe directo me llamó a una junta. En esa reunión insistió en que le dijera una fecha probable de parto con la finalidad de planear la forma en la que debía adelantar mi trabajo; naturalmente me negué a proporcionarle esa información, pues es información personalísima. Además, mi inasistencia al centro laboral por la maternidad no está condicionada al adelanto de trabajo, pues es un derecho de seguridad social otorgado por un instituto público, por lo que, es tarea del empleador, contratar a un trabajador eventual, o si su estructura corporativa lo permite, delegar la carga de trabajo entre sus miembros.

Dada mi negativa, decidió acudir con otro miembro del grupo a discutir mi caso, quien en un indebido abuso de poder, hostigó a mis compañeros más cercanos para que investigaran mi fecha probable de parto. Sobra decir lo humillada que me sentí cuando me enteré que mi caso estaba siendo comentado por todo el equipo; sí, los trabajadores no tenemos dignidad ni derecho a la privacidad. Los trabajadores podemos ser acosados.

¿Esto está mal? Más allá del bien y del mal, es ilegal. La LFT prohíbe el hostigamiento y el acoso, ambos relacionados con el ejercicio abusivo del poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se haga en uno o varios eventos.

Naturalmente, informé la conducta de mi jefe directo con el máximo superior jerárquico de nuestra publicación. Nada pasó; al contrario, se tomaron represalias contra mis compañeros más cercanos, ya que estimaron desleal que me informaran de la situación desatada con motivo de mi embarazo.

Con seis meses y medio de embarazo, me obligaron a ir a un foro especial con motivo del aniversario de la marca. Las labores que desempeñé consistieron en «auxiliar» en las tareas de organización del evento, por lo que tuve que estar de pie, trasladarme largas distancias para asistir a las diversas pláticas que se hicieron y evitar ausentarme largos lapsos [que no cunda el pánico, mi vejiga y yo nos entrenamos para eso]. Trabajé de 7 de la mañana a 6 de la tarde; 10 horas continuas.

¿Qué dice la LFT al respecto? Durante el período de embarazo, las madres trabajadoras no realizarán trabajos que exijan esfuerzos considerables que signifiquen un peligro para su salud en relación con la gestación, tales como levantar, tirar o empujar grandes pesos, que produzcan trepidación, estar de pie durante largo tiempo o que actúen o puedan alterar su estado síquico y nervioso.

Sobra mencionar el esfuerzo físico que implicó ¿no? La LFT es letra muerta para mi patrón.

Con independencia de lo anterior, he sido objeto de un trato desigual entre iguales, sin ninguna justificación. Si yo falto, se me descuenta el día; si un compañero falta, se le toma a cuenta de vacaciones. Si pido un día a cuenta de vacaciones, se me pide que adelante el trabajo de casi una semana de labores.

El pasado viernes convocaron a una comida con motivo de las festividades. Obviamente, yo no fui invitada. ¿Eso es incorrecto? Por supuesto que no; lo que es inconveniente es que a todos los que fueron convidados a asistir se les permitió salir temprano, mientras que a los cuatro que se nos negó el festín, fuimos obligados a completar la jornada sin que la carga de trabajo lo justificara.

Trato desigual entre los desiguales es discriminación.

¿Acudir a recursos humanos? Impensable, porque la situación en nuestro pequeño grupo de trabajo no es novedosa, incluso, es conocida y respaldada por dicha área. Estas circunstancias no son desfavorables únicamente para mí, pues existen varios compañeros que son objeto de tratos humillantes y discriminatorios, albergados en un inadecuado abuso del poder.

Me siento discriminada; acosada; violentada; defraudada; impotente. No por ser mujer ni por estar embarazada sino por alzar la voz y que no pase nada.

Esta entrada está dedicada a la rabia que profieren mis compañeros, que apurados por la necesidad, prefieren callar y soportar los malos tratos y constantes vejaciones a sus derechos humanos. Sin importar los apuros económicos, no olviden que es más apremiante su dignidad.
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