La espera

En el bar de la esquina no hay televisor. Un fierro negro, ausente, sostiene su posibilidad de vacío. Dos viejas, una frente a la otra, abren la mañana con café y medialunas. (A esa misma mesa me senté con mis amigos China y Adrián a tomar una cerveza en una tarde de verano). Un hombre con gorra de lana, campera y los pies cruzados bajo la silla espera que le lleven el desayuno. El mozo habla con el motoquero de las “capacidades de reacción que puede tener la cabeza de un hombre”. Espero que en cualquier momento entre el chino del mercado y mire por la ventana, siempre en la misma dirección. Una anciana pide la cuenta, apura el cierre y se va con el ejemplar de un diario bajo la axila. Desde la silla que ocupo nada parece invisible. La repetición de actos se filtra en el aire con el sonido de la máquina encendida. En un pequeño mueble, bajo los estantes de los saleros y los servilleteros, hay algunos libros: “Renacer”, “Usted puede sanar su vida”, “Narices chatas”, “Naturaleza muerta con abejas” y “Los insaciables”, entre otros. Esta mañana podría ser cualquiera, pero es la de mi espera, a tiro de salto.

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