Ni tan efímero, ni tan superfluo, ni tan vulgar.

Lo miró y sintió que no tenía que estar allí, que su lugar era otro, que en esa habitación sobraban caricias y faltaban razones.

De hecho estaban pésimamente distribuidas, el problema de los que no llegan a fin de mes por trabajar por los que vacacionan semana de por medio había logrado entremeterse por las hendiduras de la puerta de esas cuatro hileras de ladrillos frías; y la poca equidad le hincaba las venas.

Tenia tantas cosas que decir, pero de ser transparente se había vuelto marmolada y mientras aseguraba poder con la cólera de ternura que la desbordaba, se secaba las lagrimas que se le chisporroteaban por la vergüenza. De haberse desvestido tan rápido, de no animarse a pedirle que la ame antes de tocarla y saborearla y morderla y sacudirla y simular que era salvaje y voraz incluso a sabiendas que se quebrajaba como la esquina de la su pared izquierda.

Paralelo al susurro se formaban grietas que contenían todas las veces que le prometió que sería solo de ella y le mintió, y sin embargo jamás dejo de tocarla.

Se conformaba con tan poco la pobre, aunque debía admitir que nunca la habían querido tan bien, ni tan efímero, ni tan superfluo, ni tan vulgar,ni tan fuerte, ni tan profundo ni tan adictivamente.

Lo único que la defendía eran sus palabras, pero prefirió abrocharse el corpiño en silencio, atragantándose de amargura mientras él se deleitaba con sus curvas, porque hasta en los días que andaba cabizbaja poseía una chispa que incendiaba el amazonas.

Una piel blanquita y suave capaz de consagrarla en el atrevimiento de la semi inocencia eterna. Una mestiza con carácter, con cabellos mas indefinidos que sus pensamientos de domingos por la tarde. Bastante flojita para el amor, casi una ilusa, apasionada en cada cicatriz por bruta, por torpe, las del corazón por crédula.

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