La única orquesta de ciegos en el mundo celebró su 69° aniversario

La Banda Sinfónica Nacional de Ciegos “Pascual Grisolía” tocó el miércoles 12 de octubre a las 20.30 en el Teatro Nacional Cervantes, con motivo de celebrar su aniversario y el Día de la Diversidad Cultural; del concierto, además, participaron dos compositores invitados.

Por Lourdes Dávalos y Agostina Bronzini

La fachada del edificio de Córdoba y Libertad, en pleno centro porteño, contrasta con lo que guarda dentro: el Teatro Nacional Cervantes, inaugurado en 1921, lleva reformando su frente por más de 10 años, a raíz de un incendio que por poco lo destruye. Así lo explica Antonio, un simpático hombre mayor que recibe bajo los andamiajes de la calle Libertad 815 a los músicos de la sinfónica. Él los conoce y admira hace tiempo, de verlos tocar al menos dos veces al mes en su lugar de trabajo: el Centro Asturiano.

La mayoría de los presentes son familiares y amigos de los miembros de la orquesta: a medida que llegan, retiran su entrada gratuita -financiada por el Ministerio de Cultura de la Nación- por la boletería, pocos pasos a la derecha de la entrada, y aguardan hasta que las puertas de vidrio se abran para pasar al hall principal del teatro. Ahí, detrás de largas y pesadas cortinas de terciopelo bordó, se esconde la sala “María Guerrero”, nombrada así en honor a la actriz dramática española. Ese será el epicentro del espectáculo.

Media hora antes del inicio, el personal de seguridad habilita el paso y la fila comienza a formarse. Dos organizadores cortan los tickets; adentro, un acomodador acompaña a las personas hasta sus ubicaciones. El lugar tiene capacidad para 860 personas: cuenta con una platea principal de 348 butacas, además de palcos y balcones. Pero sólo un 20% de los asientos son ocupados, tal vez por la poca difusión que tiene la banda de sus shows, principalmente a través de Facebook.

Ya en el escenario y vestidos de gala, los músicos afinan sus instrumentos. Están prolijamente distribuidos por familias: en el fondo, las tubas; en el medio, clarinetes y saxos; en la punta izquierda, un piano negro de cola y una batería; en la otra punta, los violonchelos; y, finalmente, adelante de todo, el taburete donde se acomodará el director José Luis Cladera. La aparición de la presentadora en el escenario da lugar al silencio, mientras saluda al público y comenta que la banda interpretará la “5ta. Sinfonía”, del compositor alemán Ludwig Van Beethoven, y otras obras de los artistas invitados: el pianista y compositor cordobés Gerardo Di Giusto, y el director cubano Juan Carlos Marín.

Cladera trabaja con la la orquesta hace 5 años. Con las denominadas “señales sonoras” -chasquidos, golpes del bastón contra el atril, respiros y otras onomatopeyas-, además de miradas (porque 8 de los músicos no son ciegos) va marcando el ritmo a lo largo de las dos horas de concierto, intercambiando su lugar con Marín. Aún así, los concertistas obligadamente memorizan el repertorio. “A futuro planeamos implementar un nuevo sistema de batería electrónica, en el cual a través de un aro magnético los músicos reciben un impulso directamente a un auricular ventilado. Está probado, tenemos todo: sólo falta la aprobación legal”, cuenta Cladera al final de la presentación.

Con los últimos acordes de la noche, aplausos y gritos se esparcieron por la enorme sala mientras la presentadora agradecía a los presentes. Los músicos invitados y la banda se aunaron en una reverencia, entre sudor y felicidad, para cerrar el espectáculo.


“Cuando uno siente placer y alegría por lo que hace, transmitirlo a través de la música es más fácil”

Christian Alderete es uno de los cuatro trombonistas de la Sinfónica de Ciegos “Pascual Grisolía”. Tiene 38 años y vive en Laferrere, partido de la Matanza, con su esposa y sus cinco hijos: ellos no suelen acompañarlo a los shows, aunque van de tanto en tanto para compartir un momento juntos. Como cada día de concierto, Christian intenta estar bien descansado y procura no generarse actividades intensas en las horas previas. “El pensamiento está en el repertorio que vas a hacer, la parte que tenés que tocar, y el lugar de la presentación”, cuenta.

La tarde del 12 de octubre salió de su casa a las 5.00, para presentarse a tiempo en el Teatro Nacional Cervantes: el concierto comenzaba a las 20.30, y todos los músicos estaban citados casi una hora antes. “Vivo a 26 kilómetros del centro, y llegar me lleva alrededor de dos horas. Al lugar de ensayo no voy siempre por el mismo camino: me aburro de todo, y necesito evitar cualquier situación que tienda a la rutina”, explica, y agrega que entre sus opciones de transporte están el charter o micro por autopista, distintos colectivos y combinaciones de subtes y trenes.

Una vez en el lugar, los músicos intentan tener un tiempo para vincularse con el instrumento y su sonido en el espacio: eso les da referencias para tocar juntos, porque cada imprevisto es un factor de distracción que necesita equilibrarse antes de empezar. “Trato de construírme un estadío en la satisfacción y de disfrutar todo. Después del concierto te enterás de lo que causaste en quien te estaba escuchando, o mismo en otro compañero que hizo música con vos, y no sólo capitalizás lo generado en el momento sino que revés cuestiones mejorables para la siguiente vez”, concluye.

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