Quién vive

Hoy me lo crucé a Entuérfano en el pasillo. Hubo un saludo cordial. Antes de irme, seguro que nos veremos dos o tres veces más. Voy a extrañar su cara albondigonada, triste, calcinada por la espera. Una vez en el ascensor se animó a hablar. Me preguntó si era psicólogo. Respondí que no y quise saber porqué lo decía. Hizo un ademán con la boca dejando en claro que no tenía idea a qué se debía su pregunta. Después agregó: “Tenés pinta de psicólogo”. Ahí terminó la conversación. Entuérfano fue el mejor apodo que le encontré cuando llegué a uno de los departamentos del quinto piso del edificio. En esa época andaba leyendo Los galgos, los galgos, de Sara Galllardo. Me pareció que calzaba perfecto con el personaje del libro: mitad pinta de enterrador, mitad pinta de huérfano.

Entuérfano tiene un hermano. Son iguales. Tardé en descubrir que eran dos. Hasta ese momento, creía que trataba siempre con el mismo. Mi confusión se aclaró cuando discutimos por un perro que él había llevado. La sangre no llegó al río: el bicho volvió a su casa natal. No sé si fue Entuérfano o el hermano el que me pidió disculpas por las molestias (gracias a lo cual supe que es separado y tiene hijos). Ambos seguimos trabajando por la buena convivencia.

Por un diálogo ocasional de un amigo con Entuérfano, me enteré que vendía su coche. Me parecía extraño que un tipo así tuviera auto. Siempre me lo imaginé caminando Buenos Aires, suspendiéndose en vidrieras y esquinas o alborotando una siesta de palomas. Ahora que vamos a dejar de ser vecinos, lo voy a extrañar. No es ruidoso. Tampoco sé la música que escucha, los libros que lee o si come en la misma mesa con el hermano.

Como la puerta de su departamento cierra mal, Entuérfano tiene que intentar con fuerza dos o tres veces para poder echar llave. Esa repetición sonora lo distingue de todos los demás vecinos. Es la cicatriz en el aire que deja y que elijo llevarme de él a provincia.

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