Raíces

Diario a provincia
Jul 30, 2017 · 2 min read

Alina llegó de Rumania en la década de los ’90, sin saber castellano. Ahora atiende un local de “arreglo de ropa”, estudia periodismo y tiene un hijo que se interesa por la política internacional. A ella le di unos cuantos buenos libros que por distintas razones ofrecí al movimiento de lectura colectivo y silencioso. Esta vez le tocó a ella. Cuando la invité a que se los quedara, detrás del mostrador donde corta y cose ropa, aceptó: “Traé tranquilo”. Y llevé tranquilo. Alina dijo también que un libro es siempre una inversión. “Cuando tengo lo justo y mi hijo me pide un libro, igual le compro”, dijo con su tono particular.


Luis es italiano y jubilado. Dedicó su vida a hacer camisas. Ayer, parado junto a la ventana del living vacío, dijo que el departamento lo había “ubicado” para que vivieran su madre y su hermana solterona hace muchos años. Cuando ambas murieron, con su esposa e hijo lo pusieron en alquiler. Fui el primer y único inquilino. Hoy, en venta, el inmueble espera nuevos habitantes. Antes de entregar la llave, fui a barrer el piso y a recoger las últimas cosas que repartí entre una mochila, una valija con rueditas y una bolsa negra. Me di cuenta que al hablar con Luis nuestras voces resonaban distinto, con cierto eco. Ya ninguno de los dos éramos del lugar. Luis dijo que una mudanza también es “sacar los afectos de un lado y llevarlos a otro. Es así. Hay que pasarla”. Lo miré, feliz de lo que hoy es mi destino.


Lidia alquilaba la verdulería a los chinos del mercado hasta que alquiló un pequeño local en la vereda de enfrente. Me solía hablar de su pueblo natal, en Perú. Campo, donde su mamá cultiva verduras más grandes y ricas de las que ella compra en el Mercado Central y vende, junto a sus hijos, a los vecinos de Balvanera. Lidia eligió depositar su fe en una iglesia comandada por otros chinos que tienen una parroquia pegada a su comercio. Una vez me confesó que ahí había encontrado las respuestas que nunca halló en el catolicismo. Además de religión, con Lidia hablábamos de política, comida, de Perú y Argentina. Día atrás, me dijo que “lo peor eran las despedidas”. Le dejé una planta para que cuidara. Prometió darle agua y sol.

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